Falsos autónomos: la condena que sacude los cimientos del modelo Glovo
Glovo, la empresa española que revolucionó el reparto de comida con una app y miles de repartidores en bicicleta, acaba de recibir una bofetada judicial de las que dejan marca. Un juez de lo Social en Barcelona ha condenado a la plataforma —propiedad del gigante alemán Delivery Hero— a regularizar la situación de 3.572 falsos autónomos, trabajadores que en realidad, y según el fallo, deberían haber sido considerados asalariados. Esta decisión no solo tiene implicaciones económicas millonarias para la empresa, sino que abre una grieta profunda en el relato de libertad y flexibilidad con el que durante años se ha sostenido su modelo de negocio.
Durante mucho tiempo, Glovo ha defendido —casi con orgullo— que sus repartidores no eran empleados sino colaboradores. Emprendedores. Gente libre que decidía cuándo trabajar, cómo hacerlo y con qué intensidad. Esa narrativa ha calado, incluso en buena parte de la opinión pública, y ha permitido a la empresa crecer a un ritmo frenético. Sin embargo, lo que este fallo judicial confirma es que esa libertad era en gran parte ilusoria. Cuando los horarios están condicionados por un algoritmo, las tareas asignadas dependen de una puntuación interna, y un despido puede producirse por rechazar encargos, no estamos ante una relación de igualdad, sino ante una forma encubierta de subordinación.
El juez lo dice sin tapujos: Glovo imponía condiciones, fijaba precios, controlaba geográficamente a los trabajadores, y podía prescindir de ellos de forma unilateral si no cumplían ciertas normas. Es decir, hacía todo lo que una empresa hace con sus empleados... salvo reconocerlos como tales. La diferencia está en los derechos: vacaciones, indemnizaciones, protección social, y la dignidad básica que otorga el estar amparado por el Estatuto de los Trabajadores.
Una sentencia que llega tarde, pero llega
Los hechos que analiza el tribunal se remontan a los años 2016-2018. Son antiguos, sí, pero la herida que dejan está más viva que nunca. Primero, porque muchos de los elementos que describe el fallo —control, dependencia, falta de organización empresarial por parte del rider— siguen presentes en otras plataformas. Segundo, porque la condena llega en un momento en que Glovo intenta lavar su imagen con anuncios de cambio de modelo y contrataciones masivas, mientras encara no uno, sino varios frentes judiciales: desde causas penales por vulneración del Código Penal hasta una investigación de la Fiscalía de Barcelona.
Apenas unos días antes del fallo, el vicepresidente internacional de Glovo declaraba en otro juicio que el modelo de falsos autónomos era el preferido “porque así lo deseaban los riders”. Un argumento peligroso, porque asume que el deseo individual —aunque esté mediado por la necesidad económica y la falta de alternativas— puede legitimar la desprotección laboral. ¿Acaso un trabajador explotado que prefiere seguir así por miedo a perder su única fuente de ingresos deja de ser un explotado?
La trampa de la flexibilidad
Uno de los pilares del modelo Glovo siempre ha sido la flexibilidad. Pero el fallo judicial desmonta esa idea: la libertad horaria existía, sí, pero estaba penalizada. Cuanto menos te conectabas, menos pedidos te llegaban. Cuanto más disponible estabas, mejor puntuación tenías. Y esa puntuación —tan neutra en apariencia— era la que determinaba tu acceso al trabajo. Lo que se vendía como “sé tu propio jefe”, en realidad se traducía en “trabaja sin parar si no quieres quedarte fuera”.
El reparto de comida no es el único sector afectado, pero es uno de los más visibles. La imagen del rider pedaleando bajo la lluvia o soportando los 40 grados de julio es ya parte del paisaje urbano. Y también de una nueva normalidad laboral que mezcla tecnología, economía de plataforma y desregulación. En este contexto, el fallo de Barcelona es una victoria simbólica, un alto en el camino que obliga a preguntarnos qué sociedad estamos construyendo cuando aceptamos que una app tenga más poder que un contrato.
Glovo ha anunciado su intención de contratar a todos sus repartidores a partir del 1 de julio. Es un paso, sin duda. Pero llega tarde y no repara los daños del pasado. La sentencia aún es recurrible, pero sienta un precedente clave. El tiempo de los falsos autónomos se acaba, y no por voluntad de las empresas, sino porque la ley —y los jueces— han decidido al fin mirar de frente esta nueva forma de precariedad.
En definitiva, lo que está en juego no es solo el modelo de negocio de Glovo, sino el futuro del trabajo en la era digital. @mundiario