La labor del intelectual

Intelectual. Pexels.
Intelectual. / Pexels.
La labor del intelectual debería estar siempre cimentada en la crítica y no en la complacencia, en la sana disidencia y no en el convencionalismo, pues para cantar el coro de la satisfacción está la sociedad ingenua.
La labor del intelectual

Primero definamos brevemente qué es el intelectual. Para ello, combinaré las definiciones que dos intelectuales dan sobre este término. El filósofo Felipe Mansilla, por una parte, dice que el intelectual es un individuo —cuyo antecedente más lejano podría encontrarse en los profetas de la Biblia— que tiene la misión de deshacer entuertos y denunciar extravíos de un determinado colectivo. El sociólogo Salvador Romero Pittari, por otra parte, indica que el intelectual es una persona que, aparte de estar dotada de un bagaje erudito y un relativo ingenio, ejerce un magisterio moral. O sea, que debe ser ético y honesto (pues hay casos en que un hombre reúne erudición e ingenio, pero no abraza códigos éticos).

A esas dos definiciones, yo agregaría la del poeta Victor Hugo, que dice que el intelectual es aquél que alumbra la marcha de los pueblos con la luz de su pensamiento. De este modo, tenemos que un intelectual es —o debería ser— una persona ética, ingeniosa y dotada de un bagaje cultural, que asume posturas críticas respecto a una determinada realidad o contexto cultural o social y que, finalmente, tiene la misión de iluminar con sus ideas el camino de las sociedades.

Los intelectuales tuvieron antes mucha más influencia que hoy. Hasta principios del siglo XX su voz era muy significativa. Todo cambió cuando se iniciaron aquellos fenómenos llamados cultura de masas, revolución tecnológica, consumo masivo e inmersión de las masas en la actividad política, fenómenos que banalizaron la información y los productos culturales y que fueron estudiados por los filósofos de la Escuela de Frankfurt y el historiador Eric Hobsbawm. A esos fenómenos se sumaron las corrientes de pensamiento y arte relativistas, que hicieron creer a las personas que cada cual podía tener su propia verdad y que toda certeza debía ser objeto de cuestionamiento.

La labor del intelectual debería estar siempre cimentada en la crítica y no en la complacencia, en la sana disidencia y no en el convencionalismo, pues para cantar el coro de la satisfacción y la alegría están la sociedad ingenua y los políticos oportunistas o vacíos de ideología. Es por eso que muchas veces —sobre todo en las sociedades conservadoras y arraigadas en las tradiciones malas y perniciosas para el desarrollo, como las latinoamericanas— el intelectual “cae mal” o incomoda. Ahora bien, esta incomodidad no solo se produce cuando el intelectual trabaja en los campos de la política, la religión o la sociedad (como fue el caso de Alcides Arguedas), sino también cuando ingresa en los campos estéticos y artísticos, marcha a contracorriente de las modas comerciales del momento y revaloriza un arte excelso del pasado muy lejano (como fue el caso de Franz Tamayo).

El intelectual debe asumir posturas reflexivas, críticas y edificantes. Y además debe ser audaz. Pues de poco sirve una persona ingeniosa, erudita y ética, pero carente de coraje para criticar y enfrentarse a los desvaríos de los actores sociales o la sociedad en su conjunto. Ciertamente muchos ilustrados inteligentes de nuestro medio no hacen esto; ya sea por ambiciones políticas, ya por no quedar mal con unos u otros, callan ciertas cosas que deberían ser dichas por su pluma o su boca. Son pacatos. Y entonces su magisterio se reduce a una mera labor de comentaristas tibios. Hay también de aquéllos que venden sus plumas o sus voces a un partido o una situación, y entonces su cualidad ética queda a la deriva, despojándose ellos mismos del honor de ser intelectuales. Un día, por ejemplo, podrían escribir en tono encomiástico la biografía de un magnate capitalista, y al día siguiente una laude de un partido de izquierdas.

La sociedad debe entender al intelectual. Con esto no me refiero a que debe entenderlo solamente en cuanto al fondo de su pensamiento, sino, sobre todo, a que debe entender la labor que cumple en la sociedad. Cuando, por ejemplo, lanza críticas incómodas, acaso incisivas, hacia una persona, movimiento social o partido político, pero críticas bien fundamentadas, no está en contra de la persona, movimiento o partido como tal, lo está contra el efecto que ellos tienen en la realidad. Es entonces cuando está haciendo lo que debe hacer en este mundo. Ésa, y no otra, es su labor. @mundiario

 

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