Fábulas de Comunicación: Pepito Grillo es cosa de adultos en las modernas organizaciones

Tenemos que convertirnos en el Pepito Grillo de nuestras organizaciones / Fotografía de la galería de rubenmruiz.
Tenemos que convertirnos en el Pepito Grillo de nuestras organizaciones / Fotografía de la galería de rubenmruiz.
En cumplimiento del Mandato de Melbourne, el director de Comunicación no puede limitarse a tomar nota de lo que ocurre para transmitir mensajes a los grupos de interés, advierte este experto en MUNDIARIO.
Fábulas de Comunicación: Pepito Grillo es cosa de adultos en las modernas organizaciones

“Las aventuras de Pinocho” han pasado a la historia como una obra de literatura infantil, pero lo cierto es que su autor, Carlo Collodi, la concibió como una novela seriada. De hecho, se publicó en un periódico italiano bajo los títulos de “Storia di un Buranttino” y “Le avventure di Pinocchio”, con ilustraciones de Enrico Mazzanti. En su versión original, el muñeco de madera que cobra vida para cumplir el sueño de su creador es ahorcado por sus innumerables faltas. Tal final para adultos fue dulcificado en posteriores versiones, hasta que Walt Disney inmortalizó definitivamente al personaje en 1940 con la segunda película de animación que salió de sus estudios cinematográficos.

Disney encargó al diseñador Ward Kimball que diese forma a la conciencia de Pinocho, y así nació Pepito Grillo. El simpático animal es la representación de lo que los psicólogos denominan “el Super Yo”, un personaje incorpóreo que dialoga con “el yo” de carne y hueso para encontrar un equilibrio entre los apetitos y las obligaciones, entre los derechos y los deberes, entre los sueños y la realidad.

El Mandato de Melbourne nos ha convertido en el Pepito Grillo de nuestras organizaciones. Para cumplir con el mandato de “definir y conservar el carácter y los valores de la organización, construir una cultura de escucha y promover los comportamientos responsables” tenemos que trabajar en el territorio de las conciencias. En primer lugar, sobre la nuestra para desbordar la zona de confort en la que nos hemos instalado tras haber alcanzado posiciones relevantes en el organigrama, aunque persista la necesidad de seguir reivindicando el valor estratégico de nuestra función. La capacidad de proporcionar asistencia al consejero delegado en materia de intangibles y de interactuar con los primeros ejecutivos de los distintos departamentos de la organización nos apodera para ir más allá de tareas tácticas y contribuir al reenfoque de la visión corporativa.

Y, en segundo lugar, sobre las conciencias de los individuos, a los que hay que proporcionar razones para que contribuyan al relato colectivo de la organización con sus comportamientos profesionales. Tenemos que proveerles de valores, conductas de referencia, background, targets y feed back sobre el diálogo con los stakeholders. Cada miembro debe sentir que su story forma parte del history de la entidad. Cuanto mayor es el nivel de responsabilidad, mayor será la huella que debe dejar cada cual.

En cumplimiento del Mandato de Melbourne, el director de Comunicación no puede limitarse a tomar nota de lo que ocurre para transmitir mensajes a los grupos de interés. Ni siquiera es suficiente con que actúe como el director de orquesta que busca la armonía de todos los instrumentistas. Hemos de aspirar a participar en la redacción de la partitura. Tenemos que mirar a los ojos de nuestros interlocutores internos y preguntarles cómo les podemos ayudar a relacionarse mejor con su entorno sin que pierdan de vista los principios que inspiran o deben inspirar a la organización.

En la novela de Collodi, Pepito Grillo aparece cuando a Pinocho le acosan las malas tentaciones. En nuestra profesión no basta con aparecer antes de que se produzca una desviación que pueda atentar contra la reputación de la entidad. Si queremos que nuestra función sea cosa de mayores, debemos actuar como agitadores de la conciencia de nuestras organizaciones.

Claro está que este papel es mucho más incómodo y exigente que el de mensajero o susurrador y, desde luego, menos protagonista que el de Gepetto o Pinocho. De hecho, la gran virtud de los grillos es que cuando cantan no se les ve, pero se les siente.

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Traducción al castellano del artículo publicado en la Newsletter de julio de la Global Alliance for Public Relations and Communication Management

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