El rebote del IPC en octubre confirma que la desinflación pierde fuerza en España

La inflación se acelera en octubre y repunta una décima, hasta el 3,1%, según señala el Instituto Nacional de Estadística (INE).
Mangueras para recargar combustible. / Pixabay.
Mangueras para recargar combustible. / Pixabay.

La economía española vuelve a enfrentarse a un viejo enemigo: la inflación. Tras meses de avances lentos pero constantes hacia la estabilidad, los precios repuntaron en octubre una décima, hasta el 3,1% interanual, según el dato adelantado este jueves por el Instituto Nacional de Estadística (INE). La cifra, la más alta de 2025, no solo rompe la racha de contención, sino que también lanza una advertencia sobre la fragilidad del proceso desinflacionario en un país que, paradójicamente, lidera el crecimiento económico europeo.

El alza puede parecer modesta, pero sus implicaciones van más allá de la estadística. En una economía impulsada por la demanda interna —con un consumo privado en expansión y un mercado laboral que sigue generando empleo—, el incremento de los precios se convierte en el reverso incómodo de un éxito macroeconómico. Crecer más que los vecinos de la eurozona tiene su coste: la inflación se resiste a bajar con la rapidez esperada, y los hogares lo notan.

La causa principal del repunte está en la electricidad, que este octubre se ha encarecido más que en el mismo mes del año pasado. También han influido los precios del transporte aéreo y ferroviario, mientras que la caída del petróleo apenas ha compensado la presión de otros sectores. La inflación subyacente, aquella que excluye energía y alimentos frescos, también avanzó hasta el 2,5%, confirmando que el problema no es coyuntural, sino estructural.

La lectura que hacen los analistas es clara: el motor del crecimiento es el mismo que alimenta el sobrecalentamiento de los precios. España crece gracias al vigor del consumo y la inversión, pero esa fortaleza impide que los precios se enfríen al ritmo que desea el Banco Central Europeo (BCE).

El espejismo del crecimiento sin inflación

La paradoja es evidente. España es, según el Financial Times, “la economía principal de mayor crecimiento de Europa”, pero también una de las que más tarda en doblegar la inflación. El país avanza con una energía envidiable en el PIB —el 0,6% entre julio y septiembre—, pero ese dinamismo tiene su contrapartida: un mercado de servicios con poca competencia y una demanda que no se detiene.

Por otro lado, el economista Raymond Torres, de Funcas, lo resume con precisión al diario EL PAÍS: “La subida refleja el tirón de la demanda interna y la menor competencia en los servicios”. En otras palabras, España crece tanto que el propio éxito se convierte en freno desinflacionario. Mientras los hogares gastan más, impulsados por las subidas salariales y la mejora del empleo, los precios encuentran margen para seguir escalando.

Un proceso más lento de lo previsto

El Banco Central Europeo mantiene su meta del 2%, pero España se queda lejos. La media comunitaria estaba en el 2,2% en septiembre, y aunque el BCE ha optado por no tocar los tipos de interés en su reunión de Florencia, la institución vigila de cerca a las economías donde los precios muestran resistencia.

Los expertos de BBVA Research prevén que la inflación española cierre el año en torno al 2,5% y que solo en 2026 vuelva a niveles cercanos al objetivo europeo. Pero el descenso será, advierten, como una carrera de fondo: los últimos kilómetros son siempre los más duros.

El impacto real en los hogares

Más allá de los informes y las previsiones, la realidad cotidiana pesa más que cualquier decimal. Los hogares españoles, especialmente los de rentas más bajas, están pagando el precio de una inflación persistente. El coste de la vivienda, la electricidad y la movilidad se ha convertido en una carga financiera difícil de sostener, mientras el carrito de la compra sigue encareciéndose: más de un 30% desde 2021, frente al 19% del índice general.

El economista José Antonio Vega, de Comillas ICADE, advierte de un posible “efecto contagio” a los salarios, lo que podría reavivar la espiral inflacionaria. “La presión sobre los gastos esenciales acentúa las desigualdades preexistentes”, señala.

Un síntoma de una economía desequilibrada

La inflación española, lejos de los picos de dos dígitos que siguieron a la pandemia y la guerra en Ucrania, sigue siendo un síntoma de desequilibrio. No es una amenaza inmediata, pero sí un recordatorio de que el ciclo expansivo actual no es inmune a sus propias tensiones internas.

El repunte de octubre no cambia el rumbo general, pero sí pone en duda la velocidad del regreso a la normalidad. España crece, crea empleo y resiste mejor que la media europea, pero su talón de Aquiles sigue siendo el mismo: unos precios que no terminan de encontrar el punto de reposo. @mundiario

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