El ataque a Irán reabre el fantasma de una crisis energética mundial

El conflicto con Irán dispara la energía y revive el temor a una crisis como la de 2022, con inflación, petróleo caro y economía en riesgo.
Buque petrolero. / RR. SS.
Buque petrolero. / RR. SS.

Las crisis energéticas no empiezan de golpe. No hay una alarma que suene cuando el petróleo cruza un precio determinado ni un aviso cuando el gas alcanza una cifra simbólica. Llegan como una presión creciente, casi imperceptible al principio, que poco a poco se cuela en la vida cotidiana: en la factura de la luz, en el depósito del coche o en el precio del transporte de mercancías. El ataque a Irán y la escalada militar en Oriente Próximo han vuelto a activar ese mecanismo. El mundo aún no vive una crisis energética comparable a la de 2022, pero el riesgo ha vuelto a instalarse en el tablero económico global.

Los mercados energéticos reaccionan con rapidez a cualquier amenaza sobre el suministro. Y en este caso el epicentro está en uno de los puntos más sensibles del planeta: el estrecho de Ormuz. Por ese corredor marítimo de apenas 34 kilómetros de ancho circula cerca de una quinta parte del petróleo mundial, además de grandes cantidades de gas licuado, combustibles refinados y fertilizantes. Cuando ese flujo se interrumpe o se reduce, el efecto dominó sobre los precios es casi inmediato.

Eso es precisamente lo que ha comenzado a ocurrir. El barril de brent —referencia para Europa— se ha disparado cerca de un 30% en apenas una semana, mientras el gas natural en los mercados europeos ha vivido subidas aún más abruptas. El mensaje que envían los operadores es claro: la economía mundial vuelve a moverse en un terreno de incertidumbre energética.

Subidas y recargos

Las consecuencias empiezan a notarse incluso antes de que se produzca una verdadera escasez de suministro. El precio de la gasolina registra su mayor subida en meses, el transporte marítimo aplica recargos ante el riesgo en las rutas comerciales y los mercados financieros reaccionan con nerviosismo. Las Bolsas han vivido una de sus peores semanas desde el inicio de la guerra en Ucrania, mientras indicadores clave como el euríbor ya anticipan presiones inflacionistas.

Pero lo más inquietante es que el conflicto no parece cerca de resolverse. Las declaraciones del presidente estadounidense, Donald Trump, exigiendo la “rendición incondicional” de Irán como condición para cualquier acuerdo, han enfriado las expectativas de una rápida desescalada. En los mercados energéticos, el tiempo es el factor que convierte una tensión en una crisis.

El estrecho de Ormuz: el cuello de botella de la energía mundial

El estrecho de Ormuz funciona como una auténtica válvula de la economía global. Cada día pasan por sus aguas millones de barriles de petróleo y enormes volúmenes de gas natural licuado destinados a Asia, Europa y otros mercados. Cuando ese flujo se ralentiza, todo el sistema energético mundial se tensiona.

El bloqueo parcial de la zona ya ha provocado un atasco de petroleros y la paralización de parte de la producción en países del golfo Pérsico. Algunos productores empiezan a enfrentarse a un problema inesperado: sin capacidad para exportar, el petróleo se acumula en los depósitos y obliga a reducir la extracción.

El resultado es una tormenta perfecta para los precios. Los analistas no descartan que el petróleo vuelva a superar los 100 dólares por barril si el conflicto se prolonga, e incluso algunos escenarios extremos apuntan a niveles de entre 120 y 130 dólares.

Inflación, hipotecas y crecimiento: el impacto económico

Las crisis energéticas rara vez se quedan en el sector de la energía. El encarecimiento del petróleo y el gas se filtra rápidamente al resto de la economía, impulsando la inflación y reduciendo el poder adquisitivo de los consumidores.

Cada subida del crudo termina trasladándose al precio de los carburantes, al transporte y a la producción industrial. Eso presiona al alza los precios en prácticamente todos los sectores, desde los alimentos hasta los bienes de consumo. El resultado es un golpe directo al bolsillo de los hogares.

Además, los bancos centrales reaccionan a estos repuntes inflacionistas endureciendo las condiciones financieras. Por eso el euríbor ya empieza a repuntar ante el temor de que la inflación vuelva a acelerarse. Si el conflicto se prolonga, las hipotecas y los créditos podrían encarecerse de nuevo.

España, menos dependiente pero no inmune

En términos de suministro, España tiene cierta ventaja frente a otros países europeos. La dependencia directa del petróleo y el gas procedente del golfo Pérsico es relativamente limitada. Gran parte del gas llega desde Argelia, Estados Unidos o Rusia.

Sin embargo, en los mercados energéticos globales el precio es el mismo para todos. Aunque el suministro físico no se interrumpa, el encarecimiento internacional termina trasladándose a los consumidores.

A eso se suma un efecto indirecto cada vez más relevante: la competencia global por la energía. Si las economías asiáticas, especialmente China, empiezan a buscar suministros alternativos fuera del golfo Pérsico, la presión sobre los proveedores de Europa podría dispararse.

La invasión rusa de Ucrania desencadenó hace cuatro años la mayor crisis energética en décadas. El gas europeo alcanzó precios récord y la inflación se disparó hasta niveles no vistos en medio siglo. @mundiario

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