Muere el torero Ricardo Ortiz tras ser embestido por un toro en La Malagueta
La muerte no llegó vestida de faena ni anunciada por clarines. Llegó en silencio, entre corrales, en uno de esos espacios donde la tauromaquia muestra su cara más cruda y menos visible. El torero retirado Ricardo Ortiz falleció este viernes en la plaza de La Malagueta, en Málaga, tras ser embestido por un toro durante las labores de enchiqueramiento previas a la corrida programada. Tenía 50 años.
El suceso, ocurrido pasadas las siete de la tarde, deja una imagen difícil de encajar incluso para quienes conocen la dureza del oficio. Ortiz no vestía traje de luces ni estaba en el centro del ruedo. Trabajaba como corralero, una de esas figuras esenciales pero invisibles del engranaje taurino. Allí, en ese territorio de riesgo constante, un toro le propinó una cogida fatal, presuntamente con una cornada cerca del corazón.
La empresa organizadora del festejo, Lances de Futuro, confirmó que el accidente se produjo durante las tareas de manejo de las reses que serían lidiadas al día siguiente. La Corrida Picassiana seguirá adelante, pero el ambiente ya no será el mismo: la tragedia ha marcado de forma indeleble una cita que pretendía ser celebración.
Ricardo Ortiz pertenecía a una estirpe taurina profundamente arraigada en Málaga. Hijo del banderillero Manolo Ortiz, creció entre capotes y plazas. Su carrera estuvo marcada por el valor y una cierta falta de oportunidades. Destacó como novillero y logró momentos de gloria, aunque su etapa como matador fue breve. Aun así, conoció el triunfo saliendo a hombros de La Malagueta, incluso compartiendo cartel con figuras de la talla de José Tomás.
La cara oculta del toreo
La muerte de Ortiz pone el foco en una realidad poco narrada: la de quienes sostienen el espectáculo desde la sombra. Los corrales, los chiqueros, las tareas de manejo del ganado bravo son escenarios de alto riesgo que rara vez trascienden a la opinión pública. Sin embargo, forman parte esencial del rito taurino.
No hay épica en esos espacios, ni música, ni ovaciones. Solo oficio, tensión y peligro. La cogida mortal de Ortiz recuerda que la tauromaquia no empieza cuando se abre la puerta de toriles, sino mucho antes, en condiciones donde el margen de error es mínimo.
Ortiz fue también protagonista de episodios controvertidos. En 2002, su nombre saltó a los titulares tras ser condenado a tres años y medio de prisión por un delito contra la salud pública. Aquel episodio marcó un punto de inflexión en su vida, alejándolo aún más de los focos y condicionando su trayectoria posterior.
A pesar de ello, nunca rompió del todo con el universo taurino. Como muchos toreros que no alcanzan la cima, encontró su lugar en los márgenes, en ese ecosistema donde la pasión por el toro sigue siendo el motor principal. @mundiario

