Metralla, de Jesús Zomeño, una antología ampliada de sus impresionantes relatos

Metralla.
Metralla.

Lo relatos de Jesús Zomeño nunca defraudan, siempre se sostienen sobre un denso armazón, están pronunciados con implacable solvencia, construyen terribles dimensiones del mundo.

Metralla, de Jesús Zomeño, una antología ampliada de sus impresionantes relatos
En Metralla,  (Alud Editorial), encontramos una antología de los relatos que Jesús Zomeño ha venido ubicando en el entorno de la Primera Guerra Mundial, y que habían aparecido en cuatro volúmenes, sobre el tercero de las cuales, De este pan y de esta guerra, que fue posteriormente Premio de la Crítica Valenciana de 2017, hablé en su día. Además de los ya publicados —aunque ahora revisados para esta edición por el autor—, entre los veintinueve que integran este libro, podemos hallar seis inéditos. 

No estoy seguro de si a menudo queda explicitado, pero siempre he dado por supuesto que en los cuentos bélicos de Jesús Zomeño nunca escampan unas nubes escasamente traslúcidas. Leyéndolos se siente la humedad, la incomodidad que les pesa a los personajes, el cansancio que los atenaza, que urge una claudicación, así como el puntual desalojo de la piedad. Esta tristeza opresora que recorre el libro no excluye, sin embargo, una numerosa ocasión para el humor negro. También, a veces, tiene cabida la inserción de lo poético, aunque sea como minoritaria oposición.  

La escenografía de estos cuentos se despliega por toda la Europa afectada por el conflicto, pero también, en alguna ocasión, se desplaza a países neutrales, como Suecia o la India. Solo muy raramente interviene en la narración algún hecho puramente bélico. Lo que se describe es el sentir de unos hombres atrapados en una situación extrema, en un entorno hostil, altamente exigente de una nueva adecuación a la existencia. Los motivos de esa inmersión en lo trágico apenas se sienten: “Los alemanes salen de su trinchera y avanzan. Al primero lo mato en un alarde de geometría perfecta. No hay odio alguno…” O como también en ese cuento, La guerra del soldado Marcel Galliard, en el que un sargento tiene que esforzarse para motivar a su soldado, para inducirle al odio necesario para su asesino cometido.

En Hablemos de la belleza, el narrador hace una semblanza irónica, cáustica, perversa, de los diferentes soldados, en sus momentos más desaforadamente dramáticos, más obscenamente vividos. En la gran mayoría de los relatos, la narración de los protagonistas es decididamente procaz. Untan las palabras en las múltiples llagas que va generando el tiempo atroz en el que han sido insertados. Sus explicaciones siempre están tachonadas de imágenes sorprendentes, en una singular poética, como las vertidas en Naranjas: “Tenía los pechos pequeños, demasiado pequeños para una historia importante”. “Mi corazón oscuro precisaba de sus manos”. “Se hizo transparente el agua del cubo cuando le dije que la amaba”.

No hay maquillaje ninguno en la descripción de lo horrendo. No se evitan las zambullidas en lo macabro. Los muertos son ya objetos cotidianos. “Me preguntó por Sophie, pero preferí no entrar en detalle y le contesté que bien, aunque la policía acababa de llevársela a la morgue”. Los personajes se diferencian bien por las distintas situaciones que afrontan y le sirven al autor para incidir en la temática de la guerra desde ángulos distintos que van completando una visión profundizada y diversa. Se habla de lo que más próximamente sienten, de su mundo interior abierto de par en par a los duros acontecimientos mundiales. Si divagan por los exteriores del presente, no es para eludirse a sí mismos sino para confrontar su actual existencia con los desvirtuados restos de su memoria. No se sobrevuelan con eximentes sentimentalismos. Lo que profieren es el discurso de una sabiduría transgresora que podría soliviantar a los ilustres predicadores de las teorías de la humanización. La suya es una visión tan descarada como triste, un relato de su avance por la sucesiva oscuridad que impone el tiempo funesto, por las dolorosas pero afrontadas revelaciones. El lúgubre cariz de los relatos está magníficamente expresado en los dibujos de Miracoloso.

El tono de estos personajes es el del que dicta una espeluznante confesión en la que la culpabilidad ha sido previamente descartada por un defecto de la existencia. La guerra subvierte las relaciones. La mujer ocupa papeles inopinados. La promiscuidad, la infidelidad, se tornan medidas de emergencia, socorros que sustituyen las ensoñaciones imposibles. Todo está trastrocado. Se inhabilita lo lacrimógeno y se instala una brutal legitimación. El pudor, lo contemplativo, quedan en suspenso. Lo que toca es asumir los reveses con el ejercicio de la costumbre, con el asentimiento a una extraña coherencia paliativa.

Lo relatos de Jesús Zomeño nunca defraudan, siempre se sostienen sobre un denso armazón, están pronunciados con implacable solvencia, construyen terribles dimensiones del mundo a las que asomarnos con la determinación de no acabar demasiado afectados. En rigor, tal vez salgamos indemnes, pero, de alguna grave manera, duraderamente impresionados por estas siniestras historias que nos hablan del abrumador suceso de la guerra, sobre su fuerza para quebrar la dirección de cualquier existencia. @mundiario

Metralla, de Jesús Zomeño, una antología ampliada de sus impresionantes relatos
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