Gas natural, la primera víctima energética del choque Irán-Israel
Desde la madrugada del viernes 13 de junio, el mercado energético mundial vive al borde del abismo. El reciente ataque de Israel a Irán ha cruzado una línea invisible pero conocida: aquella que transforma las amenazas geopolíticas en consecuencias tangibles sobre los mercados, la política y la vida cotidiana. Mientras los misiles cruzan el cielo de Oriente Medio, el precio del gas natural ha comenzado a cruzar sus propios límites: en Europa, el TTF —el índice de referencia del continente— se ha disparado un 20% en apenas unos días. Y el motivo está claro: el Estrecho de Ormuz, por donde transita el 20% del gas natural licuado del planeta, está bajo amenaza directa.
La historia se repite, pero cada vez es más costosa. En 2022, fue la invasión de Ucrania la que obligó a Europa a reescribir su mapa energético, cortando la dependencia del gas ruso y abrazando, por necesidad, nuevas alianzas con exportadores como Catar. Hoy, esa alternativa también tiembla. El cierre de Ormuz sería algo más que un problema logístico: sería un terremoto económico de escala global, una alteración profunda del equilibrio energético que dejaría a Europa sin su plan B… y sin tiempo para reaccionar.
La escalada no es solo militar, es estructural. Irán ha vuelto a poner sobre la mesa su vieja amenaza de cerrar el Estrecho de Ormuz, un cuello de botella marítimo por el que transita buena parte de la energía que calienta, ilumina y mueve el mundo. Aunque históricamente ha usado esta carta como herramienta de presión más que como acción concreta, el cruce de ataques con Israel ha pulverizado los márgenes de previsibilidad. Y mientras la diplomacia hace malabares, los mercados ya descuentan un escenario de desabastecimiento.
El impacto de un cierre sería devastador para Europa. No solo por el encarecimiento del gas —que, según Goldman Sachs, podría duplicar su precio actual—, sino por su efecto dominó: tensión inflacionaria, crisis industrial, frenazo económico y nuevo impulso al populismo energético. Porque aunque las renovables están ganando peso en el mix energético, el gas sigue siendo el corazón funcional de muchas economías, especialmente para alimentar centrales eléctricas en momentos de máxima demanda.
Más que un paso estratégico, un punto de ruptura
El mundo se ha vuelto dependiente de rutas invisibles pero críticas. El estrecho de Ormuz, un canal de apenas cinco kilómetros en su punto más angosto, es uno de ellos. Por él transitan diariamente millones de barriles de petróleo y toneladas de gas licuado. Y aunque Irán exporta poco gas en términos relativos, Catar —justo al otro lado del golfo— es uno de los grandes abastecedores mundiales. Si Ormuz se bloquea, Europa no podrá recibir el gas que reemplazó al ruso tras la invasión de Ucrania.
Los datos hablan por sí solos: Según Bloomberg, Alemania tiene sus reservas de gas al 46%, el nivel más bajo en esta época del año desde antes de la guerra. España, tras el apagón energético de febrero, ha vuelto a encender con fuerza sus ciclos combinados, altamente dependientes del gas. Y en paralelo, Asia también empieza a mirar con inquietud el estrecho: Japón, China o Corea del Sur dependen vitalmente de esa ruta para abastecerse.
El mercado ya responde: miedo, especulación y realismo
Los mercados no esperan a que las amenazas se materialicen. Reaccionan al riesgo, a la posibilidad, al pánico. Y el gas TTF ya ha saltado a los 41 €/MWh, su mayor alza en semanas. Aunque sigue lejos de los 300 euros alcanzados durante lo más duro de la crisis ucraniana, el repunte es suficiente para poner en alerta a gobiernos, empresas y consumidores. El miedo no es solo al precio, sino a la escasez.
El hecho de que cargueros estén empezando a retrasar sus rutas o incluso dar la vuelta ilustra la gravedad de la situación. Que Catar —una pieza esencial en el tablero energético europeo— pida a sus buques que esperen fuera del estrecho hasta nuevo aviso no es solo una señal de prudencia, es el anuncio de que el sistema ya empieza a fracturarse.
¿Cerrará realmente Irán el estrecho? Probablemente no. Perdería su capacidad de exportar crudo a China y provocaría una intervención militar directa de Estados Unidos. Pero la amenaza en sí ya ha hecho su daño. El precio del gas ha reaccionado. Las reservas se tensan. Las empresas ajustan sus planes. Y los ciudadanos, una vez más, podrían pagar más por encender la luz, calentar sus casas o mover sus coches eléctricos. @mundiario



