Cómo las políticas de Trump vaciaron los destinos turísticos de EE UU
Durante años, el turismo estadounidense vivió una expansión sostenida que parecía inmune a cualquier turbulencia. Ni el dólar fuerte ni la competencia global lograban frenar el magnetismo de sus grandes urbes, parques temáticos y destinos de ocio. Sin embargo, este verano, la realidad ha cambiado drásticamente: el flujo de visitantes internacionales se ha reducido, y las señales apuntan directamente hacia la política nacional como detonante principal.
La caída no es solo una percepción subjetiva: restaurantes, hoteles y comercios de zonas turísticas reconocen que la afluencia no alcanza niveles previos. La combinación de redadas migratorias, incertidumbre económica y un tono oficial que transmite desconfianza a los visitantes ha provocado un enfriamiento que se refleja desde las mesas vacías hasta los balances de las grandes cadenas hoteleras.
En Las Vegas, la quinta ciudad más visitada del país, las autoridades contabilizaron en junio un 11,3% menos de turistas que el año pasado, mientras el aeropuerto local encadena cinco meses consecutivos de descensos. Las imágenes de un Strip semidesértico y terminales aeroportuarias inusualmente tranquilas han circulado en redes sociales, reforzando la percepción de que algo inédito está ocurriendo.
Miami, Houston y otros polos turísticos han sufrido caídas similares. En la ciudad texana, la ocupación hotelera se desplomó un 20% interanual, en parte porque el año anterior la demanda se disparó por circunstancias extraordinarias —como el alojamiento de damnificados por el huracán Beryl—, pero también por un cambio estructural en los patrones de viaje. En Florida, el primer semestre cerró con 400.000 visitantes menos respecto a 2024, rompiendo una racha de crecimiento que se mantenía desde 2017. Restaurantes y comercios atribuyen el retroceso a la política arancelaria de Washington y a las operaciones migratorias que han generado un ambiente hostil, especialmente para el turismo latinoamericano.
Los datos internacionales confirman que el fenómeno tiene alcance global. Desde marzo, las llegadas desde Reino Unido, Alemania, España, Irlanda, Ecuador y Colombia han caído en porcentajes de dos dígitos, y el Consejo Mundial de Viajes y Turismo alerta de que EE UU es el único país entre 184 economías analizadas que registrará una reducción en sus ingresos turísticos este año. La proyección es clara: 169.000 millones de dólares en 2025, un 22,5% menos que en 2024.
Algunos casos, como el de Canadá, muestran cómo la diplomacia improvisada de Trump se traduce en pérdidas concretas. Tras sus declaraciones despectivas y sugerencias de anexión, los canadienses han respondido con un boicot no declarado: el tráfico aéreo cayó un 22% y las entradas terrestres desde EE UU un 33%.
En este contexto, la industria ha reaccionado con descuentos, eliminación de tasas y beneficios extra, intentando reanimar una demanda que no solo depende del precio, sino de la percepción de seguridad, hospitalidad y apertura del destino. Porque el turismo no es un fenómeno aislado: es un termómetro de cómo un país se proyecta al mundo. Y hoy, para muchos viajeros, Estados Unidos proyecta un mensaje que contradice su histórica imagen de tierra de oportunidades y acogida.
El verano de 2025 quedará como un aviso: cuando la política interna se convierte en un muro invisible, las fronteras turísticas empiezan a cerrarse, aunque los aeropuertos sigan abiertos. El reto para el país no es solo recuperar visitantes, sino recomponer su imagen antes de que el vacío estacional se convierta en un invierno prolongado para su industria turística. @mundiario


