El mercado inmobiliario acelera sin burbuja a la vista pero con riesgos evidentes

Construcción de viviendas. / RR. SS.
El precio medio de la vivienda ya supera los niveles previos a 2008 en varias comunidades, con Baleares y Madrid a la cabeza. Aunque no hay riesgo inmediato de colapso financiero, el encarecimiento persistente y la falta de oferta están redefiniendo quién puede vivir dónde en España.

Durante años, 2008 fue el techo psicológico del mercado inmobiliario español. Un punto de no retorno que servía como advertencia y referencia. Hoy, ese espejo se ha roto en varios territorios. Seis comunidades autónomas ya registran precios de la vivienda superiores a los de antes del estallido de la burbuja, según los datos oficiales de tasación. El ladrillo vuelve a crecer, pero esta vez lo hace en un contexto muy distinto, lo que obliga a mirar más allá del titular fácil del “vuelve la burbuja”.

Un país inmobiliario a distintas velocidades

España ya no es un mercado homogéneo. Baleares, Madrid, Cataluña o la Comunidad Valenciana avanzan a ritmo acelerado, mientras amplias zonas del interior siguen muy lejos de recuperar los precios de hace casi dos décadas. El caso balear es paradigmático. El metro cuadrado cuesta hoy más de un 50 por ciento que en 2008. No se trata solo de una subida, sino de un cambio de escala que tiene que ver con el peso del turismo, la inversión extranjera y una oferta extremadamente limitada.

En el lado opuesto, provincias como Ciudad Real muestran un mercado deprimido, con precios muy por debajo de aquellos máximos. Esta fractura territorial explica por qué hablar de una única burbuja resulta impreciso. El problema no está en todo el país, sino concentrado allí donde se acumulan empleo, servicios y oportunidades.

Más prudencia financiera pero menos acceso real

Una de las grandes diferencias respecto a 2008 es el comportamiento del sistema financiero. Las hipotecas se conceden con mayor cautela, los niveles de endeudamiento son más razonables y la morosidad está en mínimos históricos. Esto reduce el riesgo de un colapso financiero, pero no resuelve el problema central. La vivienda es hoy menos accesible para amplias capas de la población.

Aunque la inflación explica parte del encarecimiento, los salarios no han seguido el mismo ritmo. El resultado es una brecha creciente entre lo que cuestan las casas y lo que pueden pagar jóvenes, familias y trabajadores medios. El mercado no se hunde, pero expulsa. Como una marea lenta, empuja a la gente cada vez más lejos de los centros urbanos.

Vivienda vacía y políticas que no llegan

El dato de las más de 450.000 viviendas nuevas vacías revela una paradoja incómoda. Hay casas, pero no donde se necesitan ni en condiciones de entrar al mercado de forma inmediata. Muchas están en zonas sin demanda o requieren rehabilitación. Aquí no falla el ladrillo, fallan las políticas públicas. Sin incentivos claros, sin planes ambiciosos de rehabilitación y sin una estrategia territorial coherente, ese stock seguirá siendo una foto fija.

El debate no debería centrarse en si hay o no burbuja, sino en cómo evitar que el acceso a la vivienda se convierta en un privilegio geográfico y social. Moderar precios, aumentar oferta útil y proteger a quienes viven de su trabajo no es una consigna, es una urgencia democrática. Ignorarla sería repetir errores conocidos, aunque el escenario sea distinto. @mundiario