La inmigración tiene un impacto reducido sobre el empleo y los salarios

Trabajadores de la construcción. / Pixabay.
Un nuevo estudio desmonta con datos una creencia cada vez más arraigada: la inmigración apenas perjudica a los trabajadores locales.

En los últimos años, el discurso público sobre la inmigración en España ha derivado peligrosamente hacia el terreno del miedo. Las imágenes de protestas en municipios como Torre Pacheco, cargadas de rabia y símbolos nacionalistas, dan la impresión de un país al borde del colapso social. El relato es simple y, por eso mismo, efectivo: los inmigrantes “nos quitan el trabajo”, “bajan los sueldos” y “colapsan el sistema”. Pero detrás de ese eslogan tan repetido no hay datos y donde si los hay, la realidad pinta otra cosa. Un reciente estudio de la Fundación de Estudios de Economía Aplicada (Fedea) lo deja claro: el impacto de la inmigración sobre el mercado laboral español no solo es limitado, sino que puede ser incluso beneficioso.

El trabajo, firmado por el profesor Ismael Gálvez Iniesta de la Universitat de les Illes Balears, supone un ejercicio riguroso de síntesis y análisis de las principales investigaciones sobre el tema. Frente al ruido mediático, ofrece evidencia matizada: sí, puede haber efectos puntuales en algunos segmentos del mercado —como los trabajadores menos cualificados—, pero el efecto agregado es pequeño y, en muchos casos, positivo. De hecho, en situaciones críticas como la Gran Recesión, la inmigración no fue un lastre, sino un dique que ayudó a contener el desborde del desempleo.

En un país donde casi 9 millones de personas nacidas fuera de España representan ya el 18,5 % de la población, seguir repitiendo que son una amenaza laboral no solo es falso, es peligroso. Es, en última instancia, un argumento que alimenta la xenofobia y la exclusión. La narrativa del “robo de trabajo” no resiste el más mínimo contraste empírico. Como explica Gálvez Iniesta, la clave está en la especialización: inmigrantes y nativos no compiten por el mismo puesto, sino que a menudo realizan tareas complementarias, lo que mejora la productividad y genera un efecto sinérgico en muchos sectores.

Esta complementariedad se vuelve aún más evidente cuando se incorporan variables como la capacidad de adaptación del capital, la sustitubilidad entre perfiles laborales y la evolución del ciclo migratorio. Los modelos empíricos que introducen estas variables llegan, en su mayoría, a una conclusión similar: el empleo y los salarios de los trabajadores locales no se ven erosionados por la presencia extranjera. Al contrario, en entornos laborales dinámicos, la inmigración contribuye a ampliar la oferta de empleo y a diversificar la economía.

Un impacto cambiante, pero jamás alarmante

El estudio también identifica dos grandes momentos en la relación entre migración y empleo nativo. El primero, entre 2005 y 2013, tuvo un impacto positivo. El segundo, más reciente (2014–2024), apunta a un efecto levemente negativo, aunque en ambos casos, la influencia se mantiene dentro de márgenes moderados. Esto sugiere que el contexto económico y la composición de los flujos migratorios importan, pero no tanto como para validar una alarma generalizada.

Es fácil recurrir al extranjero como chivo expiatorio cuando el sistema económico no da respuestas. Pero lo cierto es que, sin inmigración, muchos sectores directamente no funcionarían: desde la agricultura hasta el cuidado de personas mayores. Si se quiere debatir sobre empleo, hablemos de precariedad, de automatización, de reformas fiscales. Pero dejar fuera a un millón de trabajadores necesarios por miedo o prejuicio es pegarse un tiro en el pie.

En lugar de levantar muros, quizá sea hora de construir puentes. Porque la integración no solo es un deber ético, también es una oportunidad económica. Como demuestra la evidencia, la inmigración no es el problema. El problema es seguir ignorando lo que dicen los datos, solo porque nos resulta más cómodo creer en mitos. @mundiario