Los pájaros, un precioso y conmovedor relato del noruego Tarjei Vesaas

La novela de Tarjei Vesaas rezuma sensibilidad, delicadeza, empatía. Es una aproximación psicológica hecha de nítidas sutilezas, una historia conmovedora.
Portada de la edición española de Los pájaros, y retrato de su autor.
Portada de la edición española de Los pájaros, y retrato de su autor.

Siempre me ha parecido muy difícil llevar a una novela el tono, el léxico, la inteligencia de personajes de baja capacidad intelectual, con problemas para entender el mundo más próximo y para expresarse. Algunos autores, ante la necesidad de detallar los escasos pensamientos de sus protagonistas, optan por caracterizarlos con algunos giros verbales que los identifican como poseedores de una mente precaria; mientras, por otra parte, ponen en su boca ideas de las que ellos no serían capaces.

Me ha sorprendido de qué manera tan ajustada Tarjei Vesaas, en Los pájaros, consigue describir el mundo interior, la visión y las palabras de un personaje como Mattis, un joven próximo a la cuarentena, aquejado de tener muy pocas luces. Tal vez he llegado a esta novela −como otros lectores− gracias a la propaganda que un prestigioso paisano del autor, Karl Ove Knausgard, ha hecho con su comentario de que “es esta la mejor novela noruega de todos los tiempos” y que “estaría entre los grandes clásicos del siglo pasado si se hubiera escrito en uno de los idiomas más hablados”. Tal vez exagere un poco en su segunda afirmación, o tal vez no, porque Los pájaros es una excelente novela, un indiscutible logro teniendo en cuenta el difícil reto que se impuso el autor, y es, además, una historia que logra activar nuestros mejores sentimientos.

Porque de lo que se trata aquí es de humanizar hasta extremos que induzcan a la empatía −más que a la compasión− el reducido mundo mental de ese joven, de mostrarnos el universo que percibe a través de su estrecha capacidad para elaborar pensamientos complejos. A Mattis, en su pueblo, lo llaman El Simplón. Hay una situación especialmente dolorosa en estos seres desvalidos, y es cuando se ubican en ese grado intermedio que les impide la normalidad, pero a la vez no los hunde en la inconsciencia, sino que los sitúa en el lugar del dolor, el que se renueva cada vez que comprueban, en las palabras, o en las burlas, que están encerrados en un personaje incapacitado para llevar la vida normalizada de la que otros disfrutan.

Mattis se da plena cuenta de su inferioridad, de su dependencia, y sufre por ello. Vive con su hermana Hege, que obtiene el sustento familiar con las prendas que cose durante todo el día. A menudo lo insta a trabajar, un reto para él temible, porque sabe que ni siquiera es capaz de completar las tareas agrícolas más sencillas: su caprichosa mente se lo impide. Para tenerlo ocupado, para que disfrute de alguna conciencia de utilidad, lo engaña, le indica que puede actuar como barquero en el lago. No hay clientes, pero él debe estar en guardia, debe esperar. Solo una vez uno requiere sus servicios, pero resulta que ese hombre será su perdición. Su hermana se enamorará de él y Mattis temerá que su hermana lo abandone.

En el lago, Mattis, que ha naufragado en su vetusto bote, y se ha agarrado a una mínima isla, recibe la visita de dos muchachas, lo que supone todo un acontecimiento para él. “Poder ver esto”, piensa. Poder verlas en bañador, tomando el sol, respirar su fragancia, a esas chicas que lo tratan cariñosamente, como si fuera un joven normal. Después, ellas arrastrarán su bote maltrecho hasta la costa, y él elegirá el punto donde más paisanos lo puedan ver, para así obtener ese triunfo, una demostración de poder que nunca antes había sido posible. “¿Notáis algo extraño en mí?”, les pregunta a esas chicas. Y tiene suerte, porque son bondadosas, y le dicen que no quieren conocer nada de él más allá de lo que ya saben. No quieren hurgar en su herida.

Mientras tanto, hay una turbia duda existencial instalada en la cabeza de Mattis, Le pregunta a su hermana: “¿Por qué las cosas son como son?”. Y nos dice el narrador: “La mujer negó con la cabeza. Eso fue todo. Él no se atrevió a repetir la pregunta. Esperó paciente. Paciente por fuera. Rabiosamente impaciente por dentro. Se volvió hacia ella de nuevo… Él comprendía y no comprendía. Tiritaba. Se asomaba a un abismo de enigmas”.

Uno de sus pocos alivios es pensar que se pueda enfrentar a gente nueva, personas que no lo conozcan y por eso no adelanten su mirada burlona o compasiva a aquello que puede dar de sí él y que quiere que sea nuevo, indemne. “Mattis se lo repitió una y otra vez, y de pronto se percató de que estaba a salvo de millones de personas que no sabían lo más mínimo sobre él. Había una especie de neblina amistosa entre ellos y él. Estaba bien pensar eso: un sinfín de personas no tenía la más remota idea de que él era un simplón”.

Mattis califica a los demás como “avispados”, frente a él, que en nada lo es, aunque más adelante tendrá dudas sobre si lo estará siendo en ciertos momentos en los que aparece una inesperada y concreta lucidez, una pequeña y comprobable coherencia. Pero lo habitual es que él viva en otro mundo, en el que ocurren cosas que los demás no perciben, como esas señales que dejan los pájaros. En una conversación con su hermana, esta le dice: “Qué suerte que así sean las cosas para ti. Para mí no lo son, te lo aseguro”. Y él le pregunta: “Entonces, ¿cómo son las cosas para ti?”. Mattis percibe ese abismo que lo separa de los demás, de quienes manejan la realidad de otra forma, según la reciben distinta.

El autor podría haber enfrentado a Mattis a continuas burlas y desprecios, pero no lo hace así. Se sabe que algunos, cuando él se vuelve o se aleja, hacen los hirientes comentarios que él llega a imaginar o a oír. De todos los encuentros relevantes de esta historia se deduce la existencia de la perplejidad, pero también de la comprensión, de la amabilidad. De este modo nos adentramos en el aislamiento que padece Mattis, no desde la rudeza, sino desde la finura de la distancia que él percibe, desde la imposibilidad de compartir sensaciones y pensamientos.

Mattis ve amenazas en el derribo de los pájaros, un signo en que uno de los árboles a los que la gente les ha dado el nombre de su hermana y de él haya sido fulminado por un rayo. Intenta que su hermana se sienta concernida por las que para él son lógicas preocupaciones, pero ella no le cree y solo puede tranquilizarlo: “Hege sabía cómo alegrarlo a uno, cuando quería. Mattis tuvo que retirarse para quedar a solas con su alegría”.

Mattis se ha sentido siempre una carga para su hermana, una continua decepción. Siempre la ha visto triste: “El sentimiento de culpa se había apoderado de él; porque desde luego, cuando Hege estaba abatida, era por su culpa”. Pero cuando las cosas cambian…: “Mattis vio lo feliz que estaba Hege en los brazos de Jörgen. Su rostro apenas resultaba reconocible, sin cansancio, nada huraño, sin pena alguna… Al principio, se sintió inclinado a alegrarse, pero entonces se percató de la verdad: había perdido a Hege”. Y ese es el momento en el que nace en él un impulso trágico, casi podríamos decir que, por fin, una decisión inteligente. Los pájaros nos traslada a un mundo rural, de imponente naturaleza simbólica, nos acerca a ese ser que no podemos dejar de amar, que no ha sido dotado de las herramientas suficientes para valerse. Esta novela de Tarjei Vesaas rezuma sensibilidad, delicadeza, empatía. Es una aproximación psicológica hecha de nítidas sutilezas, una historia conmovedora. @mundiario

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