Antonio Hidalgo y los problemas del Dépor en Riazor: ¿vivimos un déjà vu?
El Deportivo vuelve a mirar a Riazor con cierta desconfianza. La memoria reciente trae consigo los días de Imanol Idiakez y Óscar Gilsanz, cuando los resultados en casa fueron más propios de un equipo destinado al sufrimiento que de un aspirante a crecer. La pasada temporada, los números como local dibujaron un panorama sombrío, casi de condena, y todo hacía pensar que esos fantasmas habían quedado atrás.
Pero el hechizo se rompió el 23 de noviembre ante el Ceuta. Desde entonces, Riazor ha dejado de empujar y ha pasado a restar. Han pasado más de dos meses sin celebrar un triunfo liguero en casa, justo cuando el equipo ha perdido el liderato y ha visto cómo la ventaja sobre el séptimo se ha evaporado. La derrota ante el Racing confirmó el frenazo.
Los números son elocuentes y preocupantes. Solo un punto de los últimos doce en casa, con derrotas duras y una sensación de impotencia persistente. Ni siquiera el Dépor más frágil del pasado curso encadenó una racha tan negativa en Riazor. Hoy, el equipo es duodécimo como local y eso pesa como una losa.
La paradoja es evidente. Lejos de A Coruña, el Dépor es el mejor visitante de la categoría. Suma 21 puntos fuera y sostiene su candidatura gracias a esa fiabilidad viajera. Pero un aspirante al ascenso no puede permitirse sangrar en su estadio. En 32 partidos en Segunda desde el regreso, solo diez victorias en Riazor explican el problema.
El ascenso pasa por casa
Antonio Hidalgo insiste en que la reacción pasa por recuperar la competitividad y reforzar la solidez defensiva. El equipo concede menos, muestra mayor carácter y compite con más orden, pero tropieza en el lugar donde todo se define: las áreas. Ahí, donde se ganan y se pierden partidos, el Dépor sigue sin encontrar la contundencia necesaria.
Riazor, por su parte, responde con pasión. El ambiente acompaña, la afición empuja y mantiene la fe, pero las victorias se resisten. La sensación es inquietante: como si los seguidores más fieles estuvieran atrapados en un déjà vu, reviviendo los tiempos de Idiakez y Gilsanz, cuando las promesas de cambio se diluían en la frustración de cada jornada.
Sin reconciliarse con su propio estadio, el sueño del ascenso se tambalea. La fortaleza en casa, que debería ser el pilar de cualquier aspiración, se convierte en la gran deuda pendiente. Y mientras esa herida no cicatrice, el riesgo de que la ilusión se desvanezca es demasiado real. @mundiario