Alcoa como fracaso del modelo industrial de una época
Xulio Ferreiro estableció como prioridad conformar un frente institucional en la defensa de los puestos de trabajo de Alcoa. Está en el filo de la navaja el futuro de más de 400 familias y de los trabajadores de sus industrias auxiliares.
Alcoa demuestra la ineficacia de las políticas públicas de las últimas décadas en materia de empleo y creación de tejido industrial en Galicia. Aunque lo que debe ocupar hoy por hoy a las administraciones tiene que ser la defensa de los puestos de trabajo directos e indirectos en la ciudad de A Coruña, no podemos obviar cuáles fueron las políticas públicas desenvueltas en este campo.
Lo que vivimos es consecuencia de una política de privatización de las empresas públicas. Una política iniciada por el gobierno de Felipe González que fue continuada por José Maria Aznar, quien vendió la compañía en 1998 por 337 millones de euros. Cantidad que recuperarían con beneficios en pocos años: entre 1998 y 2011 la empresa obtuvo 1.400 millones de euros, e incluso cuando disminuyó sus estimaciones en el año 2017 estos fueron de 200 millones de euros.
Este no fue el único sector atravesado por esta dinámica. Sorprende que el foco se ponga en el precio de la luz industrial –mucho más barata que la que tenemos en cualquier hogar– y que se olvide que tenemos una de las facturas más caras de Europa después de la privatización de este y de otros sectores estratégicos. Tal vez tiene algo que ver la puerta giratoria que va de los ministerios a los consejos de administración de las eléctricas.
Alcoa recibió una línea de subvenciones que superaron los 1.000 millones de euros de dinero público en los últimos años. Esta inversión pública no estaba vinculado a la mejora tecnológica, elemento que hoy ayudaría la que la compañía estuviera en disposición de competir con el emergente mercado asiático y con la política arancelaria de Donald Trump.
En lo que tiene que ver con el modelo productivo de Galicia, las diferentes reconversiones industriales –iniciadas en el mandato del recientemente fallecido Xerardo Fernández Albor– supusieron la puesta en marcha de un modelo de explotación de recursos en el que no se hacían inversiones en la transformación de las materias primas. Un modelo que no está pensado para el desarrollo autocentrado del país, si no para preservar la dependencia y determinadas lógicas de subdesarrollo.
Y todo esto en un Estado que renunciaba a defender la soberanía delante de un capitalismo global cada vez más depredador, que ponen por delante del bienestar de la gente a la cuenta de resultados. Un neoliberalismo salvaje que, lejos de un modelo ideal de libre mercado, se apropia de lo público para socializar pérdidas y privatizar las ganancias.
Lo urgente hoy está en el mantenimiento de los puestos de trabajo en la factoría de A Coruña. Y lo importante: impugnar un modelo productivo de depredación para Galicia, en el que los beneficios de unas pocas multinacionales están por encima de la preservación del medio natural y del territorio, del bienestar de las personas que viven y trabajan en Galicia. @mundiario