La versatilidad del sentimentalismo en un poemario de Marisa López Soria

Escribe la autora de La mujer que se avino: "qué precioso está el huerto donde buscas atolondrada, y como si nada tu flor de olvido".
La mujer que se avino./ Difácil
La mujer que se avino./ Difácil

La mujer que se avino (Difácil) demuestra una capacidad creativa basada en la versatilidad, pues la escritura sobre el otro arraiga en dos vertientes formales antagónicas: un enfoque rupturista y de máxima tensión sintáctica al que Marisa somete el poema contrasta con una perspectiva de producción textual basada en lo neorromántico y con ciertas reminiscencias al Modernismo.

En la Primera parte del poemario, "Cuerpo cósmico", la poesía entronca directamente con una visión poliédrica de los referentes que inspiran sentimientos encontrados en la propia autora: desde los desencuentros con el otro hasta una celebración jubilosa de las pequeñas cosas con las que, sin embargo, se construye el tedio: "Como quien dice cenar/ así me di a tus amargos y a tus gérmenes/ así te diste tú a mis bacterias y mis ácidos/ feliz intercambio de iones con vivez". (pág. 25) / "la suerte de mis mañanas/ las lentejas    la familia edificada/ de improviso una sorpresa    el trofeo, el entusiasmo/ perspicacias, chifladuras, agudezas/ el gentío que me habita". (pág. 31).

La ironía y una tendencia manifiesta a romper el orden lógico de los sintagmas justifican que la lengua en los versos de esta parte establecen una concepción metapoética de lo que significa crear. Crear en el mundo y para el mundo. Crear un lenguaje propio donde las experiencias se diluyen en una clase de caos consentido para que lo rutinario deje de serlo: "¿Cómo me localizaste con la luz tan apagada?/ Procede decir que actué como el átomo/ y en tus pupilas, ave del paraíso" (pág. 37) / "Él, sin anillo ni grabada la fecha, esposada me tiene/ con hilos invisibles y con un secreto/ que solo es nuestro". (pág. 43).

Vivir la cotidianeidad no es exasperante cuando se convierte en el vórtice de una experiencia próxima a paradojas lingüísticas. Lo evidente es también un hallazgo, una comprobación de que la realidad no es fija, como tampoco lo es su percepción. Y, más allá de su percepción, el lenguaje poético elabora su propio mundo, una ramificación que se extiende hacia los derroteros del sueño y el asombro: "hay días que el corazón estalla en la street/ no rige la cabeza, detona, reactiva a mil por hora" (pág. 34). Todo parece antitético, contradictorio, porque los matices son ecosistemas propios.

El fragmento, la esquirla y el sesgo de todo aquello que se nombra desemboca en la extrañeza de un escenario en el que las cosas del comer han dejado de ser previsibles para convertirse en inquietantes, cuya extrañeza se debe al efecto que provocan los encabalgamientos abruptos, las elipsis y una recurrencia significativa a las vanguardias como material significante con el que reconstruir un mundo que no siempre ha de responder al materialismo o a la racionalidad: "No soy yo la venenosa./ (Recuerdo traigo de golpes, zarpas, sangre, salpicaduras.)". (pág. 17). Porque Marisa indaga en las posibilidades lingüísticas del idioma para asegurar que lo multifacético y la fractalidad no son ajenos a lo poético, sino que surgen ahí, en esa intermediación entre lo que se vive y aquello que aleja a quien escribe de cualquier automatismo, de toda inercia que produce el tiempo previsto para las tareas programadas, para las escaletas de nuestras citas, encuentros y compromisos.

El ansia de ruptura no es compatible con el maniqueísmo de una realidad sometida a los excesos del consumismo y su mercadotecnia. El amor ahí sobrevive como mejor puede. La poesía de esta primera parte es una demostración rotunda de que hay todavía espacios en los que la libertad creativa se resiste a asumir la experiencia vivida como un mero acontecimiento vacuo, anticipado y lastrado por la frecuencia de uso: "Hay días plenos de magia y es bien ir hablando sola/ boba felicidad al corear/ bodoque, nube, apio, insecto, vela, estrella/ y aceituna". (pág. 34).

Frente a esta declaración de intenciones, la segunda parte del poemario, "Hojas de limón en el jardín del loto", acude a la depuración formal, a un lenguaje contenido en el que las metáforas se adscriben a una tradición interiorizada. La madre, sus costumbres, el carácter o el paisaje que la envuelve son algunas de esas propiedades que redefinen el pasado donde la dicha y lo elegiaco se funden para reivindicar el valor del tiempo experimentado; un valor que solamente es relevante a través del lenguaje, porque es donde se queda con su aire de renovación y también de imperfección: "Tendremos que hacer algo./ Amar, amar    morir de empacho amando/ mezclar los ápices, los cuerpos, los afectos" (pág. 71).

La ternura del poema no es la ternura de la madre, pero el lenguaje poético hace que se vivifique con otra euforia, con un sentimentalismo que se ata a la nostalgia, a una nostalgia que mira hacia atrás con la resignación de que nada es recuperable, pero si perdurable cuando la emoción del recuerdo atraviesa los significantes que reinventan el tono vivaz y enérgico de la madre como símbolo de Gea, de la tierra en barbecho donde arraiga y arranca todo, de un fin en sí mismo porque carnalidad y escritura ya son una misma cosa, una misma intención tan inútil como hipnótica: "Si el hueco de tu cuerpo no me recoge/ si el terciopelo de tu mirada un lugar en el mundo/ no me concede/ dime, madre, ¿qué seré yo?". (pág. 73). Persistir en el sueño antes que claudicar ante una realidad demasiado severa, a veces demasiado sincera y monótona. Ser nosotras, vivas de genio, confundiéndose en la espesura del lenguaje, de un bosque dentro del bosque. @mundiario

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