Intel sí, Nvidia no: la nueva jugada económica de Trump

El Tesoro descarta la entrada en Nvidia tras la compra del 10% de Intel, pero abre la puerta a un modelo de intervención estatal más amplio.
Nvidia. / RR SS
Nvidia. / RR SS

La confirmación del secretario del Tesoro, Scott Bessent, de que el Ejecutivo de Donald Trump no comprará acciones de Nvidia contrasta con la reciente adquisición del 10% de Intel. La decisión, lejos de ser una simple operación financiera, refleja una estrategia política: elegir qué empresas se consideran “críticas” para la autosuficiencia de Estados Unidos. Nvidia, líder en inteligencia artificial y chips gráficos, no necesita apoyo financiero, según Bessent. Intel, en cambio, simboliza la dependencia estadounidense del extranjero en un terreno tan sensible como los semiconductores.

El gesto revela una lógica selectiva que no es nueva, pero que gana fuerza en este segundo mandato de Trump: el Estado decide dónde intervenir, no solo para salvar empresas, sino para rediseñar sectores estratégicos. Esta forma de actuar rompe con la ortodoxia liberal que durante décadas guió la política económica republicana.

La sombra de la pandemia y la seguridad nacional

La justificación oficial apela a las lecciones de la Covid-19. La crisis sanitaria evidenció la fragilidad de Estados Unidos en ámbitos como los fármacos —el 90% de los precursores se fabrica fuera— o los chips avanzados, casi monopolizados por Taiwán. A ojos de la administración republicana, reducir esa dependencia no es solo una cuestión de competitividad, sino de soberanía y defensa nacional.

El problema es que esta narrativa, aunque comprensible, oculta un matiz fundamental: la inversión pública no siempre garantiza eficiencia ni independencia real. Los ejemplos de Boeing, criticada por su falta de innovación, o de las farmacéuticas extranjeras durante la pandemia, muestran que el capital estatal puede ser tanto palanca como lastre si no se acompaña de una exigencia firme de resultados.

Además, no conviene olvidar que la seguridad nacional se ha convertido en un argumento comodín en la política estadounidense. Bajo ese paraguas caben medidas económicas, tecnológicas o incluso diplomáticas que, en otras circunstancias, serían cuestionadas.

¿Un nuevo modelo económico o un espejismo electoral?

Lo que algunos analistas han bautizado como “capitalismo estratégico” plantea un debate de fondo. ¿Hasta qué punto debe el Estado convertirse en accionista de empresas privadas para garantizar la seguridad nacional? ¿Es esta una política de largo plazo o un movimiento con rédito político inmediato?

El riesgo está en confundir intervención con planificación. Comprar participaciones en Intel o plantearse hacerlo en contratistas de defensa como Lockheed Martin puede reforzar industrias clave, pero también abrir la puerta a una concentración de poder económico en manos del Gobierno. En un país históricamente defensor del libre mercado, esa tensión marcará el verdadero legado de Trump. @mundiario

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