España no avanzará sin una mayor cultura de diálogo, negociación y pacto

Asociación de Periodistas Europeos (APE), en Madrid
Presentación en Madrid del libro 'Cómo salir de ésta'
La crisis de España, vista desde Alemania. Sin las 5 Cs no saldremos de la crisis: Credibilidad, Conocimiento, Competitividad, Consensos, Confianza. Texto del prólogo del libro 'Cómo salir de esta'.
España no avanzará sin una mayor cultura de diálogo, negociación y pacto

Aunque hay hoy más información que nunca, este exceso no hace que estemos mejor informados. Faltan los filtros que diferencian entre información imprescindible, útil, jerarquizada, segmentada, superflua, manipulada, desinformación casual o intencionada, etcétera. Es por eso de agradecer que el periodista José Luis Gómez haya hecho el esfuerzo de escribir el libro Cómo salir de esta, que analiza en profundidad la crisis económica mundial, europea y sobre todo española, en la cual nos encontramos sumergidos, y que da pistas de cómo recuperar la senda de crecimiento con el mínimo coste democrático, económico y social. Esta aportación es a mi modo de ver lo que hace que este libro tenga un valor añadido muy relevante.

Me concede el autor el honor de poder prologar su libro. Al resultado de mis reflexiones le he dado el subtítulo «Sin las 5 Cs no saldremos de la crisis: Credibilidad, Conocimiento, Competitividad, Consensos, Confianza».

Empecemos por la «Credibilidad». Es en este punto donde quizás Europa y España más han fallado en el pasado. Hay ejemplos que todos recordamos:

  • En relación con los presupuestos, que los gobiernos griegos mintieran descaradamente para camuflar sus déficits públicos, que Alemania y Francia fueran los primeros países en saltarse el criterio de Maastricht del 3 % de déficit público, que España ocultase mucho tiempo que su deuda pública de 2011 fuese de más del 9 % y no del 6 % acordado o que se metieran facturas de proveedores en los cajones de las administraciones públicas con el fin de manipular las cuentas del Estado.
  • En relación con las infraestructuras, que en España se construyeran aeropuertos en Castellón o Ciudad Real y algunas autopistas de peaje en toda la geografía sin que hubiera una demanda para ello o que en Alemania se planificara un nuevo aeropuerto en Berlín con tantos fallos que su inauguración haya tenido que retrasarse dos años o que el circuito automovilístico del Nuerburgring derivase en un parque de atracciones que es una ruina.
  • En relación con las empresas, que entidades financieras como Bankia en España o Hypo Real Estate en Alemania pasasen en los balances de ganancias multimillonarias a pérdidas multimultimillonarias, que el mundo empresarial se haya endeudado tanto en los años de bonanza que ahora tiene grandes dificultades para devolver sus créditos, que empresarios y gerentes sean despedidos con unas indemnizaciones extravagantes, por no decir indecentes, o que los sindicatos no hayan sido capaces de adaptar sus reivindicaciones a los tiempos actuales de cambios vertiginosos, apostando más por el diálogo y compromiso y menos por huelgas y demostraciones.
  • En relación con las instituciones europeas, que el Consejo Europeo tome decisiones tarde y mal en temas tan relevantes como un programa para reactivar la economía del continente o una supervisión bancaria más eficaz en la zona euro, que la Comisión Europea actúe en muchos casos con poco liderazgo, sensibilidad y transparencia, que el Parlamento Europeo tenga el poder de controlar a Bruselas recortado o que siga existiendo una Política Agraria Común que cuesta muchísimo dinero e impide, por ejemplo, que avance la Ronda de Doha para liberalizar el comercio mundial.
  • En relación con la política de cada estado europeo, que los partidos quieran llegar al poder y mantenerse en el mismo, cueste lo que cueste, apostando por la demagogia populista y cortoplacista, que importantes promesas electorales se tiren por la borda a los pocos días de las elecciones, que decisiones difíciles, pero indispensables, se pospongan por elecciones de cualquier tipo, o se comuniquen pésimamente.
  • Y en relación con las ONGs, fundaciones, asociaciones y otras instituciones de la sociedad civil, que jueguen como muchos otros a las corruptelas, engaños y ocultaciones que las desprestigian ante los ojos de los ciudadanos.

Sabemos muy bien que se puede perder credibilidad y reputación en un día y que ganarlas o recuperarlas cuesta mucho tiempo, esfuerzo y dinero. Y también sabemos que sin credibilidad no hay futuro, así que es de sentido común apostar por ella y cuidarla con inteligencia y mimo.

En cuanto al «Conocimiento», aunque tenemos todos acceso a más fuentes que nunca, tengo la sensación de que nuestros políticos, empresarios, sindicalistas, periodistas y demás personas en cargos de responsabilidad fallan en la definición de sus estrategias y en la gestión, porque de tanto conocimiento segmentado y parcial están en el proceso de perder tres condiciones básicas para el liderazgo: primero, una visión más a medio y largo plazo que a corto; segundo, una actuación motivada por valores como responsabilidad, esfuerzo, humildad, trabajo en equipo, ejemplaridad, honestidad, etcétera, y tercero una capacidad de comunicación veraz, focalizada y transparente. La evolución en el conocimiento de las relaciones interpersonales, sociales y emocionales —clave si queremos  tener éxito en un mundo siempre más complejo por los avances tecnológicos, la interconexión de nuestras actuaciones y la globalización— deja mucho que desear.

Si a eso le añadimos que por motivos presupuestarios los gobiernos de turno están reduciendo sus inversiones en educación e I+D+i y, por lo tanto, limitando, por un lado, las oportunidades de nuestra juventud para recibir la mejor formación posible, sea en el colegio, en la Universidad o en los centros de formación profesional, y, por otro lado, de las empresas grandes, medianas y pequeñas para apostar por el valor añadido de sus productos y servicios, llegamos a la conclusión que, de momento, un país como España no le da la suficiente importancia al desarrollo del conocimiento puro y duro.

Con efectos devastadores para la «Competitividad». Para la mayoría de los expertos, la economía europea solo tiene una salida: apostar por productos y servicios de valor añadido, que serán los que necesitan los países emergentes para poder seguir creciendo en los próximos 40 años a tasas de entre el 5 y el 10 %, según las previsiones de PriceWaterhouseCoopers. Aunque la Unión Europea ya subrayó en su cumbre de Lisboa de 2000 la necesidad de hacer un esfuerzo especial en I+D+i hasta 2010 para aumentar su productividad y competitividad económica, los resultados fueron tan pobres que podemos hablar de una década perdida. Alemania fue quizás el único país que hizo sus deberes en cuanto a reformas estructurales y la promoción de I+D+i, porque entre otros motivos la reunificación había tenido como consecuencia un aumento significativo del déficit público, que había que contener. El resultado: la  economía alemana tenía una ventaja comparativa frente a los demás países europeos cuando llegó la crisis del 2008 y por eso pudo paliar los efectos de la misma mucho mejor. Es por esa razón que Alemania insiste tanto en que los demás países europeos, por lo menos los de la zona euro, tienen que acelerar sus procesos de reformas estructurales y control del déficit público, si quieren ser competitivos en los mercados del mundo.

En concreto, empresas con aspiraciones competitivas deben preocuparse por su productividad —es decir, su capacidad de producir de manera eficiente en costes y sostenibilidad—, su creatividad —esto es, su capacidad de diferenciar sus productos y servicios por diseño, calidad, valor añadido y reputación de marca—, su innovación en los procesos de venta y servicios en mercados nacionales e internacionales —marketing, distribución, servicios posventa, etcétera— y su posibilidad de financiación adecuada.

Si Europa —o por lo menos el núcleo de países en la zona euro— quiere que sus empresas sean competitivas, tiene que asegurar un marco regulatorio que permita el buen funcionamiento de un mercado único, del intercambio de I+D+i entre centros de investigación y empresas, así como de los mercados financieros, con unas reglas de juego laborales, fiscales, bancarias y económicas armonizadas y un sistema judicial eficaz y transparente.

Llegados a este punto, toca dedicarle alguna reflexión a la cuarta C: «Consensos». En febrero de 2010, el  abogado e intelectual Antonio Garrigues escribía una «página tres» en el diario  ABC que señalaba a los políticos como culpables de la situación actual por su falta de diálogo y voluntad para llegar a acuerdos y recordaba que «la democracia es un sistema cuyo objetivo básico es el facilitar la convivencia, no en el acuerdo, que sería cosa de poco mérito, sino justamente en el desacuerdo —que es lo que suele haber—, y esa convivencia es precisamente fruto de un diálogo en el que hay que aceptar, como principio rector, que no podemos tener —porque nunca se puede tener— toda la razón y que siempre se pueden buscar soluciones aceptables o, como mínimo, tolerables para todos. Sin diálogo… saldremos también de la crisis, pero vamos a complicarnos la vida en exceso dejando heridas sobre la piel de la sociedad muy innecesarias.»

Lo que era válido en 2010, sigue siendo válido en 2013: no avanzaremos sin una mayor cultura de diálogo, negociación y pacto. En España, entre el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, y el líder de la Oposición, Alfredo Pérez Rubalcaba; el Gobierno central y los de las autonomías; empresarios y trabajadores; los estamentos públicos y la sociedad civil, y todos y cada uno de nosotros. Pienso que un consenso de cómo salir de la crisis entre Gobierno y Oposición o, mejor aún, una reedición de los Pactos de la Moncloa, haría bajar la prima de riesgo bastantes  puntos, como también lo haría un acuerdo entre Madrid y Barcelona para superar sus diferencias actuales. La misma importancia tendrían consensos entre países del norte que mantienen sus triples A (Alemania, Finlandia, Holanda y Austria ) y del sur que están al borde del precipicio financiero (Italia, España, Portugal y Grecia) en cuanto a la hoja de ruta para avanzar en la gobernanza europea, es decir, en la unión fiscal, bancaria, presupuestaria y política de la zona euro, para así recuperar la confianza de los mercados en la Moneda Única.

Por último, el reto más grande que tenemos por delante es recuperar la «Confianza» —en nosotros mismos, en nuestras capacidades, en nuestro sistema de economía social de mercado, en las empresas y sus trabajadores, en un Estado de bienestar eficiente que, adaptado a las nuevas circunstancias, garantice las prestaciones sociales consideradas básicas, en nuestro sistema financiero, en la zona euro, en nuestros políticos, jueces, fiscales, funcionarios, empresarios, profesionales, intelectuales, jóvenes… En este sentido, le ha venido muy bien a la Unión Europea recibir el Premio Nobel de la Paz, porque nos recuerda cuánto hemos avanzado en los últimos 60 años con la ayuda de sus instituciones, del Mercado Único, de Shengen, el Euro, Erasmus y Bolonia, etcétera para lograr paz, prosperidad y democracia en nuestro continente.

Mejor le irá a Europa si se toma muy en serio su apuesta por la Credibilidad, el Conocimiento, la Competitividad y el Consenso, porque generará la Confianza necesaria a nivel individual, nacional y continental para sentar las bases de un desarrollo político en democracia, un crecimiento económico en sostenibilidad y una cohesión social en solidaridad durante los próximos 60 años. Vale lo que avisó el escritor mexicano Juan Rulfo en otro contexto: «O nos salvamos juntos o nos hundimos separados». Muchas de la claves para salvarnos se encuentran en el libro del periodista José Luis Gómez. ¡Que lo aprovechen!

España no avanzará sin una mayor cultura de diálogo, negociación y pacto
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