El paro registrado baja de 2,5 millones: el umbral que no se rompía desde 2008
En un país que ha vivido el desempleo como una herida crónica durante casi dos décadas, la noticia de que el paro registrado ha bajado por fin de los 2,5 millones de personas no es solo un titular; es una sacudida emocional. No ocurría desde julio de 2008, el verano en el que la economía global comenzó su derrumbe.
Desde entonces, cada cifra del SEPE ha sido el termómetro de una sociedad golpeada, primero por la crisis financiera, después por la austeridad, más tarde por una pandemia, y ahora por un presente que quiere mirar al futuro sin miedo. Pero este dato simbólico —2.454.883 desempleados— no puede leerse en clave triunfalista sin revisar lo que realmente hay debajo de la alfombra estadística.
La reducción del desempleo en 57.835 personas en mayo, sumada a la incorporación de 195.736 nuevos cotizantes a la Seguridad Social, dibuja un panorama positivo, incluso histórico. La cifra de afiliados roza ya los 21,78 millones, un récord. Pero no es oro todo lo que afilia: este crecimiento es el más débil para un mes de mayo desde 2013. En un contexto estacionalmente favorable —con el turismo como motor—, este "frenazo suave" debería preocupar tanto como el dato absoluto al que hemos llegado debería alegrarnos.
La pregunta es inevitable: ¿estamos ante el principio de una etapa sostenible de empleo, o solo frente a un espejismo de temporada?
Una barrera psicológica, pero también política
La bajada del paro de los 2,5 millones no es solo una estadística: es una victoria política, un argumento de poder, un titular de campaña. Los responsables del Ministerio de Trabajo y de Seguridad Social, según señala el diario El País, no han tardado en salir al paso de cualquier lectura pesimista. “Ojalá todas las ralentizaciones sean así”, ha dicho Borja Suárez. Y no le falta razón si se miran los números sin profundidad.
Sin embargo, lo cierto es que el ritmo de creación de empleo se está desacelerando. Sigue creciendo, sí, pero menos. Y ese matiz importa porque el empleo que se crea sigue siendo muy dependiente de sectores vulnerables, muy sensibles a los vaivenes del consumo, el clima o las olas turísticas. La hostelería ha generado el 40% del empleo de mayo. Es una buena noticia... hasta que llegue septiembre.
La gran asignatura pendiente
Otro dato que requiere una lectura más crítica es el de los contratos. Aunque se firmaron 44.794 contratos indefinidos, lo cierto es que más del 70% de los nuevos contratos siguen siendo temporales. Y de los indefinidos, la gran mayoría fueron fijos discontinuos, una fórmula que si bien mejora algo las condiciones laborales, sigue estando lejos de ofrecer estabilidad real a los trabajadores.
La temporalidad baja, pero el empleo aún no alcanza la solidez estructural que debería tener tras una reforma laboral ambiciosa y con una tasa de paro que, aunque baja, sigue siendo de las más altas de Europa. La creación de empleo de calidad sigue siendo la tarea pendiente. Y sin estabilidad, el crecimiento es frágil, volátil y expuesto a cualquier borrasca económica.
Estacionalidad, turismo y un futuro incierto
Es difícil ignorar la fuerza del turismo como pilar del empleo español. Baleares ha liderado el crecimiento de mayo con una subida del 8,7% en afiliaciones. Murcia, Extremadura y otras comunidades con fuerte componente agrícola o turístico también han tenido un buen comportamiento. Pero que solo una comunidad —Canarias— haya destruido empleo, y que otras como Madrid apenas hayan crecido, debería hacernos pensar en los contrastes territoriales de nuestro mercado laboral.
Este desequilibrio no es nuevo, pero sí cada vez más evidente. La España del turismo estalla de actividad entre abril y octubre, mientras otras regiones dependen de sectores menos dinámicos o más estables pero que no generan grandes volúmenes de empleo de forma repentina. Y eso configura un mercado a dos velocidades.
¿Cambio de ciclo o tregua estadística?
No cabe duda de que la recuperación del empleo ha sido una constante desde 2014, con interrupciones como la pandemia. Pero el hito de bajar de los 2,5 millones de parados no puede ocultar que estamos en un punto de inflexión. La economía se enfrenta a tipos de interés altos, incertidumbres geopolíticas, tensiones en el consumo y una productividad que no despega.
La digitalización, el envejecimiento poblacional y los cambios en el modelo productivo requerirán un tipo de empleo que aún no estamos generando de forma masiva. Seguimos atrapados en dinámicas estacionales, contratos cortos y empleos sensibles a los ciclos de consumo.
Un logro con matices
Celebrar este dato es legítimo. Pero convertirlo en una narrativa de éxito sin mirar las costuras del mercado laboral sería caer en el autoengaño. El desempleo baja, sí, pero no tanto por un nuevo modelo económico sólido, sino por una inercia de sectores tradicionales que siguen empujando, mientras otros más innovadores aún no despegan al ritmo deseado.
Se está mejor, sin duda. Pero aún no como se debería. Y esa diferencia no se mide en cifras: se mide en certezas, en estabilidad y en confianza para mirar más allá del verano. Porque el empleo no solo debe ser una estadística que celebrar, sino una realidad que garantice futuro. @mundiario


