'Mamá, hoy voy a ser yo el que te lleve al rally, toca día de carreras en familia'

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La desgracia tiñe Galicia de luto.

Tras catorce años de ausencia de carreras en A Coruña, el memorial Eulalio Mora era una buena excusa para recordar viejos tiempos con mi madre, hasta que llegó la desgracia.

'Mamá, hoy voy a ser yo el que te lleve al rally, toca día de carreras en familia'

Tras catorce años de ausencia de carreras en A Coruña, el memorial Eulalio Mora era una buena excusa para recordar viejos tiempos con mi madre, hasta que llegó la desgracia.

 

Hacía catorce años que en la comarca no había un rally, tantos que algunos ya casi se habían olvidado. Eran tiempos de Puras, Climent, Monzón…  una época en la que, sin carnet de conducir, la única opción disponible era despertar a mamá. Y como el amor de madre no tiene límite, allá nos íbamos cargados de bocatas a Aranga, Ferreira, Castelo… Una época en la que el GPS no existía y la única opción era tirar de mapas y explicaciones, una aventura en la que a veces lo más divertido era encontrar el tramo tras perderse seis o siete veces.

Con todas esas aventuras en el recuerdo, ahora sería yo el que llevaría a mi madre de rallys, por los viejos tiempos. Esta vez sin perdernos, entre el GPS y el Google Maps, esas cosas casi no pasan. Y además sin madrugar, ya que el primer tramo empezaba a las dos de la tarde.

Viejos recuerdos

Así acudimos a la primera pasada del primer tramo, la única que suele permitirte ver pasar a todos. Y volvieron los recuerdos, buscar carreteras, sitio donde aparcar, caminar por el tramo hasta encontrar una buena zona. Y los coches, ese sonido que te adelanta su llegada, la velocidad, y las sensaciones.

Tras esa pasada y visto que teníamos tiempo decidimos ir al tramo de Carral, a un lugar que ya conocíamos de los noventa y donde esperábamos encontrarnos con los que se animasen a última hora. Con un acceso relativamente sencillo, aparcamos cerca de un cementerio a unos centenares de metros del tramo. Llegamos pronto, aún no había terminado la primera pasada. Así que nos tocó esperar tras la gente, con la esperanza de buscar una mejor ubicación en la pausa entre pasadas, sobre todo porque había que merendar.  

La merienda

Al finalizar la primera pasada decidimos movernos, la curva era atractiva, una horquilla a izquierdas tras una fuerte bajada en una carretera muy ancha, donde el freno de mano era el protagonista. Sin embargo las que parecían mejores zonas en la curva seguían ocupadas, por lo que decidimos subir la cuesta. En el lado derecho de la bajada, había una buena zona de árboles, a la que para llegar había que subir un talud de más de un metro, una zona que en principio parecía segura. Así fuimos ascendiendo hasta más de la mitad de la recta para encontrar un buen lugar sombreado en el que incluso podíamos sentarnos mientras comíamos.

Una vez localizado un buen lugar, tocaba explorar lo que había antes, una curva de derechas bastante rápida que desembocaba en la pequeña recta anterior a la horquilla. Ya situados y tras la merienda, comenzaba la segunda pasada.

La tragedia

Con la llegada de los participantes volvía la ilusión y el espectáculo, ya no importaban ni las caminatas, ni las horas que llevábamos de pie. En nuestro lugar veíamos las evoluciones de los pilotos, con alguna frenética dosis de freno de mano en la horquilla, hasta que llegó la tragedia. El Peugeot salía deslizando el eje trasero en la curva de derechas, mientras su piloto luchaba por hacerse con el control. Cuando parecía que lo había logrado, la rueda delantera derecha se metía en la cuneta, una profundísima zanja de más de medio metro, de la que no lograría salir. A partir de ahí mis recuerdos van a cámara lenta, el coche iba a toda velocidad por la zanja con los frenos a tope y apoyado en el talud, pasando, por debajo, a escasos centímetros de nuestra posición. Hasta que repentinamente se tropezaba con la base de un árbol que lo catapultaba hacia fuera de la carretera y sobre el público.

Polvo, mucho polvo, y sobre todo gritos, carreras y miradas de estupor. Unos en dirección al accidente, tratando de ayudar a los heridos, otros corríamos hacia la curva anterior para detener a los competidores que venían detrás, tratando de evitar un mal mayor. Todos conscientes de que la desgracia se había posado en ese tramo. No voy a describir lo que vimos allí abajo, creo que es totalmente innecesario y cualquiera puede imaginárselo.

Poco a poco fueron llegando ambulancias, médicos, guardias civiles, y poco a poco también empezábamos a ser conscientes de la magnitud del accidente. Algunos dirán que tardaron mucho en llegar, sinceramente no sabría que decir, en ese momento cada segundo que pasa te parece una eternidad y la impotencia de no saber hacer más, te devora. Al mismo tiempo la ansiedad se apoderaba de todos tratando de localizar a conocidos que habíamos visto al pasar. Poco después eran nuestros conocidos los que se preocupaban por nosotros, y los teléfonos no dejaban de sonar. Lo siento, no era momento de atender a nadie. Mientras tanto la gente deambulaba de lado a lado, sin saber qué hacer ni qué decir, intentando ayudar, y sobre todo no molestar a los que lo estaban haciendo. Y eso implicaba quedarse quietos y no mover los coches para no colapsar los accesos. Las ambulancias empezaban a abandonar la zona hacia los hospitales, y poco a poco los aficionados desalojábamos el lugar, con un nudo en el estómago y las lágrimas en los ojos.

El silencio

El retorno a casa fue duro, el silencio en el coche era permanente, la radio, apagada. De vez en cuando algún comentario sobre lo sucedido y la amargura de lo vivido. No hay palabras que puedan expresar lo que vimos y vivimos. Nada podrá quitarnos la sensación de que pudo habernos pasado a nosotros ni el desconsuelo por las víctimas. Tiempo habrá para que el sensacionalismo de algunos explote la tragedia hasta límites insospechados: ese partido no pienso jugarlo.

Por mi parte y la de mi madre sólo deseamos que los heridos se recuperen lo más pronto posible. Desde esta columna de MUNDIARIO, nuestro más sentido pésame a los familiares de los fallecidos. Unas personas que, como nosotros, sólo aspiraban a pasar un bonito día de carreras en familia.

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