Riazor se viste de gala mientras el Deportivo busca algo más que espectáculo
El partido ante el Racing llega en un momento clave de la temporada, entre la ilusión del ascenso y las dudas sobre el rumbo deportivo.
Riazor volverá a ser este domingo un escenario con vocación de gran noche. El Deportivo de La Coruña ha decidido rodear de un clima especial el partido frente al Racing, un choque de altos vuelos en Segunda División entre dos equipos que comparten objetivo y ambición: regresar cuanto antes a la élite del fútbol español. El contexto clasificatorio invita al optimismo. Los cántabros llegan como líderes, con 41 puntos, y los coruñeses, cuartos con 37, se mantienen a una distancia lo suficientemente corta como para convertir el duelo en algo más que una jornada ordinaria.
El club blanquiazul ha entendido que el momento exige algo más que fútbol. Tras cinco partidos sin ganar, la victoria en Almería supuso un alivio y un punto de inflexión emocional. No solo por los tres puntos, sino por la sensación de haber recuperado una versión competitiva que parecía extraviada. Ese impulso anímico es el que ahora se quiere trasladar a la grada, consciente la entidad de que Riazor ha sido históricamente un aliado decisivo en las grandes noches.
La respuesta del club ha sido una cuidada escenografía previa al encuentro. Actuaciones de danza, participación de niños sobre el césped, un mosaico, un espectáculo de luces y música en directo buscan convertir la espera en un acto de comunión colectiva. Incluso el descanso tendrá un marcado acento local con la actuación de Tino Martín Llanes, tercer clasificado en la última edición de Operación Triunfo, acompañado por un DJ en los prolegómenos y una sorpresa aún sin desvelar.
El Deportivo convierte el duelo ante el líder en una cita marcada por el ambiente y la puesta en escena. La fiesta en la grada contrasta con la lentitud en decisiones clave fuera del césped
Todo ello refuerza la idea de que el Deportivo quiere que el partido se juegue mucho antes del pitido inicial. El fútbol moderno ha asumido que la experiencia del aficionado no se limita a los noventa minutos, y en ese terreno el club parece moverse con soltura. Riazor como espectáculo, como ritual colectivo, como recordatorio de que la ciudad sigue creyendo en su equipo.
Sin embargo, la otra cara de la moneda también está presente. Mientras se afinan los detalles para la noche del domingo, la planificación deportiva continúa generando interrogantes. El caso de Riki, ya comprometido para la próxima temporada pero aún sin una salida clara de su actual club, se ha convertido en un símbolo de cierta parsimonia en los despachos. Da la sensación de que organizar un gran evento resulta, a veces, más sencillo que cerrar operaciones clave con la agilidad que exige una lucha por el ascenso.
En el equipo de Hidalgo se echa de menos un central con autoridad en el área y un mediocentro creativo
No se trata de restar valor a la iniciativa ni de despreciar la importancia del ambiente. Al contrario: en una categoría tan igualada como la Segunda División, el empuje de la grada puede marcar diferencias reales. Pero el riesgo está en que el envoltorio acabe ocultando debates de fondo sobre el proyecto, la profundidad de la plantilla o la capacidad de anticiparse a los movimientos del mercado. En el equipo de Hidalgo se echa de menos un central con autoridad en el área y un mediocentro creativo.
El partido ante el Racing servirá, en cualquier caso, como termómetro. Una victoria reforzaría la idea de que el Deportivo ha entrado en la fase decisiva de la temporada con convicción y argumentos. Un tropiezo, pese a la fiesta, devolvería el foco a las carencias estructurales y a la necesidad de algo más que noches especiales para sostener un discurso de ascenso.
Riazor se iluminará, la grada empujará y el fútbol hará el resto. La incógnita es si, cuando se apaguen las luces y se retiren las banderas, el Deportivo habrá avanzado también en lo verdaderamente importante: convertir la ilusión en un proyecto sólido y duradero. @mundiario