El Valencia de Peter Lim no compite, solo sobrevive
Lo que debía ser una noche de Copa especial terminó en una humillación. La afición del Valencia, fiel como siempre, llenó Mestalla y soñó con una gesta que nunca llegó. En apenas dos minutos, el Barcelona acabó con la ilusión y en veinte, el partido ya estaba sentenciado. Las bengalas y cánticos previos quedaron en un triste eco de lo que fue un club grande y hoy es una institución sin alma y, por consiguiente, un primer equipo que vive al borde del colapso.
La gestión de Peter Lim ha reducido al Valencia a un mero trámite en competiciones que antes disputaba con grandeza. La Copa del Rey, que tantas alegrías regaló en tiempos recientes con Gaizka Mendieta o David Villa como protagonistas, ahora se siente como un compromiso incómodo, una obligación sin esperanza. No hay proyecto, no hay ambición y, lo peor, no hay respuesta a los problemas que llevan años hundiendo al equipo. La grada alienta, pero los que mandan han vaciado al club de su esencia.
Carlos Corberán, con su discurso de estudio y preparación, ha demostrado que de poco sirven las palabras cuando no hay respaldo desde los despachos y en el campo. Prometió aprender de la debacle en Montjuic, pero su Valencia repitió exactamente los mismos errores que terminaron con otro despropósito en forma de una descomunal goleada en contra. El Barcelona de Flick ni se despeinó, ya que simplemente se encontró con un rival que no sabe cómo competir. Mientras tanto, la directiva sigue mirando hacia otro lado.
El lleno en Mestalla fue un espejismo, un recordatorio de que la afición sigue ahí, pero también de que solo puede disfrutar de las previas. Porque cuando el balón rueda, la realidad golpea con fuerza: el equipo no está a la altura y el proyecto de Lim es un insulto al escudo. Lo que debería ser una fiesta terminó en decepción, y la gente, harta de la mediocridad, se marchó antes del final. Otro golpe, otro capítulo de la decadencia.
Mientras Peter Lim siga al mando, el Valencia seguirá siendo un club en ruinas, que al final podría terminar con sus huesos en la Segunda División. No importa quién se siente en el banquillo ni cuántas veces la afición llene el estadio, a este ritmo el club se encamina a un desastre con tintes dramáticos. @mundiario


