Mystic River, de Clint Eastwood, una obra maestra que conmociona al espectador

Mystic Mundiario
Mystic River. / Productora

Esta película nos ofrece una complejidad admirable, que nos hace dudar de la licitud de cada emoción que sentimos en los numerosos giros que da el argumento

Mystic River, de Clint Eastwood, una obra maestra que conmociona al espectador

Me parece que Mystic River (2003) está entre las dos o tres películas más logradas de Clint Eastwood. En torno a esos años, nos dio unas cuantas obras extraordinarias. Pero, si a las demás siempre se les podría encontrar algún pequeño defecto secundario, en esta, por más que lo haya buscado, no me ha parecido que existiera ninguno. Esta película nos ofrece una complejidad admirable, que nos hace dudar de la licitud de cada emoción que sentimos en los numerosos giros del argumento, en las diferentes caras que componen cada uno de sus personajes, en el conflicto moral que deviene del cruce entre la compasión y la condena.  

Tratándose de una obra de arte narrativa, tendremos que admitir, como oportuna, la escasa verosimilitud de las enormes coincidencias que hacen que los destinos de tres antiguos amigos de la infancia se reúnan a partir de un suceso trágico concreto. Como siempre que acierta plenamente, Eastwood se apoya en un gran guion que, a su vez, se basa en una jugosa novela. En este caso, fue Brian Helgeland el encargado de domar una historia con numerosas variantes, de armonizar una intensidad infrecuente. En su estreno, salí del cine conmocionado como pocas veces me ha ocurrido por motivo de la simple historia. En otras ocasiones, mi impresión se ha debido a sus sorprendentes valores estéticos; estos aquí son importantes, pero no se exhiben por delante, sino que se aúnan perfectamente al fluido desarrollo de los hechos presentados.

Una de las principales virtudes de la película es que está constituida por unos personajes muy bien trazados, tanto los tres principales como algunos de los secundarios. Cada uno de los tres amigos está enriquecido por una historia que va más allá de su puntual cometido en una trama que comporta circunstancias adyacentes o pretéritas. Ninguno de ellos es previamente un hombre tranquilo que, de pronto, se vea inmerso en un convulso escenario. Para empezar, Dave (Tim Robbins) es el hombre traumatizado por el espeluznante suceso que abre la película, su rapto y posterior secuestro durante cuatro días—cuando era niño y estaba acompañado de sus dos amigos—, para ser reiteradamente vejado por unos pedófilos, en un infierno que apenas se nos muestra, pero que se nos clava en el sentimiento más que si hubiéramos asistido a la exhibición de sus terribles pormenores. Por otro lado, Jimmy (Sean Penn), que de joven viró hacia la delincuencia y carga con un pasado criminal que, ahora, con el trágico suceso de la muerte de su hija y la investigación policial, quedará destapado. Finalmente, Sean (Kevin Bacon), ahora policía, quien, por casualidad, se ocupa del caso, está sometido al dolor del abandono de su mujer, quien de vez en cuando lo llama por teléfono sin emitir una palabra, en una actitud misteriosa cuya intención se desvelará al final de la película.

La mirada de Eastwood incide en las heridas de unos seres incapaces de remontarlas. El digno de compasión no es aquí solo el más inocente, Dave, quien arrastra un trauma psicológico de difícil curación, sino también Jimmy, un hombre cuyo difícil temperamento fue manipulado por compañías poco recomendables y que se ha esforzado en redimirse con la normalizadora explotación de un supermercado. Por otro lado, Sean, ha caído en el otro lado de la vida que su amigo, ejerce la profesión de policía como una dolorosa inmersión en el envilecimiento de un mundo en el que prima la confrontación y la soledad.

Los hijos son una parte importante en esta historia. Dave, ese hombre traspasado por una tristeza infinita, y que intenta una continuada cordialidad, una vida ya inmune, al ser abordado por la policía, junto a su hijo, lo vemos incómodo, herido, porque está siendo dañada la imagen familiar que arduamente ha construido. La muerte de Katie, de diecinueve años, representa para su padre, Jimmy, la extirpación del vínculo más fuerte que tenía con la bondad de la existencia. Por otra parte, Sean tarda en conocer a su hijo, porque su mujer, en su huida, se lo ha arrebatado.

Y, junto a estos personajes principales, los acompañantes de esas vidas tan fatídicas. Esas dos esposas que, desde el miedo o la adhesión, distorsionan el apoyo que realmente necesitarían sus esposos. La mujer de Dave, tan débil, tan poco capaz de un coraje que pueda sobrepasar la vivencia de lo indeseable, que teme a su marido antes de intentar comprenderlo, de estar del lado de su herida tan temprana como incurable. En uno de los momentos finales, la mujer de Jimmy que, hasta entonces, había sido una silente comparsa en las actuaciones de su marido, se revela como una especie de lady Macbeth, animando a su compañero a erigirse en una supuesta superioridad sobre los hombres corrientes, a arrogarse la exclusiva legitimidad de los “mejores”, un trastocamiento particular de las leyes morales equitativas, un mandato de cruel inocencia con la que él no acaba de estar de acuerdo, hundido por una sensación de culpa que no puede obviar.  

Esta actitud ilegítima de la esposa de Jimmy, entronca con la escena final, que tiene lugar en el inocente escenario de un desfile infantil, en la candidez de una familiar mañana de domingo. Sean ve de lejos a Jimmy, y conociendo los graves delitos cometidos por la furia de su amigo, se muestra juguetonamente indulgente con él, como si ya todo fuera perdonable, porque todo fuera como un juego o una imponderable desgracia, o porque toda acción violenta fuera la legítima respuesta a una herida abrumadora, aunque esté equivocada.

Hay en esta película una trama de investigación policial que está perfectamente desarrollada, y que va más allá del suceso actual que es el asesinato de la hija de Jimmy; pero, a la vez, un profundo adentrarse en los sentimientos de unos personajes atrapados en su propia historia, una terrible mirada que los sigue en su dolor, en sus eludidos, forzados o erróneos enfrentamientos. Mystic River nos presenta un entramado de conexiones que revela la ineludible contradicción de unos hombres que se sienten imperiosamente llamados a unos actos que los desmienten en sus buenas intenciones, en los que pesan decisivamente su temperamento y los aún resonantes golpes de su pasado. @mundiario

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