Luces, cámara... apagón: el despropósito eléctrico que manchó Mad Cool

El festival Mad Cool, uno de los mayores eventos musicales de España, arrancó su edición con un bochornoso fallo técnico que dejó sin sonido a dos de sus actuaciones más esperadas: Gracie Abrams y el legendario Iggy Pop.
Pantallas anunciando el problema en el festival Mad Cool 2025. / @patri_carril.
Pantallas anunciando el problema en el festival Mad Cool 2025. / @patri_carril.

La música, por muy vibrante que sea, necesita electricidad para cobrar vida. Y cuando esa energía desaparece, el espectáculo no debe continuar, porque lo que queda es la frustración colectiva de miles de personas que han invertido dinero, tiempo e ilusión en una experiencia que prometía ser inolvidable... por razones distintas a las que terminó siéndolo. Eso fue exactamente lo que ocurrió en la jornada inaugural del festival Mad Cool 2025, celebrado en el recinto Iberdrola Music en Madrid, donde dos apagones consecutivos dejaron sin sonido a dos de los conciertos estrella: el de la prometedora Gracie Abrams y el del incombustible Iggy Pop.

Abrams, nueva musa del pop íntimo y emocional, debutaba en el Mad Cool con una actuación que ilusionaba a miles de jóvenes seguidores. Pero justo cuando interpretaba Mess It Up, el título pareció premonitorio: el escenario principal se quedó mudo. La joven artista, en un gesto admirable, se quedó sola sobre el escenario sin micrófono ni amplificación, intentando animar al público a capela mientras sus músicos abandonaban el set. Fue un momento incómodo, casi simbólico de lo que no debe ocurrir en un festival que presume de primer nivel: el abandono técnico y la ausencia total de explicaciones por parte de la organización. Durante veinte largos minutos reinó la incertidumbre y, aunque la electricidad volvió, ya no hubo tiempo para recuperar su show.

Pero lo más inaudito vino después, cuando el mismísimo Iggy Pop, icono del rock salvaje y eterno rebelde de los escenarios, estaba a punto de arrancar su actuación. El veterano artista apareció con el torso desnudo, fiel a su estilo, pero justo antes de cantar, la energía volvió a fallar. La escena rozaba lo surrealista: un Iggy Pop dispuesto a rugir sobre el escenario, interrumpido por un silencio involuntario y prolongado que congeló el ambiente. Con humor al principio, pero visiblemente molesto después, el músico se marchó del escenario. Regresó minutos después, volvió a fallar la corriente, y el festival se limitó a proyectar mensajes genéricos en las pantallas pidiendo paciencia. Veinticinco minutos después, el recital pudo comenzar, aunque más corto de lo previsto.

En total, dos de las actuaciones más esperadas del cartel se vieron afectadas por fallos técnicos elementales. Y lo más preocupante no es solo el error técnico en sí —que puede ocurrir en cualquier evento—, sino la absoluta falta de respuesta profesional: ni comunicados oficiales durante los cortes, ni soluciones rápidas, ni siquiera una disculpa formal a la audiencia o a los artistas.

La organización de un festival como Mad Cool implica una logística compleja, desde la seguridad y el sonido hasta la coordinación con artistas internacionales. Pero si falla lo básico —el suministro eléctrico y la capacidad de respuesta ante un problema—, todo el andamiaje tambalea. No basta con traer nombres de relumbrón ni vender 50.000 entradas si luego no se garantiza la experiencia mínima que se espera de un evento de esta magnitud. Y menos aún si el público, que ha pagado una entrada considerable, se siente ignorado.

Lo ocurrido en esta primera jornada no es un simple tropiezo: es un síntoma. Un síntoma de una organización más volcada en el marketing y en el volumen que en la calidad real del espectáculo. De un modelo de festival que ha crecido demasiado rápido sin reforzar sus estructuras básicas. Y de una desconexión alarmante entre promotores y asistentes. Porque si un festival de esta envergadura no puede garantizar luz en sus escenarios principales, lo que está fallando no es la técnica: es el concepto mismo de profesionalidad.

Mad Cool aún tiene por delante varios días de programación. Ojalá este arranque accidentado sirva de lección. No solo para reestablecer protocolos de emergencia y supervisión técnica, sino para replantear la relación entre organización, artistas y público. Porque la música, cuando se apaga, revela mucho más que un fallo eléctrico: muestra hasta qué punto se ha priorizado el negocio por encima de la experiencia. @mundiario

Comentarios