Un excelente ambiente intelectual y emocional puede ser el germen de grandes avances

Princeton University. / Facebook
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Hace unos días la Reina Isabel II concedía el indulto a Alan Turing, padre de la informática actual y probablemente una de las mentes más maravillosas que ha dado la humanidad.

Un excelente ambiente intelectual y emocional puede ser el germen de grandes avances

Hace apenas unos días la Reina Isabel II concedía el indulto a Alan Turing, padre de la informática actual y probablemente una de las mentes más maravillosas que ha dado la humanidad. Famoso por sus conocidísimos logros en el campo de la criptografía durante la Segunda Guerra Mundial (Enigma), su contribución al nacimiento del ordenador programable o al de la Inteligencia Artificial, es en el campo de la lógica donde obtuvo su mayor éxito. En concreto fue su respuesta (negativa, después de Alonzo Church pero independientemente de él) al "problema de la decibilidad" lo que lo elevó a los altares, llevada  acabo en un modesto artículo, en cuanto al tono, titulado "Sobre los números calculables con una aplicación al Entscheidungsproblem" (1936).

Debido a tan grata y a la par tardía noticia del indulto, retomé un par de lecturas, y de ellas nace el título de este artículo y más de una anécdota que detallo. Para una óptima creación y estudio, es necesario un ambiente determinado que favorezca ambos.  De ahí que en los tiempos que corren, cientos de ciudades pretendan crear clones de Silicon Valley, pero con un éxito limitado por no decir escaso.

En la década de 1940, la Universidad de Princeton en Estados Unidos se había convertido en el epicentro mundial de las matemáticas.  Con sus edificios universitarios de inspiración gótica y sus iglesias de piedra, era el cosmos perfecto para el desarrollo del pensamiento. Genios como Einstein, Gödel, Von Neumann, Wigner u Oppenheimer coincidieron en Princeton en aquella época, formando una constelación casi imposible de repetir. Princeton era para los matemáticos lo que Paris había sido para los pintores o escritores,  o Viena para los psicoanalistas y arquitectos

El edifico Fine albergaba el departamento de matemáticas más competitivo del mundo, y muy cerca estaba el departamento de física más importante de EEUU. Princeton sometía a sus alumnos a una presión máxima pero con una nula o escasa burocracia. La mayoría de los estudiantes vivían en la residencia de doctorandos, donde el estilo de vida era el propio de la época: masculino, erudito y casi monacal. La mayor parte de la vida social giraba en torno a la “sala de desayunos”, un comedor de estilo inglés, al que ya no se exigía acudir con toga como ocurría antes de la guerra pero sí con chaqueta y corbata.

Pero sin lugar a dudas, para el elitista departamento de matemáticas y sus doctorandos, el momento álgido del día era la hora del té, de 3 a 4  de la tarde en el hall del edificio Fine. Los miércoles se celebraba en el salón occidental, y era mucho más formal; el resto de la semana se tomaba el té en el salón oriental, más informal y acogedor, repleto de sillones estilo Chesterfield. Al té acudían todos los profesores y doctorandos (entre los que estuvo Turing) y era una reunión un tanto familiar. Se discutía sobre matemáticas, pero también sobre filosofía, lógica o sobre chismes. Los profesores consideraban obligatoria su asistencia a fin de conocer a los estudiantes (algo que apeas se estila en la Universidad actual) o simplemente para hacer grupo.

El ambiente era competitivo y amistoso a la vez. Partidas de "go" y de ajedrez o charlas animadas. Aún así, no había una cultura más jerárquica que la del ambiente matemático. La camarilla que se encontraba en la cumbre era la de la topología, que se agrupaba en torno a Lefschetz, Fox y Steenrod. Luego venían los analistas y a continuación la camarilla de álgebra comandada por Emil Artin, que siempre que llegaba al té, se sentaba con un grupo de alumnos, encendía un Camel y opinaba sobre Wittgenstein.  

Por alguna extraña razón la lógica no gozaba de especial prestigio así como la camarilla de la teoría de juegos. Al frente del grupo de lógicos se encontraba el genial Alonzo Church, que apenas hablaba y solamente lo hacía para contestar. Solía llegar a la sala de reuniones cuando todos se habían marchado, iba recogiendo los restos de las tazas y la nata diluida que quedaba en los platos, vertía todo en una enorme tetera y se encerraba a trabajar en su despacho hasta las cuatro de la mañana.  A sus cursos solo asistían alumnos que rozaban la genialidad.

En esa época empezó a tomar cuerpo la camarilla de la Teoría de Juegos, de la que formaría parte un joven alumno de doctorado, extravagante y genial que ganaría el premio Nobel 50 años más tarde. Era John Forbes Nash. Para el lector interesado, recomiendo el libro titulado “Una mente prodigiosa” de Silvia Nasser, en el que se basa la famosa y oscarizada película del mismo título.

Un excelente ambiente intelectual y emocional puede ser el germen de grandes avances
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