Nina Bouraoui estudia el concepto de duelo en su novela "Un gran señor"

Escribe Nina Bouraoui: "Sé que si no exteriorizamos una pena, si no la expresamos, nos arriesgamos a que resurja tiempo después y nos desoriente por inesperada".
Un gran señor./ Tránsito
Un gran señor./ Tránsito

La muerte del padre inspira la reflexión de Nina Bouaroui en esta novela autobiográfica que publica Editorial Tránsito.

Un gran señor es un relato sólido, impecable en su manera de suministrar pacientemente la información, especialmente en lo que se refiere a las biografías de quienes constituyen esta trama basada en el dolor que representa la inexorable desaparición del padre. Todo un trasunto histórico y sociológica se arma en torno a una figura que, sin voluntad ni intención, Nina Bouraoui reivindica como un ejemplo de lo que significa ser humano; esa dignidad reivindicada en los momentos agónicos de su progenitor contrasta con la derrota y los vicios que también ha ido asumiendo la biografía de un hombre, cuyas imperfecciones, sin dejar de ser un lastre para los suyos, exponen el carácter espontáneo e impredecible que representa una vida, cualquier vida, por mucho que se intente mitificarla.

Hay un lirismo soterrado en cada página que hilvana los momentos históricos con aquellos que refieren informes médicos o vivencias en la convulsa Argel de posguerra. Hay un lirismo explícito cuando la autora utiliza la fragmentación, el aforismo, el verso blanco incluso o las canciones para nutrir de un costumbrismo eficaz aquellos pasajes que, casi al final de la novela, construyen la identidad histórica e intrahistórica del padre. Lo mejor es esa reflexión progresiva que sobre el hecho de morir la escritora va pergeñando con el ánimo de sublimar ese dolor consciente con el que la propia literatura ha hecho un género. Sublimar para representar que la pérdida no es individual, sino una experiencia colectiva que marca y consume la escasa idealización que sobre la dicha de vivir queda en aquellos que hemos visto marchar a demasiados seres queridos.

Que la vida no nos enseña nada. Quizá esa sentencia sintetice perfectamente el espíritu de una novela que no deja de bascular entre ficción y autobiografía para alcanzarnos con determinación de poner sobre la palestra el valor desmedido y enfermizo de la empatía, de toda herida abierta o algún desenlace a medias. La verosimilitud nunca se negocia, pese a la fiabilidad de los acontecimientos. Y así se establece que la muerte del padre es una forma de exorcizar demonios propios y ajenos, de reencontrarse con los miedos y con los estigmas que sangran todavía en nuestra propia biografía. La educación y la tutela paternas arrasan con todo nuestro devenir.

Por esa razón, Bouraoui desmiente esa máxima en torno a que la vida es un aprendizaje. Nadie nos prepara para aquello que hiere y se desmorona. La vida y un alud son la misma cosa, te pongas como te pongas, una misma venganza para quienes esperan demasiado de los demás y de ese umbral que divide la existencia de lo desconocido. Enhorabuena, Nina. @mundiario

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