El temor a la pérdida en Todavía una noche, de Aroa Moreno Durán
"(...) nunca he forzado a la poesía.", escribe Aroa Moreno en su prólogo.
Nadie puede reprocharle nada a quien pierde. Pero sucede demasiadas veces que el duelo emocional tras la ausencia de alguien perdura demasiado, azota y hiere, y no hay otra manera de sobrevivir con el daño que lastrándolo o haciendo lo que Aroa Moreno; hacer de la escritura una purga personal, un desafío contra esa corriente convulsa que arrastra y desgaja: "Yo descubro algo rojo/ atado a mi sandalia,/ algo sucio y hermoso/ como la vida". (pág. 33).
Porque la propia autora confiesa en su prólogo que muchos de sus poemas se deben a un niño no nacido y a una enfermedad que padeció su madre; "Material biológico" y "La lesión", respectivamente. Si algo caracteriza este poemario es su compromiso con la sinceridad y la desnudez de quien ha aprendido que los reveses significan todo, que solo podemos ser humanos en la fricción, en la biografía que no oculta las muescas ni las heridas del paso por lo vivido: "Tengo un desamor de carne./ Un futuro ha explotado/ y más adentro/ nada más que silencio/ y las tierras del aire". (pág. 45). Pero lo mejor es esa simbiosis entre integridad y recursos de estilo, donde Aroa Moreno es hábil por una eficiente fusión de algunas creadoras norteamericanas y los autores del 27 que encuentran en la nostalgia una reivindicación de su ser, de ese ser en la fricción, donde nadie es inmune a la pragmática del trauma. Hay una simbología explícita que recuerda a Plath y a Sexton, y un estoicismo subyacente donde el recuerdo y la afección se expresan con mesura, sin grandilocuencia: "Aquel salón. Tequila y madreselva./ La ventana/ sin más horizonte que el que soltaban los pájaros. Pero odiamos su verde resecándose" (pág. 37). Y así transcurren estas dos partes del poemario, en el que la enfermedad se cronifica como la pérdida del hijo no nacido. Y es donde Aroa destaca por buscar, lejos del sentimentalismo, un lenguaje donde el hermetismo sin ser rotundo obliga a que los cierres del poema sean súbitos e inapelables, como ha de ser en una poética en la que el artificio apenas se nota. Hasta parece que no exista: "Yo no he perdido casi nada/ todavía:/ solo llevo algunos dardos en la diana de la memoria./ Y saber que jamás volveré a ser valiente" (pág. 56).
Sin abandonar esa sensación de tenencia del daño, como una extensión misma de su cuerpo, una tercera parte titulada "La noche polar" explica que lo emocional no solo pertenece a la impronta física, sino que cala, además, con la soledad que conlleva una ruptura; el desasosiego se trama en la quietud, aunque parezca una paradoja. Así, la narrativa de estos poemas explora paisajes reales e imaginarios, geografías que describen metáforas de una convivencia fugaz y condenada al exilio de ella sin los excesos del odio o del rencor. Se trata de una historia, con sus ciudades, sus cafeterías y sus hoteles, sin ninguna intención de hallar consuelo o de comprender el poema como un fármaco, tal y como sucedía en las otras partes del poemario: "Ha reconocido el vasto territorio de los nómadas. /Allí hay una piscina, le ha dicho la madre, señalando por la ventana, /como si nunca el desvelo o la esperanza, como si nunca el temblor o la alegría, (...)" (pág. 93). Aquí se trata de una historia que nace y se interrumpe demasiadas veces antes de extinguirse: "Tampoco se escucha la música nórdica/ que yo no soportaba/ y metí en mis libros/ para pedirle perdón por escribir de nosotros sin permiso". Son páginas inconclusas de un diario, retazos de una ficción que tiene mucho de biografía y que se retroalimenta con cada poema hasta el último verso de este libro: " por mí y por todas mis compañeras". En Todavía una noche, hay esa cosa que busco últimamente en la poesía, y que es el reposo, pese a la gravedad de los asuntos que lo inspiran, el reposo del poema trabajado, meditado y que persigue obsesivamente el equilibrio y que no niega la realidad y que no rinde tributo a nada que no sea la verdad de la vida: los adioses y la incertidumbre. @mundiario