China endurece su pulso con Estados Unidos y reabre la guerra comercial
La guerra comercial entre China y Estados Unidos, lejos de apagarse, se reconfigura como una contienda de largo aliento que combina economía, geopolítica y orgullo nacional. Pekín ha dejado claro que no cederá terreno frente a las presiones de Washington y que está dispuesta a “luchar hasta el final”, una expresión que, más allá de su tono desafiante, encierra un mensaje estratégico: el gigante asiático no concibe ya el comercio como un espacio neutral de intercambio, sino como un frente más en la pugna por el liderazgo global.
El último capítulo de este enfrentamiento lo protagonizan los nuevos gravámenes cruzados sobre el transporte marítimo. Estados Unidos impuso tasas adicionales a los buques chinos tras una investigación que acusa a la industria naval del país de prácticas desleales. En respuesta, Pekín replicó de inmediato con tarifas equivalentes y activó su Ley antisanciones extranjeras contra cinco filiales de la surcoreana Hanwha Ocean, vinculadas a proyectos con Estados Unidos. El mensaje no podía ser más explícito: quien colabore con Washington en sectores estratégicos será tratado como parte del conflicto.
Las sanciones incluyen la prohibición de toda transacción con empresas e individuos dentro del territorio chino, un golpe con impacto simbólico y práctico. Hanwha, actor clave en la construcción naval surcoreana, vio caer sus acciones más de un 5% tras el anuncio. La medida, sin embargo, apunta más allá de Corea del Sur: es una advertencia a los aliados de Estados Unidos en Asia-Pacífico de que la cooperación con Washington puede tener un coste elevado en su relación con China.
El tono empleado por el portavoz del Ministerio de Comercio chino —“si hay conflicto, lucharemos hasta el final; si hay diálogo, la puerta está abierta”— condensa la estrategia dual de Pekín: firmeza y flexibilidad, coerción y diplomacia. China mantiene abiertas las vías de negociación, pero bajo una premisa inequívoca: no se someterá a condiciones dictadas por Estados Unidos ni aceptará la tutela de sus normas comerciales. El Gobierno chino acusa a Washington de “violación de las reglas de la OMC” y de haber roto los compromisos alcanzados en las rondas de negociación de mayo.
La decisión de sancionar a Hanwha tampoco es un gesto aislado. Se enmarca en un patrón más amplio de respuesta sistémica que China ha desplegado en los últimos meses: restricciones a la exportación de tierras raras —elementos esenciales para la industria tecnológica y armamentística— y controles más estrictos sobre componentes de baterías de litio, ambos sectores donde ostenta una posición dominante. Cada paso busca recordar a Estados Unidos y a sus socios que la cadena de suministro global pasa, en buena parte, por Pekín.
En paralelo, el clima político estadounidense tampoco ayuda a rebajar las tensiones. El presidente Donald Trump ha vuelto a recurrir a su retórica arancelaria, amenazando con un incremento del 100% sobre los productos chinos y sugiriendo incluso la cancelación de su encuentro con Xi Jinping previsto en Corea del Sur. Aun así, su secretario del Tesoro, Scott Bessent, intenta mantener abiertas las líneas de comunicación, afirmando que “esto es China contra el resto del mundo” pero que aún hay margen para el diálogo. Sus palabras reflejan la contradicción interna del Gobierno estadounidense: confrontación declarada y, a la vez, dependencia económica mutua.
El pulso entre ambas potencias no es solo un intercambio de sanciones, sino un choque de modelos. China defiende su derecho a intervenir en los sectores estratégicos como parte de su soberanía económica, mientras que Estados Unidos acusa al régimen chino de distorsionar la competencia global. Pero lo que está realmente en juego es quién fija las reglas del comercio internacional del siglo XXI: si un orden multipolar basado en la autonomía y la reciprocidad, o la continuidad de la hegemonía económica norteamericana.
Pekín parece haber asumido que la guerra comercial es, en realidad, una guerra de poder prolongada. Las sanciones, las tasas y las represalias se convierten así en piezas de un tablero más amplio donde se disputan la influencia tecnológica, el control de las materias primas críticas y el relato del liderazgo global. La era del “libre comercio” ha quedado atrás; lo que emerge ahora es una nueva economía política del conflicto, en la que cada arancel es una declaración ideológica y cada sanción, un mensaje de soberanía.
El comercio, que alguna vez se presentó como el motor de la globalización y el entendimiento entre naciones, se ha transformado en el campo de batalla donde se dirime el equilibrio de poder del siglo XXI. Y en ese escenario, China ha dejado claro que no está dispuesta a retroceder. Al contrario: ha decidido que su fortaleza se mide no solo en su capacidad de exportar, sino en su determinación para resistir. @mundiario


