Sobre La vegetariana, de la nueva premio Nobel Han Kang

Portada de La vegetariana y retrato de su autora, Han Kang.
Bienvenido sea este Nobel que nos va a permitir conocer a muchos la prometedora obra de Han Kang.

La concesión de los premios Nobel de literatura suele conllevar cierta controversia. Nos decepcionan si se conceden a autores desconocidos, en especial si pertenecen a culturas no occidentales, dejando de lado a los que considerábamos como favoritos. Creemos menos en la posibilidad del descubrimiento de un genio cuando sospechamos que en ese galardón puedan pesar más los motivos políticos que los estrictamente literarios. En ese sentido, parece más fiable el Premio Cervantes, aunque también haya un forzado equilibrio, la habitual alternancia entre autores españoles y latinoamericanos.

Se supone que un premio como el Nobel debería servir para aumentar exponencialmente el conocimiento de un escritor extraordinario, pero no siempre ha sido así (no creo que haya vendido mucho el tanzano Abdulrazak Gurnah, que obtuvo ese laurel en 2021). Está claro que nos gustan más los autores de culturas afines y eso sucede en parte con la ganadora de este año, la coreana Han Kang. Corea del Sur, como país oriental que es, tiene sus exóticas particularidades, pero a la vez su sociedad está muy occidentalizada. Lo conocemos por su neoliberalismo extremo que parece impulsado por el afán de extremar el antagonismo con respecto a su vecino de Corea del Norte. El ritmo de suicidios en ese país es de los más elevados del mundo por la presión que, sobre todo, padecen los jóvenes.

Hoy conocemos la sociedad de los países orientales fundamentalmente a través del cine. La coreana la he visto plasmada en las películas de Kim Ki Duk, un autor que me entusiasmó en la primera década de este siglo, aunque parece que luego ha ido perdiendo fuerza. Pero ahí tenemos grandes logros como la oscarizada Parásitos, de Bong Joon-ho; y hay otros directores importantes, como Park Chang-wook, Lee Chang-Dong o Hong Sang-soo.

Pese al afán de occidentalización del que hablaba antes, en esa sociedad se mantienen algunos rasgos propios que se recogen en sus obras artísticas, como una cierta contención en la expresión de las emociones, una distante y cauta relación entre sus habitantes, una tristeza recurrente y una atracción por el misterio y lo sobrenatural. Un poco de todo eso hay en La Vegetariana, novela publicada originalmente en 2007, y que ha tardado en llegar al resto del mundo. Ahora, con la concesión del Nobel a su autora, Han Kang, va a ser leída por muchos nuevos miles de lectores.

Me habían avisado de que esta novela resultaba muy dura, y en verdad lo es. La vegetariana tiene poco más de cien páginas a las que no les falta ni sobra nada. Al principio, leyéndola, no he podido evitar juzgarla rigurosamente, exigirle una calidad suprema que justificase tan alta distinción para una autora que aún no ha alcanzado la edad provecta que la mayoría de las veces se le exige a los premiados y que ya tienen algunos insignes escritores que corren el riesgo de morir como lo han hecho otros fundamentales, sin el preciado reconocimiento. En principio, he de decir que me pareció una buena novela, pero no excepcional, en nada superior a algunos autores actuales que admiro y a muchos más que seguro que desconozco. Sin embargo, luego fui comprobando que el relato ganaba con la adición de cada nuevo elemento; y que la novela, por el contrario a otras, en su avance no caía en la redundancia sino que crecía exponencialmente.

Es este un relato cambiante que podríamos dividir en tres fases principales, dentro de cada una de las cuales se utiliza asimismo una estructura fragmentaria, en la que se alterna el tiempo presente y el pasado, pero en la que domina transversalmente un ritmo pausado, la frase corta, la claridad expositiva, el tono contemplativo ante la cruda visión que no se obvia, pero en la que se incide de forma −en lo posible− delicada. Respiramos en ella una atmósfera gélida, grisácea, de sentimientos suspendidos. Una trama que avanza abriéndose hacia su agravamiento.  

La primera parte está narrada por el marido de una protagonista, Yeonghye, a la que vamos a conocer sin apenas necesidad de oír su voz, salvo en unas pocas frases defensivas y en el relato de sus trascendentales sueños. Ese hombre dice haber seleccionado a su esposa por ser representativa de la mujer más corriente. Pero, de pronto, esa joven tan previsible, tan manejable, tiene un sueño y, a partir de ahí, se convierte en una irredimible vegetariana. Ahora huye de todo lo que haya supuesto violencia contra los animales. Tira a la basura, no solo la carne del frigorífico, sino también los zapatos de piel. Ello conlleva un choque con una sociedad muy cerrada. El marido lo padece en primer plano y, finalmente, cuando su estado se agrave, decidirá divorciarse.

El final de esa primera parte consiste en el forzamiento por parte del padre a su hija para que esta coma carne. Esta reacciona agrediéndose a sí misma con un cuchillo en su muñeca, en lo que parece un intento de suicidio. Como consecuencia de ello, es internada en un sanatorio mental durante un tiempo. En la segunda parte, el narrador toma la perspectiva del cuñado de la protagonista, el marido de su hermana, alguien ocioso profesionalmente, al que no se le ve muy unido a su mujer ni a su hijo, y que se dedica al videoarte. Este hombre sin escrúpulos se obsesionará con poseer a Yeonghye, pintándole el cuerpo y grabando el acto sexual con otro hombre y después con él mismo. Esta fase de la historia se convierte en un detallado relato erótico sobre el que planea una violencia que no es visible, porque ella extrañamente, como hipnotizada desde su debilidad mental, accede a toda la manipulación que el cuñado le propone. Tenemos aquí una segunda denuncia del egoísmo, de la impiedad, del abuso de una persona enferma.

En la tercera parte, el narrador se sitúa bajo la perspectiva de la hermana, la única persona que intenta comprender a Yeonghye, aunque no lo consiga. De hecho, esta ya se ha abandonado de tal manera que se niega a comer, y parece ir en busca de su aniquilación como ser humano, tal vez esperando convertirse en un árbol de los que aparecen en su sueños. La dureza de la narración aquí se intensifica en la descripción minuciosa de todo el proceso de acción médica en un hospital psiquiátrico, el forzamiento brutal para que ella coma, para hacer vivir contra su voluntad a ese ser que ya solo pesa treinta kilos.

La deferencia que tiene la autora con el lector en cuanto al desarrollo de una prosa nítida, eficaz, creciente en contenido, en el manejo de unos personajes que aparecen y desaparecen, que nunca sobran o faltan, no impide que se exprese sin tapujos, con doloroso detalle, el deterioro de la protagonista, su dejación vital, la huida de una normalidad que se le presenta absurda e insoportable, posición que casi comprendemos cuando se nos ha hablado de la insensibilidad o de la impotencia de quienes la acompañan. Bienvenido sea este Nobel que nos va a permitir conocer a muchos la prometedora obra de Han Kang. @mundiario