Es evidente que el patrón de crecimiento llegó a su fin y que hace falta otro modelo

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Toca reescribir el modelo productivo.
Conclusiones de la serie ‘Galicia y su dinamismo empresarial’ en MUNDIARIO, a cargo del coordinador de Economía del Proyecto Galicia, González Laxe. Hoy analiza las fortalezas de la economía gallega.
Es evidente que el patrón de crecimiento llegó a su fin y que hace falta otro modelo

 

Hoy tocan conclusiones. Llega a su fin la serie ‘Galicia y su dinamismo empresarial’, publicada en siete capítulos y conclusiones, durante los últimos días en MUNDIARIO. Veamos. Los territorios han de ser capaces de desarrollar estrategias de innovación para la construcción de ventajas competitivas a partir de su particular configuración de recursos, competencias y capacidades. Y las empresas deben buscar un posicionamiento diferenciado. Por eso, un territorio debe apostar por aquel conjunto de actividades en que pueda destacar. Y ello es posible bien por unos activos específicos en que pueda descansar el atractivo del territorio; bien por el tipo de actores que puedan desarrollar ese tipo de actividades; y, finalmente, por el modo de conexión del territorio con respecto al exterior. No obstante, conviene que previamente a este posicionamiento estratégico, el propio territorio identifique los grandes desafíos que para él se derivan del estadio de desarrollo en que se encuentre.

Los territorios, en consecuencia, atraviesan tres grandes etapas de desarrollo competitivo y en cada una de las cuales se establecen los principales desafíos. En la primera, cuando el nivel de desarrollo es bajo, se compite fundamentalmente en factores y en estrategias donde prevalecen acciones basadas en el bajo coste. La segunda etapa, un estadio intermedio, se fundamenta en actuaciones referidas a sus niveles de inversión y de eficiencia. En la tercera etapa, correspondiente a territorios más desarrollados, se compite por la innovación.

En este sentido, las estrategias de los territorios se basan en: a) impulsar el deepening o la profundización y especialización en aquellas actividades y servicios en que se poseen ventajas; b) impulsar la capacidad de shifting o de adaptación a los cambios y la reinvención de uno mismo; y c) constituirse en innovating region, o sea buscar nuevos activos ligados a una base de investigación.   

La economía gallega suma varias tendencias: discreta evolución de la productividad; los costes por unidad de trabajo aumentan más que la productividad; y se constata una pérdida de competitividad de las empresas.

Productividad aparente del factor trabajo atendiendo a la distribución sectorial, en 2010

PRODUCCIÓN(millones de euros)

EMPLEO (miles personas)

Sector primario

2.582

83,2

Industria

10.125

175,6

Construcción

6.838

91,3

Servicios

38.132

733,0

Total

57.677

1.083,1

Fuente: Elaboración propia

Es evidente que este patrón de crecimiento ha llegado a su fin. Resulta preciso adoptar un nuevo modelo productivo que debe basarse en mejoras sustanciales tanto en la productividad como en la competitividad. Esto es, hacer que la base del modelo sea más eficiente y apostar por reorientar la producción hacia el exterior para poder resolver nuestras necesidades de financiación. O sea, un modelo basado en la productividad, la competitividad y en la capacidad para generar demanda interna sostenible; y no basada en endeudamientos externos y crecientes.

Las fortalezas que posee la economía gallega se delimitan por tres elementos: las infraestructuras y el posicionamiento; el capital humano; y el liderazgo de las empresas. Sin embargo, no conseguimos ser el foco geográfico estratégico de la economía mundial. De una parte, apenas nos hemos concentrado en desarrollar modos de transporte multimodales que permitan la inserción en las redes globales de las cadenas de valor. Tampoco, hemos logrado ser un lugar atractivo para la formación y el desarrollo de la investigación, asistiendo a una relevante fuga de cerebros hacia otras latitudes. Y, finalmente, las empresas gallegas en su conjunto no están integradas en el comercio internacional, al punto que nuestra participación en los flujos mundiales del comercio es menor que la ponderación que representamos en la producción global del planeta. Nos falta, pues, diplomacia económica que satisfaga nuestras necesidades y demandas.

Nuestro esfuerzo ha de estar concentrado en políticas económicas que busquen la mejora de la eficacia de la inversión pública (mediante análisis coste/beneficio y estudios medioambientales); una mayor transformación de la Universidad (para aprovechar el talento y eliminar la burocracia existente); un programa para estimular la internacionalización de las empresas españolas (con apoyos financieros y políticos); y un  plan para atraer multinacionales de alta intensidad en I+D (con objeto de captar sus desarrollos tecnológicos).

Los cambios han de provenir tanto desde las instancias gubernamentales como desde las propias unidades empresariales. A las primeras hay que recodarles que las trabas existentes para poder funcionar son muy elevadas, tal como lo acaba de resaltar el World Economic Forum en su estudio Reducing Supply Chain Barriers. Y, a los segundos, hay que recordarle que afrontar los nuevos desafíos, exigen cambios en el tamaño. Lo que nos hace diferentes a los países más dinámicos es el tamaño, pues éste explica gran parte (alrededor del 30%) de los diferenciales de productividad.

Estas apuestas reflejan el actual énfasis existente en la gobernanza de las áreas urbanas para adaptarse al nuevo contexto económico, social y político, lo que según Peck y Tickell (1995) es síntoma de la propia crisis y un reflejo del desorden global. Esta transformación de la gobernanza urbana se produce porque los gobiernos locales se orientan hacia el mundo exterior y el crecimiento económico y, en consecuencia, las condiciones del bienestar de los ciudadanos empiezan a tener menos importancia. Imre y Thomas (1995) ya habían empezado a atisbar esta dinámica que fue corroborada más tarde por Peck y Tiwell (1995) cuando escriben que “había una cierta subordinación de los principios de bienestar a los imperativos de la competividad”.

Esta transformación de objetivos (mayor competividad que mayor cobertura de necesidades) modifica las tradicionales formas de planeamiento y, en la actualidad, se desea bascular hacia el desarrollo de proyectos individualizados, con lo que se deja de presentar a las ciudades como un objeto de apego y de preocupación, para convertirlas en lugares ó entornos de oportunidades sociales y económicas. Jessop (1996) lo estructura en cuatro planos. El primero, en la actualidad las ciudades y las regiones cobran cada vez más importancia como espacios de competitividad económica. En el segundo plano la competencia ha de ser entendida en términos schumpeterianos, lo que significa que determinadas combinaciones económicas sociales o políticas a nivel urbano proporcionan ventajas competitivas. En tercer plano, es que la gobernanza local sustituye al gobierno local como la vía más apropiada para potenciar la competitividad económica. Y en cuarto lugar, que los factores internacionales constituyen una fuete de riesgo y de oportunidad respecto a lo que ocurre en el nivel económico local.

Se potencia, en suma, la competencia y la rivalidad en mercados abiertos y de amplia rivalidad, ó como afirmaban Philo y Kearns (1993) estamos abiertos a  “la lucha por un trozo de pastel de la inversión de capital”.

Es evidente que el patrón de crecimiento llegó a su fin y que hace falta otro modelo
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