El petróleo se dispara y el barril roza los 100 dólares tras el cierre del Estrecho de Ormuz
La guerra abierta en torno a Irán ha devuelto al petróleo al centro del tablero económico mundial. En apenas una semana, el precio del barril de Brent crude oil se ha disparado un 27,8 % hasta cerrar en 92,69 dólares, impulsado por el cierre del estratégico Estrecho de Ormuz y por el temor creciente de los mercados a un conflicto prolongado en Oriente Próximo. La escalada se produce en paralelo al endurecimiento del discurso del presidente estadounidense, Donald Trump, que ha advertido de que no habrá negociación con Teherán si no se produce una rendición “incondicional”.
El repunte energético refleja mucho más que una reacción puntual de los mercados. Los analistas lo interpretan como una señal de alarma de un sistema económico global extremadamente sensible a las tensiones geopolíticas. Cuando el petróleo se encarece con esta velocidad, la historia demuestra que las consecuencias rara vez se limitan al sector energético.
El epicentro de la crisis se encuentra en el estrecho de Ormuz, un corredor marítimo por el que circula aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial y cerca del 20 % del gas natural licuado. En términos energéticos, pocos puntos del planeta concentran tanto peso estratégico.
El bloqueo de esta ruta ha alterado inmediatamente las expectativas de suministro. Los mercados no solo temen un encarecimiento del crudo, sino una posible interrupción prolongada del flujo energético desde el Golfo Pérsico hacia las principales economías del mundo, especialmente en Asia.
Países como China, India, Japón o Corea del Sur dependen de ese corredor para una parte sustancial de sus importaciones energéticas. Con el tráfico marítimo reducido drásticamente y petroleros fondeados a la espera de garantías de seguridad, el estrecho se ha convertido en el verdadero termómetro de la guerra.
El mercado empieza a descontar un conflicto largo
Durante los primeros días del enfrentamiento, algunos analistas confiaban en una escalada limitada. Sin embargo, esa expectativa se ha ido desvaneciendo. El encarecimiento del crudo refleja que los inversores ya contemplan escenarios de interrupciones prolongadas de producción y transporte.
El ministro de Energía de Qatar, Saad al-Kaabi, ha advertido de que los exportadores del Golfo podrían verse obligados a detener la producción en cuestión de días si el bloqueo continúa. Según sus estimaciones, el precio del petróleo podría alcanzar incluso los 150 dólares por barril si la guerra se prolonga durante varias semanas.
Otros analistas consideran plausible que el Brent supere los 120 dólares en un escenario de interrupción de un mes. Si el conflicto se extiende durante varios meses, las previsiones más extremas sitúan el crudo entre 150 y 200 dólares por barril.
Un shock energético que sacude a los mercados
El petróleo no ha sido el único indicador en reaccionar. El contrato de gas europeo de referencia, el TTF, se ha disparado cerca de un 69 % en la semana, mientras que las bolsas internacionales registran fuertes caídas ante el temor a un nuevo shock energético.
El índice bursátil español Ibex 35 ha perdido alrededor de un 7 % en el cómputo semanal, su peor resultado desde el inicio de la guerra en Ucrania en 2022. La corrección se repite en otros mercados europeos como el DAX o el CAC 40, reflejando una preocupación compartida: el retorno del riesgo de estanflación.
Este término, crecimiento débil combinado con inflación elevada, vuelve al debate económico justo cuando los bancos centrales comenzaban a dar por controlada la subida de precios. El encarecimiento de la energía amenaza ahora con alterar ese equilibrio.
Inflación, tipos de interés y crecimiento: el dilema económico
El encarecimiento del petróleo tiene efectos inmediatos y amplios: eleva los costes del transporte, encarece los fertilizantes y presiona los precios de los alimentos y bienes industriales. En última instancia, termina filtrándose al conjunto de la economía.
Para los bancos centrales, el problema es especialmente delicado. Si la energía impulsa de nuevo la inflación, organismos como el Banco Central Europeo (BCE) o la Reserva Federal (Fed) podrían verse obligados a mantener o incluso endurecer su política monetaria justo cuando la actividad económica muestra signos de debilitamiento.
La crisis energética actual recuerda hasta qué punto el sistema económico mundial sigue dependiendo de la estabilidad en Oriente Próximo. Aunque Europa ha diversificado su suministro tras la guerra en Ucrania, el petróleo continúa siendo un recurso global cuyo precio se fija en función del equilibrio entre oferta, demanda y riesgo geopolítico.
La diferencia respecto a crisis anteriores es que el mercado energético llega a este episodio con una estructura más diversificada. Sin embargo, el cierre de Ormuz demuestra que existen cuellos de botella capaces de alterar rápidamente ese equilibrio. @mundiario