Reflexiones sobre algunas citas del filósofo y emperador romano Marco Aurelio

No hay que aspirar a la buena opinión de todos, sino solo de los que viven conforme a la naturaleza, decía el gran filósofo Marco Aurelio.

El emperador romano y filósofo Marco Aurelio.
El emperador romano y filósofo Marco Aurelio.

No malgastes la parte de tu vida que te queda en imaginaciones sobre los otros.

(Marco Aurelio)

El otro visto como elemento conspirador, como ser que no quiere querernos; o, tal vez, que no podemos obviar, pese a que su existencia nos refiere connotaciones funestas; del que pretendemos haber averiguado sus pensamientos hostiles; a quien, para defendernos, para resarcirnos sin consuelo, asignamos un dolor al mirarnos, al vernos como evidencia de su frustración ineludible. El otro, erigido en venenoso antagonismo, desplegado hacia la herida que nos imagina, que considera asequible a su sed virulenta. El otro, sin posibilidad de hacerte daño sino a través de ti, de tu estúpida llamada, cuando, como casi siempre, estabas libre de él y debías ocuparte de tus proyecciones fructíferas.

Debes acostumbrarte también a imaginar solo aquello sobre si alguien te preguntase de pronto: ¿en qué piensas ahora?, pudieras responder al punto con franqueza que en esto o aquello.

Podemos admitir en nuestra intimidad más profunda incongruencias con nuestro ser público, pero siempre que no respondan a convicciones o a voluntades duraderas. Lo que nace de nosotros no es plenamente controlable, ni debe serlo, salvo que atente contra aquello que más apreciamos. Unos inofensivos recesos en nuestro rigor, a salvo de las miradas, no deben hacernos dudar de nuestro crédito. Lo malo es la hipocresía, el presumir de una virtud sin fisuras, innecesaria. Lo paralizador es el rigorismo extremo, la sistemática aprensión ante nuestro gesto espontáneo.

No hay que aspirar a la buena opinión de todos, sino solo de los que viven conforme a la naturaleza.

(Marco Aurelio)

Nuestra guía no ha de ser el aplauso de los otros sino el asentimiento de nuestra voz interior, aquella que conecta con nuestra lucidez más permanente, con nuestras certezas más éticas o más emotivas. Más de una vez, avanzados en nuestro tránsito seguro, nos sorprende el tardío reconocimiento de aquellos que antes no nos comprendieron. La aprobación unánime es objetivo imposible; la de aquellos que nos importan, perniciosa, si nos fuerza a concesiones incongruentes; la de quienes nos desprecian, tal vez la encontráramos silente, contrariada por los resultados de nuestra terca insistencia; la de quienes no nos comprenden, imposible en la cita de nuestro desencuentro.

De las cosas que tienes escoge las mejores y después medita cuán afanosamente las hubieras buscado si no las tuvieres.

(Marco Aurelio)

Lo que tenemos es mucho ya, o puede ser mucho, si sabemos interpretar su condición favorable. Lo importante es que lo consideremos suficiente, que lo valoremos; que no, por estar próximo, alcanzado, aquello que nos acompaña deje de revelarnos su condición deseable.

Así que es preciso estar recto, no que te pongan recto.

(Marco Aurelio)

"Estar recto", es decir, posicionarse frente al mundo; estar despierto, dispuesto, previo a la situación emergente. Saber cuál es nuestra constancia y cuál pueda ser nuestro respeto. Respuesta ante lo necesario, pero también pregunta que nadie espera y que nace rotunda, casi temeraria.

"Que no te pongan recto", es decir, que no te encuentren sin que sepas quién eres, que no te recompongan a su manera, que no te conozcan por tus veleidades.  Anticípate a la fuerza de las corrientes de la futilidad y espéralas desde tu ser trabajado, intenso.

La mejor manera de defenderte es no parecerte a ellos.

(Marco Aurelio)

Defenderte, a ti, o sea, a ese que crees que eres; a esa construcción propia, lenta, sigilosa, que has ido creando a partir de sentimientos profundos, de visiones hirientes, del afloramiento del mundo en tu ser.

Defenderte de quienes te agreden con su zafiedad, de quienes te golpean sin pies, sin alma, osados en su embrutecido interés.

Defenderte de ellos sin pensarlos, sin incorporarlos a tu vida, sin que te manchen con su importunidad. Establecer un combate secreto en el que tú te ciñes a tus aspiraciones más nobles. Distanciarte de ellos, utilizarlos como resorte antagonista, acicate para tu propio bien.

Acomódate a las cosas que te han cabido en suerte, y a los hombres con los que te ha tocado vivir, ámalos, pero de verdad.

(Marco Aurelio)

Nacemos a un mundo que nos coarta. Vencer aquellas presiones que contradicen nuestro ser es nuestra tarea primera. Pero no podemos configurar a nuestro modo el mundo que se nos impone. Salvo en casos singulares, es muy difícil moverse a otro ámbito notablemente mejor. Lo que nos rodea es una representación de las pasiones del hombre. Tenemos la ventaja de nuestra inserción cultural, que habilita no pocos puentes. Aunque en todas partes,  entre los hombres hay notorias diferencias que se manifiestan en el trato: los hay claramente preferibles para cada distinta situación. Poder elegir el entorno requiere arduas, valerosas transformaciones en nuestra vida, y nunca es seguro el poder eludir presencias tóxicas. No es posible influir profundamente en el grupo humano que nos atañe. ¿Amarlos a todos, en esa indiscriminación? ¿No será objetivo inhumano? Tal vez renunciar al ejercicio de los personalizados desprecios fuera ya suficiente.

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