Ormuz, rehén de la tregua: Irán endurece el pulso y asfixia el tráfico marítimo global

Lejos de aliviar la tensión, la República Islámica restringe aún más el paso de buques, convirtiendo el principal corredor petrolero del mundo en un tablero de presión geopolítica.
Mapa con algunos países de Oriente Próximo que refleja la tensión en el estrecho de Ormuz. / Mundiario.
Mapa con algunos países de Oriente Próximo que refleja la tensión en el estrecho de Ormuz. / Mundiario.

Lo que debía ser el primer gesto de distensión tras el acuerdo de alto el fuego entre Estados Unidos e Irán ha derivado, en apenas horas, en una demostración de fuerza que inquieta a los mercados y a las cancillerías. El estrecho de Ormuz, arteria vital por la que circula cerca de una quinta parte del petróleo mundial, no solo no ha recuperado la normalidad, sino que atraviesa uno de sus momentos más críticos.

Los datos son elocuentes: apenas cinco embarcaciones lograron cruzar el paso en el primer día de tregua, una cifra insignificante si se compara con los niveles previos al conflicto. En las jornadas siguientes, el ritmo no ha mejorado. El tráfico sigue restringido a mínimos, y lo más preocupante es que ni siquiera los buques energéticos —petroleros y metaneros— están transitando con fluidez, lo que agrava el riesgo de desabastecimiento.

Este endurecimiento no parece improvisado. La Guardia Revolucionaria iraní ha trazado un mapa operativo en el que delimita zonas de alto riesgo en el estrecho, incluyendo áreas potencialmente minadas. La señal es clara: quien quiera cruzar, lo hará bajo condiciones estrictas y en un entorno controlado por Teherán. Más que una reapertura, lo que se configura es un sistema de acceso restringido con fines estratégicos.

En este contexto, Irán ha fijado un límite de tránsito de apenas 15 barcos diarios durante las próximas dos semanas. Una cifra que, lejos de normalizar el flujo, institucionaliza la escasez. La medida consolida el estrecho como herramienta de presión en la negociación con Occidente, en un momento en el que cada movimiento cuenta.

La incertidumbre ha paralizado a los grandes operadores marítimos. Las navieras rehúyen el paso por Ormuz ante el riesgo de incidentes, lo que ha dejado a centenares de buques atrapados en el golfo Pérsico. Se estima que cerca de 800 embarcaciones permanecen bloqueadas, muchas de ellas cargadas con petróleo y derivados que deberían haber llegado a destino hace días. El impacto económico es inmediato y potencialmente devastador si la situación se prolonga.

A este escenario se suma un elemento especialmente controvertido: la posibilidad de que Irán imponga un sistema de peajes para permitir el tránsito. Las cifras que se barajan —entre uno y dos dólares por barril transportado— equivalen a millones por cada carguero. El pago, además, no se realizaría en dólares, sino en yuanes o criptomonedas, lo que introduce una dimensión geoeconómica que desafía directamente al sistema financiero internacional dominado por Occidente.

Mientras tanto, desde Washington, Donald Trump ha elevado el tono exigiendo una reapertura “inmediata y total” del estrecho, aunque sobre el terreno la realidad desmiente cualquier atisbo de normalización. La brecha entre la retórica política y los hechos operativos refleja la fragilidad de un acuerdo que, en lugar de consolidarse, parece tensionarse con cada hora que pasa.

El control de Ormuz se ha convertido así en el verdadero campo de batalla de esta crisis. Más allá de los bombardeos o las negociaciones diplomáticas, es en ese estrecho donde se decide el equilibrio entre guerra y paz, entre estabilidad y caos económico. Porque si el flujo energético global se interrumpe de forma prolongada, las consecuencias no se limitarán a Oriente Próximo: se extenderán como una onda expansiva al conjunto de la economía mundial.

En este tablero, Irán ha demostrado que dispone de una palanca de poder extraordinaria. Y que está dispuesto a utilizarla. El problema es que cada giro de esa palanca acerca un poco más al mundo a un escenario que nadie dice querer, pero que todos empiezan a temer. @mundiario

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