El poema como sublimación en Cantar para nadie, de Araceli Fernández
Galardonado con el Premio Internacional de Poesía José Zorrilla, Cantar para nadie (Hiperión), de Araceli Fernández, pone de manifiesto el ascetismo que significa en tantas ocasiones el ejercicio poético. La autora de Hormigas rojas hace una revisión de su vida a través de una visión de lo religioso que presenta dos constantes temáticas; una que pertenece a todo el simbolismo religioso y litúrgico que comprende el imaginario del cristianismo y otra, que tiene que ver con el paganismo, con una vertiente mundana en la que lo religioso se desprende de su aura de santidad y mitificación para convertirse en un recurso estético: "En aquel ritual, nuestros corazones/ se ponían de acuerdo para cantar/ hasta que sus ojos nos parecían/ cada vez más hermosos./ Hasta que nuestra culpa se volvía/ una palabra de menor tamaño" (pág. 30)
La coherencia temática del poemario dota de consistencia a unos textos que son breves escenas vitales, fragmentos de un cuaderno de bitácora, donde infancia, adolescencia y maternidad se funden para celebrar, por un lado, la vida como una clase de acontecimiento inédito, exultante, inspirado por un vitalismo que no adolece de ingenuidad y de sobrecogimiento ante lo nuevo: " No notamos sus manos de fantasma./ Acuérdate de aquel parvo patrimonio./ Sin contar la gata muda,/ una casita en la esquina, un puzzle enfermo./ Una muñeca que nunca nos gustó./ Decir hasta diez lo que algún día serían posesiones/ definitivamente nuestras,/ como si alguien,/ desde arriba,/ estuviera señalando" (pág. 14).
Sin embargo, la ortodoxia religiosa y esa concepción austera y estragada del mundo como valle de lágrimas pone freno a esa percepción celebratoria y es ahí donde el daño, la memoria del daño por todo lo perdido, cobra valor. Es entonces cuando el poema se convierte en una forma de sublimar aquello que no pudo cercenarse del todo y que sigue quemando: "Los que nos arrancaron los ojos,/ los lanzaron a otro mundo,/ a esa misma zanja donde moran sus corazones,/ que no podemos ver porque no tienen." (pág. 21).
Lo traumático no va a dejar de reivindicarse en este libro y, pese a la fe, los padrenuestros, las oraciones en familia, los pecados y su sanación, el estigma del sufrimiento es inherente a un pretérito que todavía da de sí:"No vayáis al baile, les dicen. Que cada piel se ajuste a su herida. Que cada rostro se pueda mirar cara a cara" (pág. 47). Asimismo el simbolismo de las liturgias es parte de una textura comprendida entre la resignación ante el remordimiento y su superación a partir de la inversión de esos valores sacros y de pureza que connota el cristianismo: "Me bautizaron con la fiebre. El día de mi comunión sufrí gastroenteritis. En mi matrimonio, varicela. Con los sacramentos, la bondad y la gracia de Dios venían a mí de esa forma. Dejé la iglesia por miedo a enfermar" (pág. 15).
Destaco dentro de esa doble tendencia estética con la que se articula lo religioso otra dualidad que crea un contraste significativo en la concepción poética que transmite Araceli Fernández, una dualidad basada en un uso del lenguaje hiperbólico frente a otro en el que la sutilidad y la contención son las dominantes. El poema en prosa "La panadera" es un ejemplo: "Yo no la contradigo porque no quiero cansarla más y dejo que me llame así todas las mañanas. (...) Mari, una más de las criaturas que le devora cada noche los pezones". El poemario no deja de ser un tributo a la nostalgia de un pasado que, en el caso de la autora, convive con los credos feroces y el relato de una religión que interpreta la realidad bajo singladuras que la acercan al sacrificio, a la mortificación, a una vivencia lesiva de lo inmediato y que, a través de los poemas, trata de sublimar desacreditando a lo religioso su dogmatismo, su ansia de sometimiento.
Los poemas en prosa que frecuentan esta obra son avemarías y salves cuyo contenido tiene que ver con una banalización de la superchería que conlleva el culto y la fascinación por las reglas y sacramentos que constituyen todo este acervo religioso al que la poesía de Araceli Fernández atribuye la herencia de demasiadas limitaciones, de oprobios y complejos de culpa: "Entonces venía la poesía, la poesía animal, la fiera, la tremenda. Un verdadero demonio, diría mi abuelo. Yo la miraba, la miraba sin miedo y la dejaba que me inyectara su veneno hasta que me fui volviendo un demonio propio". La poesía como una forma de abrirse paso, de apuesta por la rebeldía, de dejar ir, de no querer el refugio ni la sobreprotección, ni el apartamiento, sino la indagación, la búsqueda, el compromiso con lo que la palabra que no tiene dar cuenta de nada a nadie. @mundiario