Un mundo feliz, la visionaría predicción de Aldous Huxley

Un mundo feliz tiene muchos aciertos. Esa sociedad evolucionada está constituida por una serie de elementos futuristas, muchos de los cuales hoy no nos parecen nada extraños.
Portada de una antigua edición de "Un mundo feliz", y retrato de su autor
Portada de una antigua edición de "Un mundo feliz", y retrato de su autor

Ese sueño mío, de poder revivir antiguos momentos de mi existencia, casi se puede cumplir a la perfección con la relectura de algunos libros. Es lo que me ha ocurrido con Un mundo feliz, de Aldous Huxley. No las recordaba antes, pero, a medida que iba alcanzando cada una de sus frases, estas me resonaban como si las hubiera leído solo unos pocos días atrás y ahora hubiera vuelto a ellas simplemente para guardarlas en una capa más accesible de mi memoria. El caso es que este libro lo leí por primera vez en julio de 1976 y volví a él una vez más, pero en un momento también muy alejado de este presente.

Me parece recordar cada una de mis emociones, de mis pensamientos, al leer una novela que iba más allá de una ingeniosa distopía. Sin embargo, probablemente, me equivoque en parte, porque algunas relaciones que hago ahora entre aquellas hipótesis y el futuro que nos ha sobrevenido, no podía imaginármelas entonces. Para mí, el personaje de Bernard Marx − ese hombre que habita un futuro lejano en el que los seres están fabricados y programados para una casi absoluta o teórica perfección− significaba la representación de un desacuerdo con el mundo a partir de una sensibilidad singular. Yo me sentía identificado con él en muchos de sus rasgos. Aunque coincidiera con mis congéneres en algunos aspectos de la vida primarios, disentía de ellos en ciertas inclinaciones culturales incomprensibles para quienes habitualmente me rodeaban. Tal vez hoy sea mucho más fácil sentirse minoritario porque puede uno apoyarse en los contactos que pueden proporcionar las redes sociales.  

Si ahora he vuelto a la novela de Huxley, es porque antes había leído un relato precursor, Nosotros (1922), de Yevgueni Zamiatin, que no me había dejado enteramente satisfecho. Tiene sus valores, sin duda, pero le falta la imaginación, los detalles, las explicaciones que pueden proporcionar las debidas sutilezas a una historia que también sucede en un futuro lejano y que tiene sus coincidencias con obras posteriores, como la propia novela de Huxley (1931), o El gran hermano de George Orwell (1948). Esas coincidencias consisten fundamentalmente en la descripción de una sociedad totalitaria, en la que sus miembros son programados o vigilados, no tienen intimidad, obedecen a una ideología que promete una felicidad casi perfecta, basada en un alto grado de sumisión, sin fisuras perturbadoras.

Son abundantes las novelas y las películas que retratan una sociedad futura nada deseable, heredera de la nuestra, que, en algunos aspectos, parece caer en picado hacia su degeneración. Evgeni Zamiatin tenía ante sí la coetánea sociedad soviética, Huxley los albores del consumismo desaforado y la banalización, Orwell también se fijó en la U.R.S.S. Pero muchas llamadas distopías en realidad lo único que hacen es producir escenarios exóticos, situaciones ingeniosas, para el desarrollo de un thriller en el fondo convencional. Esas tres novelas, sin embargo, aportan una visión de la sociedad que iba mucho más allá de lo llamativo, de lo fantasioso, y se convertían en una fábula sobre la forma de concebir nuestra existencia, de tolerar nuestra sociedad.

En el prólogo del ejemplar de Un mundo feliz −este que está empezando a deshacerse en mis manos−, Huxley, años después −en 1946−, dice que se niega a reescribir su novela, pero que, si lo hiciera, cambiaría unas cuantas cosas de su segunda parte, aquella en la que cobra protagonismo el salvaje. No obstante, no me parece que, muchos años después, la historia que inventó, en la que se regodeó para hacer una crítica de su tiempo, haya apenas envejecido en lo esencial. Estamos a un paso de que se puedan fabricar seres humanos a nuestro gusto, la promiscuidad sexual no es obligatoria, pero se da en gran medida sin reparos, los poderes económicos dirigen nuestras apetencias sin que apenas nos demos cuenta, y aquella droga tan perfecta, el soma, ha devenido para nosotros en la forma de los antidepresivos y los ansiolíticos.

Recuerdo que, cuando iba leyendo la novela aquella primera vez, me sumaba a la crítica de aquella sociedad, me horrorizaban la mayoría de sus aspectos, y, sin embargo, tal vez no tenía tan claro mi rechazo a alguna característica suya. No me hubiera parecido nada mal poder adquirir soma en las farmacias o en los bares, o al finalizar la jornada laboral, como en la novela; poder tomarme una pastilla que, de repente borrara mis pensamientos oscuros, de la misma manera que una aspirina arrasaba con mi dolor de cabeza. Pero, claro, sentía en mí una contradicción. ¿Hasta qué punto esa droga no haría que, aunque fuese temporalmente, dejase de ser yo? Tenía que pensar como Bernard, quien rechazaba la invitación de su compañera Lenina a tomarse unas pastillas como bendita solución; la rechazaba escandalizando a esa joven tan atractiva como estúpida. Eso lo tengo hoy mucho más claro que entonces.

Un mundo feliz tiene muchos aciertos. Esa sociedad evolucionada está constituida por una serie de elementos futuristas, muchos de los cuales hoy no nos parecen nada extraños, pues hemos llegado o estamos en camino de llegar a una representación parecida. El que los seres humanos sean fabricados programando en ellos unas características determinadas es hoy algo cada vez más posible, algo que unos nuevos códigos éticos severos tendrán que poder vigilar. Que la masa social esté manipulada para que cada ser humano quede despersonalizado, adicto a una estrategia común de satisfacción en un vacío de aparente abundancia y saciedad, ya lo tenemos aquí. La única diferencia es que eso es hoy algo menos evidente, pues se ha hecho innecesaria la uniformidad en la indumentaria o en algunas aficiones, de tal modo que cada uno se considera libre y singular cuando en lo esencial está conducido por una red de distracciones que anula el genuino pensamiento.

Un mundo feliz repite dos de las principales ideas de Nosotros. Por una parte, la prohibición de la soledad, de lo íntimo, en esa sociedad en la que lo que importa es que sus ciudadanos se consideren componentes de un todo al que supeditan su personalidad. Por otro lado, la pervivencia de una zona salvaje, en la que, fuera de ese nuevo mundo que ocupa la mayor parte de la Tierra, se conservan los ejemplares humanos de la antigüedad, con sus costumbres, creencias y normas. Pero la novela de Huxley es más irónica, da pie a muchas situaciones en las que se crea para nosotros una mirada crítica a esa supuesta perfección, pero también a la sociedad salvaje, en unos diálogos que alcanzan sugerentes niveles filosóficos.

Uno de los grandes aciertos de la novela es que los personajes principales no resultan de una pieza. En ese mundo, los seres humanos pertenecen a una clasificación similar a la de las castas −la de Bernard es la superior, la Alfa plus− y están condicionados para sentirse conformes con lo que son. Así ese Bernard Marx, imperfectamente fabricado, disiente del sistema imperante. No obstante, Huxley no lo dota de las características del héroe, sino que nos lo muestra más bien como un hombre pusilánime, mezquino. Por una parte, debido a ese defecto original, tiene una sensibilidad singular, que le abre los ojos frente a la estupidización de sus compañeros, lo que lo convierte en raro ante ellos, pero superior ante nuestros ojos. En contraposición a este hombre poco virtuoso, pueril, celoso, cobarde, vanidoso, su amigo Hemholtz Watson, también crítico −hasta cierto punto, pues, como veremos, es muy difícil romper con todos los condicionamientos implantados durante años de forma machacona por métodos eficaces como el denominado por Huxley hipnopedia− es un hombre más congruente, más íntegro, y que además tiene la virtud de perdonar los defectos a su amigo. Y luego veremos que tampoco el salvaje John es un modelo de inteligencia o de ética. Lee a Shakespeare, sí, pero se empeña cándidamente en cambiar un mundo que está férreamente protegido por una organización que apenas admite disensiones.

Un mundo feliz es así mucho más que una fantasía futurista − ¡qué horrible la película que se hizo sobre esta novela, nadie más se ha atrevido a intentarlo! −, es una novela de intriga, un tratado de política, de psicología, de filosofía. Todo ello conducido por una prosa que, si bien tiene poco o nada de poética, es muy eficaz, sirve para poner los dedos en las llagas de la problemática principal del hombre, la búsqueda de la felicidad, que, en ese mundo, por mucho que se mientan a sí mismos sus miembros, no está bien solucionada. Las pastillas de soma tienen la virtud de no producir resacas y de trasladar la mente a un panorama exento de sombras, pero, en los intervalos entre las diferentes ingestas, el ser todavía humano regresa a sus preocupaciones. Todas las sofisticadas distracciones a las que tienen acceso −el sexo, la juventud mantenida hasta la prematura y asumida muerte en la sesentena− pueden adormecer las secretas y débiles inquietudes de muchos, pero son incapaces de engañar a quienes todavía conservan atisbos de autenticidad. Ese mundo feliz se parece demasiado a este que nos envuelve, en el que lo principal es presumir de una felicidad impostada, constituida por la ostentación y la fe en un barato entretenimiento. Esperemos no seguir empeorando de forma tan eficazmente propiciada por el diverso entramado del poder. @mundiario

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