La rebaja de impuestos a los carburantes pierde fuerza frente al diésel

La rebaja fiscal aplicada desde marzo prometía un respiro inmediato en los surtidores, pero el diésel ya ha subido un 2% en solo una semana. La gasolina baja apenas unas décimas y Bruselas cuestiona la fórmula. El ahorro se enfría justo cuando la tensión internacional marca el ritmo.
Una persona surtiendo gasolina. / Pixabay.
Una persona surtiendo gasolina. / Pixabay.

La rebaja fiscal aplicada a los carburantes en España, en vigor desde el 22 de marzo, prometía un alivio inmediato para los hogares y para sectores muy dependientes del transporte. Durante los primeros días, el impacto pareció claro. La gasolina cayó casi un 10% y el gasóleo alrededor de un 6%. Sin embargo, el respiro ha durado poco, al menos para quienes repostan diésel.

En la última semana analizada, el gasóleo ha subido un 2% y ha alcanzado los 1,813 euros por litro, mientras que la gasolina apenas ha bajado un 0,25%. Traducido al día a día, muchos conductores están comprobando que el ahorro anunciado se evapora con la misma rapidez con la que cambian los vientos del mercado energético.

Una rebaja fiscal que no controla el mercado

El Gobierno redujo el IVA del 21% al 10% y recortó el impuesto especial de hidrocarburos hasta el mínimo permitido en la Unión Europea. Sobre el papel, la medida tenía lógica inmediata, frenar el golpe en plena escalada de precios. Pero la realidad es que el precio del combustible no depende solo de los impuestos, sino del petróleo, de las refinerías, del transporte y de la especulación financiera que rodea a las materias primas.

El gasóleo, además, afecta especialmente porque es el combustible que usan dos de cada tres vehículos en España, incluidos camiones, furgonetas y buena parte del tejido productivo. Cuando sube el diésel, no solo sube llenar el depósito, también se encarece el reparto de alimentos, el transporte público indirecto y, al final, el precio de la cesta de la compra.

Ormuz, Irán y el combustible como termómetro geopolítico

El repunte reciente coincide con la tensión entre Estados Unidos e Irán y con el efecto previo a una tregua temporal. El estrecho de Ormuz, por donde circula una parte clave del petróleo mundial, funciona como una válvula de presión global. Cuando hay amenazas o bloqueos, el mercado entra en pánico y los precios reaccionan incluso antes de que falte una sola gota.

El Ejecutivo confía en que la tregua estabilice el barril de Brent y permita que bajen los carburantes. Es una esperanza razonable, pero también frágil. Dependemos de decisiones tomadas a miles de kilómetros, como si nuestro bolsillo estuviera atado a una cuerda que otros tensan y aflojan a su conveniencia.

El problema de fondo y lo que debería venir después

España sigue teniendo precios relativamente bajos en comparación con otros países europeos, pero esa comparación no paga facturas. La cuestión es si tiene sentido responder siempre con rebajas fiscales generalizadas, que alivian también a quienes más consumen y más contaminan, y que además reducen ingresos públicos.

A esto se suma el aviso de la Comisión Europea, que cuestiona que se pueda aplicar un IVA reducido a los carburantes. Si Bruselas obliga a corregir la medida, la rebaja podría tener fecha de caducidad real, aunque se venda como temporal.

El debate debería ser más ambicioso. No basta con apagar el incendio con un cubo de agua si la casa está construida con madera vieja. España necesita acelerar alternativas reales, transporte público más barato y eficaz, apoyo al vehículo eléctrico donde tenga sentido, y planes para reducir la dependencia del diésel en logística. También conviene revisar márgenes de distribución y reforzar controles de competencia.

Si cada crisis internacional convierte el surtidor en una ruleta, el problema no es solo el precio, es el modelo energético. Y ese modelo ya no se puede sostener a base de parches. @mundiario

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