Tatuajes, piercings y…¡punk!

Green Day. / clashmusic.com
Green Day. / Flickr.
Desde la música de los legendarios The Ramones y Sex Pistols hasta la de Green Day y Blink-182 se dieron los 30 años más fascinantes de un movimiento musical que abrigó connotaciones e ideales políticos y sociales.
Tatuajes, piercings y…¡punk!

He estado recordando mis épocas de adolescente. Los años que van de 2008 a 2012, más o menos. Son imágenes que vienen a la memoria de manera muy ordenada gracias a la música. Cada recuerdo almacenado está indefectiblemente asociado a alguna melodía o alguna lírica. Últimamente, mientras escribo o trabajo, he estado escuchando solo Green Day y, de rato en rato, Blink-182. Nostalgias acumuladas: los piercings en ambas orejas, el tatuaje que me hice a espaldas de mis padres, la guitarra eléctrica que me compré el 2009 con todos mis ahorros, el peinado que me valió una expulsión de tres días del colegio La Salle y, para ponerle la cereza a la torta, mi guitarra a todo volumen haciendo temblar los vidrios de mi habitación. ¡Gloriosa adolescencia!

La música estuvo en mí desde que, literalmente, tengo uso de razón. Mi primer juguete fue una radio de plástico. Luego tuve un teclado y más tarde, a los cinco años probablemente, mi padre me hizo conocer a Mozart en el tocadiscos de la casa. Y si bien no recibí ninguna formación académica musical hasta 2019 (año en que pude hacer un curso corto de piano clásico en el Conservatorio), la música estuvo siempre en mi existencia.

Una de las épocas más gloriosas fue la adolescencia, no por otro motivo que el género de música que descubrí en aquel tiempo, hace algo más de una década. Por entonces Green Day había lanzado su último disco: 21st Century Breakdown (2009), el último verdaderamente memorable y, al menos para mí, el mejor de todos los que lanzó la ya legendaria banda de rock estadounidense. Recuerdo que, junto con algún compañero de mi curso, escuchaba sus piezas en las horas de clase. 21 guns, Know your enemy, Last of the american girls y 21st Century breakdown, esta última canción homónima del álbum, se convirtieron en verdaderos himnos de aquellos años de rebeldía y delineador en los ojos. Una compilación de canciones profundas con un estilo romántico y operístico. Verdadera poesía punk.

Pero antes de esos años, en 2005, ya había descubierto el álbum American Idiot, particularmente el concierto monstruoso, memorable y solemne que dio la banda en el Milton Keynes National Bowl de Inglaterra, frente a una marea humana de más de 130.000 almas. Uno de los mayores conciertos de la historia del rock y definitivamente el mayor del punk. Con base en aquella presentación se grabó Bullet in a Bible, un documental en DVD que incluye el recital completo. Un viernes por la noche, cuando me recogió mi padre para irme a dormir con él, busqué un CD de Green Day y en vez de éste me hallé aquel documental que lo vi hasta hacer humear el reproductor de devedés.

Holiday, American idiot, Boulevard of broken dreams, Wake me up when September ends (que solía escuchar evocando la memoria de mi pequeño hermano recientemente fallecido) y Jesus of suburbia (monumento de canción, océano de sonidos y versos) ya sonaban en mi cabeza desde aquel lejano 2005. Y es que no solamente sus melodías eran pegajosas sino que además sus líricas eran poemas profundos.

Green Day marcó a toda una generación probablemente por la profundidad de sus canciones, por el fondo de su arte, más que por la belleza de sus melodías. Las drogas, el consumo de alcohol y tabaco, la soledad, la guerra de Irak, la desinformación de los medios, la ansiedad, entre otros muchos más, fueron los temas abordados por Billie Joe Armstrong, poeta y guitarrista de la mítica banda.

De hecho, en una entrevista relativamente reciente (febrero de 2020) reveló la historia de muchas de sus composiciones. Sobre Good riddance (Time of your life), suave balada con sonidos de guitarra acústica y frote de cuerdas y con acentos de amargura, dijo que la escribió pensando en una chica con la que estuvo de adolescente y que se mudó a Ecuador. Baladas bellas como ésa, con poco de rock y mucho menos de punk, son también Last night on earth, When it’s time (bellísimos madrigales de amor), Give me novacaine (desgarradora canción sobre el consumo de drogas) o Forgotten (soundtrack de una de las películas de la saga Twilight). En esa entrevista dijo que su mayor obra es Jesus of suburbia. Catedral musical que, como las obras literarias totales, trata de abarcarlo todo.

Armstrong llamó la atención de toda una generación no solo por su voz y su talento en los escenarios, sino además por su atuendo de chico duro y romántico. Su performance en los escenarios y su actitud armonizaban con su música y todo lo que representó el movimiento punk.

Sí, hablo en pasado, como de una gloria pretérita, porque creo que la época del punk ha terminado hace ya un algún tiempo. Desde la música de los legendarios The Ramones y Sex Pistols (años 70 y 80) hasta la de Green Day y Blink-182 (años 90 y primera década de los 2000), se dieron los 30 años más fascinantes de un movimiento musical que abrigó connotaciones e ideales políticos y sociales.

 Quizá este tipo de música haya sido un tanto infravalorada por la crítica musical. Pero yo catalogaría a Green Day, y junto con esta banda a todo lo mejor del punk, como una de las mejores cosas que ha dado la música rock en todos los tiempos. Desde el punto de vista formal, la construcción arquitectónica de las mejores piezas no tiene nada que envidiar a la del legendario hard rock de los 70 y 80.

Blink-182: otro cofre de recuerdos. Con ritmos mucho más rápidos y melodías mucho más ruidosas, debo también al trío estadounidense de skate punk muchas memorias gratas de mi primera juventud. De hecho, recuerdo que cuando me compré la guitarra eléctrica, llegué a casa y lo primero que hice fue aprender a tocar la introducción de Stay together for the kids; un punteo rápido. Y luego la de Adam’s song; un punteo más lento. Ambas, canciones tristes. La una sobre los divorcios y la consecuente depresión que éstos provocan en la psicología de los hijos. La segunda, sobre el suicidio de un adolescente de dieciséis años. De alguna manera, las depresiones y las crisis existencialistas son atractivas a cierta edad. No por nada el Werther causó en los adolescentes y jóvenes tal esnobismo en la Alemania del siglo XVIII: el suicidio.

¡Qué épocas de estar a la deriva! De malas calificaciones, reprimendas por los aretes y el tatuaje, por el peinado escandaloso… De todas maneras, épocas que también contribuyeron, creo, positivamente en lo que ahora soy como creador y amante del arte en general. Después vinieron Beethoven y nuevamente Mozart -quien había desaparecido desde mi niñez—, a regalarme su arte etéreo y no menos desgarrador y entrañable que el anterior. @mundiario
 

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