Su ojito de lago Mashu

En sus escapadas por la manzana, el gato iba llevándole tesoros a la muñeca: envoltorios plateados de golosinas, plumas de pájaros, botones caídos de los transeúntes… Para Mikiño, esos regalos se le habrían de hacer a una dama… / Colección de cuentos de fantasía.
Mikiño era el nombre del gato
Mikiño era el nombre del gato

El riachuelo estaba poblado de ranitas cantando sobre los nenúfares rosas. Caía un aguanieve primaveral, y un haz de luz descubrió a Mashu en la escombrera a ojos de la Mami, que fortuitamente se encontraba comprando legumbres para su restaurante, que moraba la línea de playa de Fukuoka. Le apetecía preparar un platito de ramen como menú del día, para que los comensales sacudieran el frío.

Entonces, un gatito cruzó la carretera, por la que todos caminaban entre puestecillos alimenticios, de modo que allí vivía una considerable comunidad de gatos.

Lo siguió por la senda de peñascos verdosos… Y encontró a la muñequita Mashu, que tenía el vestido roto y un cabello acaracolado lleno de arena, unos grandes ojos color turquesa y botas negras de cuero. La cogió en el regazo, y el gatito, con idénticos ojos, la siguió de vuelta. Mami adoptó a la pareja… Sin saber que tenían alma y había efectuado una buena acción.

Mikiño, tal y como llamó al siamés de cola plumosa, se acurrucaba en las faldas de la muñeca para dormir al sol.

A pesar de su silencio y calma imperturbable, Mashu desprendía un aura de paz que atraía al felino. En sus escapadas por la manzana, el gato iba llevándole tesoros a la muñeca: envoltorios plateados de golosinas, plumas de pájaros, botones caídos de los transeúntes… Para Mikiño, esos regalos se le habrían de hacer a una dama…

“¿Y si arreglamos la muñeca y se la regalamos a nuestra sobrina?”─ le planteó la Mami a su esposo, que, aunque la había adoptado, no le prestaba suficiente atención… Pero, por una temporada, no cesó de oírse en el salón la advertencia de la llegada de la sobrina, ¡ante lo cual la pareja se separaría!

Mikiño lloraba en el alféizar de la ventana. La muñequita no se valía por si sola… Él juraría que ella no quisiera separarse de su pareja.

─Ten un pedacito de pollo, querido Mikiño. Desgraciadamente, hay clientes que no comen todo el plato, ¡como si nunca hubiera carestía!─ le decía la ama en su depresión, creyendo que quizá le quedara poco de vida, adolecido por una tragedia cualquiera de un gato…

Cuando llevaron a la muñeca al taller de Nikki, el ingeniero del pueblo, a restaurar, ¡cuál fue la sorpresa, sino que Mashu era una fantástica cantante! Así, en cuanto le introdujeron la pila (en una delicada y laboriosa intervención), no hizo sino mover los bracitos como un soldado, y su boquita entonó una canción en francés: “Alouette, gentile alouette, je te plumerai…”

─Sin duda, Mashu se quedará con nosotros, puesto que dará alegría al restaurante. ¡Es tan dulce su voz!

Sin embargo, el futuro, como la salsa, siempre viene agridulce… Y un tifón asoló la aldea aledaña a Fukuoka, causando importantes estragos. Eses días, la pareja de criaturas fueron desatendidas, si bien su amor se afianzó ante la adversidad. “¡Qué débiles son los humanos! Y qué pronto olvidan lo esencial”, pensaba Mikiño, que aún se había paseado bajo la lluvia, y llevado, en la boca, una piedrita blanca y violeta de la playa para el montoncito de tesoros de Mashu.

─Mikiño, quisiera tener tu agilidad para trepar a los árboles y esconderme bajo la mesa─ le expresaba Mashu con su acento francés, que iba aprendiendo a hablar… ─Todos nos sostienen y zarandean como si no tuviéramos un alma que necesita una paz, estoy harta, quisiera vivir en una cama. ¡Entre plumas y jarrones! Ese es mi sueño.

─Eres tan rara que no necesitas a nadie, ¡y controvertidamente amorosa! Y es que de bonita que eres, tu educación ha sido el amor… Verás, yo nací en un callejón, en la calle, y era feliz con mis tres hermanitos. Creíamos que la vida era un juego, y nuestra madre no hacía sino consentirnos. Ora bien, no sabíamos lo que era un padre, pero tampoco supimos cómo es la vida hasta que aparcó aquel camión y nuestra mami no volvió… Supe de almas en pena que nos daban platos de leche. Dormí bajo la lluvia, ¡peleé con otros gatos para poder dormir! Y gradualmente, perdí de vista a mis hermanos como si nunca hubiéramos jugado…

La pareja pasó a un segundo plano en el restaurante, que estaba siendo reformado. Si bien, un día, llegó la familia del norte a celebrar la fiesta del dragón de Fukuoka.

Desde primera hora del día, la música entraba por la ventana. Llegó el gato de su paseo y a Mashu relató lo siguiente:

─He disfrutado como un crío en el desfile, tras la cola de papel del dragón. ¡Tenía cintas y cascabeles! Llego feliz y extenuado, ojalá tuviera piernas para llevarte a mis lugares de ensueño… A veces, estoy en la ciudad y pienso (pienso en ti): ella estaría divina junto a un té en esa mesa… A mí de suerte hay comensales que me regalan manjares, ¡y tú te conformas con abrazos! Creo que eres una humilde muñeca preciosa; en tu humildad hay un mundo de sentimientos maravillosos… Pero nunca te he visto feliz…

Sin embargo, en aquel caluroso verano, Mashu permanecía en la sombra, abandonada (otra vez) de las desatenciones de sus dueños. Sus fuerzas se debilitaban poco a poco, y su voz francesa se expresaba como un suave soplido.

Por su parte, Mikiño se había convertido en un gato casero; a penas abandonaba la terraza de la casa. Dormía mucho y se dedicaba a meditar.

“Mira, está rota, descosida”, expresó la sobrina de la Mami. Ella rechazó el regalo. ¡Ni el mayor despecho habría dolido más a una muñequita!

Así que, viendo que la vida pasaba latosa y mal encarada en aquella familia, el gato comenzó a hacerles pequeñas tretas como masticar ropa o hacer pis en lujosas alfombras… ¿Se había vuelto loco este gato? Ni siquiera concluyeron, sino que hubiese contraído la rabia, puesto que al chico arañó cuando le cogió del rabo y en la noche maullaba como cantando un blues que los amos no alcanzaban a interpretar.

Él sabía que dejarían de concederle privilegios. Sin embargo, Mashu pestañeaba cuando le veía pasar rápidamente del pasillo al callejón.

─Mi vida, por lo que nos quede en el mundo… ¡Y mientras el mundo sea mundo! Huye conmigo, te prometo una tierra prometida y un palacio. Presiento el camino en mi hocico. ¡Casémonos!─ declaró Mikiño a su amada.

A Mashu se le tiñeron las mejillas de encarnado.

─Pero yo no puedo andar ni hacer el amor…

─Yo solo quiero verte sonreír por el resto de mis días.

Y la cogió con la boquita del cuello de su camisa de encaje. Salieron de la casa, se alejaron del barrio, abandonaron la ciudad para descansar desfallecidos en la escalinata del templo budista en el que había una aldea de gatos salvajes que cazaban y coreaban cantos a la luna.

Se instalaron en un charco protegido por bambúes, habiendo preparado una cama de piedrecitas minerales que Mikiño llevó con su boca. Se acurrucaban de la mañana al atardecer a observar el paisaje…

─El agua expresa colores diferentes en cada día, creo estar viviendo un viaje─ decía la muñequita.

─¡Este estanque es nuestro humilde imperio! Dicen que al norte de Japón, hay un lago de increíbles aguas cristalinas, como tus ojos. Por eso te llamas Mashu.

─Ahora puedo decirte…: soy invidente del ojo derecho.

Mikiño la miró atentamente con gran compasión.

─Es del azul más claro que haya visto en el cielo.

De repente, un día Mashu tuvo sed, como si tuviera lengua y barriga. Asomó al agua y bebió… Y, agarrada a un manojo de plantas del suelo, sintió que se elevaba… De forma que adquirió un cuerpo de mujer.

¡Pero qué bella, Mashu, se había enderezado a las puertas del templo! ¿Habría alguien rezado por ella? ¿Se habría consumado una vieja leyenda? A la vuelta de su ronda, Mikiño no paraba de maullar de felicidad en vistas al milagro.

─¿Me seguirás queriendo ahora que eres humana?

─Eres lo que más quiero en el mundo, con tus orejitas, tus patitas, la colita peluda… ¡A nadie jamás querré como a ti!

─Pues bien, es hora de que comencemos nuestra aventura, puesto que aquí te tomarán por indigente. Soy un gato viejo, sé de lo que hablo…

Mashu liberó unas lagrimitas y cogió a su gato en el regazo, bajando la escalinata del templo. Iba contando los escalones, y Mikiño le trasladó un viejo haiku que alguna vez escuchó: “Ante cosas del amor, llena la maleta de nostalgia”.

Ante lo cual, a la joven se le antojó correr lo más lejos posible de Fukuoka:

─Quiero empezar una nueva vida… Contigo, lejos, ¡libre!

─Me abrazaré a ti mis siete vidas, y luego me reencarnaré en caballero─ sostuvo Mikiño.

En su último día en Japón, la pareja se sentó en la playa a contemplar el horizonte. Las aguas tenían calma insólita, el sol se reflejaba centelleante en la superficie del mar.

─Esta paz me estremece. Recuerdo cuando no tenía pilas ocupando una mesilla del dormitorio, con mi meditante paciencia. De vez en cuando, las cortinas eran descorridas y admiraba un bello jardín. Allá a donde vaya, ¡quiero árboles hasta las nubes!

─Yo treparé a la copa más alta─ expresó el gato, acariciando su rodilla con la cabecita.

El barco partía a las cinco. A las menos diez, Mashu trataba de mitigar su llanto:

─Ojalá ser religiosa y poder peregrinar a ese lago del norte, sin ningún sobresalto. Pero todo aquello que confiera sacrificio, hace mis nervios temblar terremotos.

Zarparon al Mar de China, rumbo a la ciudad de Seúl. Allí la dama podría coleccionar vestidos y pasear por avenidas, mientras que Mikiño no haría otra cosa que sus cosas de gatos de siempre.

Al vaivén del buque de pasajeros, Mashu yacía tumbada en un asiento de mimbre, soñando sueños de gata. Mikiño, acomodado en sus pies, se impregnaba de un aura de paz.

¿Qué recorría la cabecita de la chica? Respiraba como un soplido de corista, acostada boca arriba con las manos entrelazadas, como una Nefertiti. El claroscuro de las nubes ejercía festivales de ilusión en sus sueños. “La fortuna es un hilo de luz en la piel, un lunar premonitorio”, murmuró.

El corazón del gato palpitaba como un tamboril, cayendo una tristeza por su nariz, ¡por el ansia de libertad de su ama! Allá, en Seúl, ¿desposaría a un caballero? ¿Qué momentos de su vida serían para el viejo y pancho gato fiel?

El buque cabalgaba las olas. Mikiño inspiró aquella salitre, enchido de fiereza, proyectando la mirada al sol, desafiante. “La ballena más ágil de las profundidades no emergerá en mi pequeñez, yo sé nadar, yo puedo volar… Soñé con un banco de peces multicolores arremolinados en las nubes”, expresó.

─¿Y si dormimos hasta llegar a puerto?─ conminó Mashu.

─¿Dormiremos eternamente?

─Esto lo soñé, es una canción… Tous les fils de mon âge sont amoreux…─ cantó.

Al son de la dulce voz, el gato comenzó a ronronear.

Anocheció. La luna pintaba el ventanuco del camarote…

─Sabes que soy un gato: he de rondar los alrededores─  se excusó Mikiño al salir.

A la mañana siguiente, había unos pasajeros pescando por la borda.

─¿Han visto ustedes a un gato siamés?─ les trasladó ella, intranquila.

Mashu llegó sola a Seúl, hecha un desastre. Mikiño, quizá, habría abordado un barco pesquero… ¿Cómo no le bastó una vida de amor? Al fin y al cabo, nadie realmente entiende a un gato…

Una tripita nació en su vientre, de modo que parió unos lindos quintillizos concebidos a la luz de la luna… Ellos no le soltaban la chuchita, sonreían a sus cantos y se abrazaban entre si como koalas.

Estos bebés, idénticos siameses, reían y hacían lindas carantoñas como muñecos. ¡Eran la alegría de todas las visitas! Las palomas posaban al borde del carrito paseando por los cantones, ¡y nunca lloraban! ¡Eran tal alegría! Que llenaron el vacío de Mashu, regeneraron su aterido corazón…

Pero, en la sobremesa de quizá un lunes (un día de labor, cuando los vecinos no estaban), algo extraordinario tuvo lugar en el doceavo piso donde vivía:

Mashu calcetaba en la mecedora, rodeada de cinco cunas, en la queda hora de la siesta… Preparaba un juego de chaquetas para sus críos. La lana comenzó a tensarse, lanzó un quejido encerrado en sorpresa hasta que, dioses del cielo, descubrió a Mikiño jugando con los ovillos de lana.

Mashu lloró de emoción, siguiéndola sus hijos. “Ellos anhelaban a un padre como tú”, le dijo entre sollozos. “Alguien que trepe un rascacielos para ver el sol…”

La familia, ya al completo, encendió el televisor, que mostraba selvas tropicales. “Quizá en otra vida, Mashu, seamos criollos. En otra vida seremos del sur, con ojos de Caribe, de atolón… Y no fríos, tristes y enamorados…” @mundiario

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