A pesar de todo, las personas son la esperanza para alcanzar el desarrollo

Teniendo en cuenta el importante papel que juegan en la sociedad las empresas, su forma de actuar determinará en buena parte la aceleración o freno para conseguir el desarrollo.

Empresas del polígono de A Grela, en A Coruña / galicianaves.com
Polígono de A Grela, en A Coruña / galicianaves.com

“Vivimos en la cultura del gesto hosco”, le escuché decir al filósofo José Antonio Marina en una reciente entrevista. Lo refrendaba argumentando que el pesimismo sigue siendo un valor vigente, especialmente en Europa, a pesar de que ramificaciones de la psicología como el conductismo o la psicología  positiva han demostrado la importancia del optimismo, algo que parece haber calado mucho más en otros lugares, como Estados Unidos.

Creo que esta reflexión podemos extrapolarla a muchas de las empresas y organizaciones de nuestro entorno. Huraño, áspero, desagradable o poco acogedor son algunas de las definiciones de hosco. Probablemente conoceremos algunas así. Dejémoslo ahí.

Pero no nos olvidemos de que las empresas las conforman las personas. Y ellas pueden cambiarlas. José María Arizmendiarrieta, sacerdote fundador de la Corporación Mondragón dijo: “En economía sólo hay dos teorías, una en la que manda el dinero que alquila hombres para conseguir más dinero y otra en la que manda el hombre que alquila dinero para beneficio de los hombres”. Quizás aquí, aplicando la segunda, podamos encontrar una de las claves del cambio. Y éste se está produciendo. El éxito radica en convertir el cambio en evolución, progreso y desarrollo sostenible. Teniendo en cuenta el importante papel que juegan en nuestra sociedad las empresas, su forma de actuar determinará en buena parte la aceleración o freno para conseguir dicho desarrollo.

Es innegable que el mundo del trabajo está sufriendo transformaciones. Venimos de un modelo fundamentalmente industrial, de una cultura de normas y parece que nos dirigimos hacia una cultura basada en el compromiso y la responsabilidad. Cada vez más el trabajo deja de ser entendido como algo en lo que se compartía un espacio físico y temporal con otras personas. Empiezan a aflorar otro tipo de alternativas. Todas ellas parecen tener en común para su buen funcionamiento la importancia de aspectos como promover el compromiso y fomentar la motivación de las personas.

¿Es eso fácil?.  Desde luego si tomamos en consideración los datos que reflejan los principales estudios sobre compromiso y motivación de los empleados hacia sus empresas tendríamos que decir que es dificilísimo. Aspectos como el despido interior, presentismo, ratios de productividad, entre otros, reflejan una realidad bastante alejada de lo deseable. Sabemos que no se puede pretender conseguir resultados distintos si seguimos haciendo las cosas una y otra vez de la misma manera. Aunque hay quien lo sigue pretendiendo (a la vez que va agudizando su gesto hosco…).

Ya que el cambio parece inevitable, quizás una de las claves pase por hacer compatible el cambio profesional con el personal. Que exista coherencia entre nuestra misión, visión y valores con los que estén presentes en la cultura de las organizaciones para las que trabajemos. Para ello es necesario conocernos y poner en valor aquello que nos define. Mirar en nuestro interior buscando talentos, capacidades y energías que en muchos casos permanecen dormidas. Trabajar desde lo interno actuando sobre aquellos elementos que podemos cambiar. Dar con esa tecla que cuando la pulsamos activa algo dentro de nosotros que cambia nuestra perspectiva, rompe con los límites que nos habíamos impuesto y nos impulsa a emprender nuevos retos. Tecla que probablemente se encuentre más cerca de nuestro corazón que del cerebro y solo entienda el lenguaje de las emociones y los sentimientos.

El miedo
Pero hay enemigos que intentan torpedear este proceso de crecimiento. Y de todos ellos, uno de los más temibles es el miedo. Diversos son los mecanismos que emplea para manifestarse y bloquearnos. Entonces es necesario buscar aliados que nos ayuden a vencerlo. “Saber que se puede, querer que se pueda, Quitarse los miedos, sacarlos afuera. Pintarse la cara color esperanza. Entrar al futuro con el corazón”. Creo que lo expresa bien el estribillo de la canción “Color esperanza”.
Tratemos de identificar nuestras emociones, aceptarlas y gestionarlas. Y pulsemos ese interruptor que nos enciende la pasión por lo que hacemos. Porque, como decía Séneca, un hombre sin pasiones está tan cerca de la estupidez que sólo le falta abrir la boca para caer en ella. Además, me lo imagino huraño, desagradable, áspero y muy poco acogedor.

 

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