España no arranca con el coche eléctrico: entre el escepticismo y la incertidumbre
Europa tiene un norte claro: en 2035 no se venderán más coches con motor de combustión. La neutralidad climática para 2050 es el horizonte. En ese mapa, el vehículo eléctrico es pieza clave. Sin embargo, en España, la apuesta por este tipo de movilidad sigue siendo tímida. Según la última encuesta de 40dB. para Cinco Días y El País, apenas un 10% de los ciudadanos cree que en un futuro cercano comprará un coche nuevo, y de ellos, la mayoría elige opciones híbridas o de combustión.
El coche eléctrico, que representa el cambio, aún no convence. Y no porque no haya razones para impulsarlo —que las hay y de sobra, empezando por el cambio climático y la necesaria reducción de emisiones—, sino porque los españoles no lo ven como una opción viable, ni hoy ni a corto plazo. El problema no es solo de percepción; es también de bolsillo, de infraestructuras, de incentivos que no llegan a tiempo y de una narrativa oficial que no termina de conectar con la realidad cotidiana.
Adquirir un coche es, para la mayoría, una inversión importante, casi siempre postergada y hoy más incierta que nunca. Los precios se han disparado desde la pandemia. La falta de suministros, la inflación, los cuellos de botella y las nuevas regulaciones han convertido al mercado del automóvil en un terreno resbaladizo. Un vehículo nuevo cuesta hoy un 30% más que en 2019. Y si hablamos de eléctricos, la diferencia de precio puede alcanzar el 50% respecto a un modelo de combustión. ¿Quién puede permitírselo?
Un clima escéptico
La encuesta de 40dB. retrata un clima económico marcado por el escepticismo. La confianza de los ciudadanos en el mercado automovilístico es baja (41,9 puntos sobre 100), y solo los más jóvenes y quienes tienen mayor poder adquisitivo parecen ver con algo de optimismo esta inversión. El resto, simplemente, no se lo plantea. Y si lo hace, busca alternativas más asequibles: híbridos, gasolina o diésel.
Además, el coche eléctrico sigue arrastrando problemas estructurales que alejan a los compradores. La red de puntos de recarga no está bien distribuida y el desarrollo de infraestructuras va muy por detrás de la demanda que se espera. El Plan Moves, aunque útil en teoría, se queda corto en la práctica: las ayudas tardan en llegar y muchos desisten antes siquiera de solicitarlas. Es la pescadilla que se muerde la cola: sin coches eléctricos no se amplía la infraestructura, y sin infraestructura no se venden coches eléctricos.
Hay también un componente social que no se puede ignorar. La transición ecológica no afecta a todos por igual. Las clases bajas y medias, que ya lidian con la subida del coste de vida, no están en condiciones de asumir los costes —económicos y logísticos— del cambio. Para ellos, la movilidad sostenible sigue siendo un lujo.
España necesita un plan más ambicioso, pero sobre todo más realista. Uno que tenga en cuenta las condiciones económicas de sus ciudadanos, que facilite el acceso a vehículos eléctricos de bajo coste y que apueste por una red de recarga pública eficiente. Porque el futuro no puede depender únicamente de la voluntad individual. Mientras tanto, el coche eléctrico sigue esperando su momento… aparcado. @mundiario



