Bruselas confía en alcanzar un principio de acuerdo para evitar una guerra comercial con EE UU

Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea y António Costa, presidente del Consejo Europeo. / Consejo Europeo
Bruselas intenta cerrar un pacto preliminar antes del 1 de agosto, fecha límite impuesta por el presidente Donald Trump, para evitar una nueva escalada arancelaria que amenace con desestabilizar la relación transatlántica.

A menos de un mes del 1 de agosto, la Unión Europea acelera las negociaciones para alcanzar un “principio de acuerdo comercial” con Estados Unidos. La presión no proviene solo del calendario, sino de la advertencia explícita del presidente Donald Trump: no habrá más prórrogas. A partir de esa fecha, se tiene previsto entrarán en vigor nuevos aranceles para los productos europeos, lo que podría desencadenar una nueva fase en la guerra comercial transatlántica.

Desde Bruselas, la postura es clara y busca evitar una escalada arancelaria que afectaría de forma directa a la industria europea, especialmente la automovilística, el acero y el aluminio.Los aranceles actuales son significativos: un 25 % sobre automóviles y componentes, un 50 % sobre acero y aluminio, y un 10 % general para otras importaciones. Además, el inquilino de la Casa Blanca ha barajado la posibilidad de imponer tarifas al cobre. Por ello, la prórroga concedida por EE UU hasta el 1 de agosto no ha sido recibida con alivio, sino como una cuenta atrás que aumenta la urgencia.

El objetivo inmediato del bloque comunitario es pactar un marco que permita ganar tiempo y evitar mayores costes para sus exportaciones. No se trata aún de un acuerdo comercial completo, sino de un principio de entendimiento que estabilice la situación. En palabras del comisario de Economía, Valdis Dombrovskis, “las negociaciones continúan a nivel político y técnico para impulsar un principio de acuerdo antes de esa fecha”.

La Comisión Europea, liderada por Ursula von der Leyen, mantiene contactos intensos tanto con los Estados miembros como con representantes estadounidenses. Países como Alemania, Bélgica y Hungría, cuyos sectores industriales son altamente dependientes de las exportaciones a EE UU, presionan para cerrar un pacto cuanto antes, incluso si este no resulta del todo favorable para Europa.

Incluso se baraja reactivar una respuesta arancelaria por valor de 20.000 millones de euros que Bruselas congeló en abril, como medida de presión si las negociaciones fracasan. Sin embargo, esta opción es vista como un último recurso ante el temor de que la confrontación escale aún más.

El factor Trump

La presión viene marcada por el tono inflexible de Donald Trump. Desde su plataforma Truth Social, el expresidente fue tajante: “el 1 de agosto empiezan a cobrarse los aranceles. No habrá cambios. No se concederán más extensiones.” Esta postura endurece la posición negociadora estadounidense y deja poco margen para maniobras diplomáticas.

Trump insiste en que los aranceles son una fuente de ingresos para EE UU, y aunque insinuó cierto margen de flexibilidad a largo plazo para suavizarlos, dejó claro que el plazo inmediato para aplicarlos no se moverá. Bajo su enfoque, el acuerdo comercial es unilateral: “Los acuerdos son más bien mis acuerdos hacia ellos”, afirmó. El Departamento del Tesoro estadounidense había adelantado que un acuerdo preliminar podría cerrarse en 48 horas, pero las señales desde la Casa Blanca fueron contradictorias, con un Trump que matizó que aún se estaban negociando los detalles.

El acuerdo que se perfila incluiría un arancel base del 10% para todas las importaciones europeas, con algunas exenciones para sectores como la aeronáutica o las bebidas alcohólicas. La inclusión de productos como el vino todavía está en discusión. Las negociaciones sobre los automóviles son especialmente delicadas, dada la fuerte exposición de la industria alemana. Según estimaciones del Parlamento Europeo, hasta 50.000 empleos podrían verse en riesgo si no se logra frenar el aumento de los aranceles.

Una negociación a contrarreloj

Tanto en Washington como en Bruselas, las reuniones técnicas y políticas se intensifican. El comisario Maros Sefcovic ha sido uno de los principales interlocutores y mantiene informados a los Estados miembros sobre el curso de las conversaciones. Sin embargo, el pesimismo creció tras su regreso de la última ronda de contactos en EE UU, donde no se lograron avances sustanciales.

La UE no quiere ceder demasiado, pero reconoce que la situación actual no es sostenible. La incertidumbre frena la inversión, pone en peligro empleos y genera tensiones internas en un bloque ya marcado por divisiones comerciales. Al mismo tiempo, Bruselas intenta que cualquier principio de acuerdo no sea percibido como una capitulación frente a la presión arancelaria estadounidense.

El reloj corre y el margen de maniobra es limitado. Mientras Bruselas intenta cerrar un acuerdo mínimo que evite lo peor, Trump marca el ritmo de una negociación asimétrica con una fecha límite inamovible. @mundiario