La crisis de la vivienda en Portugal y el precio imposible de un techo digno
Lisboa, con sus fachadas de azulejos brillantes, parece un escaparate de postal, pero la realidad que se esconde detrás de esas puertas no es tan atractiva. Jóvenes profesionales como Lisandra Caeiras, con salarios medios y menos de 40 años, se ven obligados a compartir piso como si todavía fueran estudiantes. Mientras tanto, inversores extranjeros compran apartamentos que superan los seis millones de euros. Según Eurostat, Portugal lideró en 2025 el aumento de precios inmobiliarios en la UE, con un 17,3%, y la Comisión Europea lo califica como el mercado más sobrevalorado de toda Europa. La vivienda se ha convertido en una frontera social que separa a quienes trabajan del lujo que no pueden alcanzar.
El turismo ha jugado un papel clave. En barrios históricos como Alfama o Chiado, los pisos turísticos ocupan más del 66% de las viviendas. Las calles conservan la estética, pero no la vida cotidiana de los vecinos. La ciudad ha pasado de ser un ecosistema de comunidades a un escenario donde los locales apenas pueden permanecer. Esta transformación no se da por azar: responde a políticas que durante años permitieron que la especulación y los beneficios rápidos dominaran sobre la necesidad social.
Los salarios no acompañan los precios y la periferia se convierte en una necesidad
El problema no es solo Lisboa. La disparidad entre salarios y precios inmobiliarios obliga a muchos a desplazarse cientos de kilómetros o a vivir en condiciones precarias. Ana Pires, fotógrafa y realizadora, tuvo que comprar una casa en Portalegre, a más de 200 kilómetros de la capital, para asegurar un techo. Trabajar ya no garantiza acceso a vivienda: los sueldos medios rondan los 1.615 euros al mes y el precio medio del metro cuadrado en Lisboa supera los 3.400 euros. La brecha es insalvable para quien no pertenece a entornos económicos privilegiados.
Este desajuste genera un paisaje social preocupante: resurgimiento de chabolas en las afueras, jubilados en infraviviendas y jóvenes atrapados en alquileres temporales o compartidos. La vivienda deja de ser un derecho y se convierte en un privilegio, mientras la ciudad se transforma en un decorado turístico que diluye su identidad.
Medidas políticas entre la urgencia y la especulación
Portugal ha intentado reaccionar, aunque con resultados mixtos. Durante el mandato de António Costa se prohibieron nuevos pisos turísticos en áreas congestionadas y se eliminaron los visados dorados que inflaban los precios. También se limitaron subidas de alquileres y se aplicaron contribuciones a pisos turísticos. Sin embargo, muchas medidas fueron suavizadas o eliminadas por el Gobierno actual, que apuesta por incentivos fiscales a propietarios y promotores para estimular el mercado.
Estas recetas, centradas en la liberalización y los beneficios a quienes ya poseen propiedades, podrían aliviar la oferta pero no resuelven la raíz del problema: los salarios siguen siendo insuficientes y la vivienda pública representa apenas el 2% del parque total. La solución pasa por un enfoque integral: fomentar la construcción de vivienda asequible, limitar la especulación en zonas centrales y garantizar que quienes trabajan puedan acceder a un hogar digno.
Portugal está en una encrucijada: si no se actúa con decisión, el país podría consolidar un modelo donde las ciudades se convierten en museos para turistas y los ciudadanos deben emigrar al campo o resignarse a la precariedad. La vivienda no puede seguir siendo un lujo; es el cimiento de la dignidad y la cohesión social. Cambiar esta dinámica es urgente y posible, si se priorizan las personas sobre el beneficio rápido. @mundiario



