Juana Castro y la herencia de los ancestros como una forma de épica

Escribe Juana Castro: "Hay en algún lugar de la memoria una niña con trenzas y sombrero que abre los ojos grandes a un mayo de posguerra".
Antes que el tiempo fuera./ Hiperión
Antes que el tiempo fuera./ Hiperión

Hay libros que llegan para quedarse. Hay libros que conmocionan por su elevado nivel de reflexión y búsqueda de la trascendencia, que, en esto último consiste la poesía, pese al imperativo de las modas y del todo vale. Antes que el tiempo fuera (poesía Hiperión) es un testamento que Juana Castro deja como baluarte de lo que es la existencia para una estética que ha madurado definitivamente hasta encarnar una visión irremplazable. Casi nada. Este poemario es de esos libros que demuestran que la poesía no es literatura, porque va más allá del extrañamiento: "El mar./ El mar y su placenta/ resonada en zarcillos,/ el eco que perdura/ las mil revoluciones del vinilo/ quimérico y celeste y genealógico" (pág. 17)/ "Y ríe con la risa/ de tus dos parentelas./ Las que trenzan el mundo/ y amasan flor de harina/ con sus dedos azul mediterráneo./ Las que peinan el oro y las leyendas/ al caer la tarde, sentadas/ al umbral de los musgos/ y los abrevaderos" (págs. 19-20).

La existencia en sí; con sus claroscuros, sus meditados momentos de soledad, su horror incontenible, sin obviar el paradigma de los recuerdos como un asilo en el que la escritura encuentra su lugar, un sentido que, en este caso, es un tributo a su madre, a los suyos, a la hija que fue, a esa naturaleza severa de los campos y los albañales. A los recuerdos debe Juana Castro una escritura que no se apiada de la incertidumbre del presente a través de las bonanzas inventadas del pasado, recurso del que se tira en demasiadas ocasiones en poesía. Aquí lo que se construye es un relato épico, desde los orígenes del mundo hasta las manos de una madre, manos que mecen un cántaro: "La soledad del mundo, madre mía,/ esta lluvia batiendo mis portones,/ pero yo soy anfibio, me desangro/ de mordedura y forma,/ con el peso cautivo/ de una estrella en el agua." (pág. 61).

Lo universal se proyecta en los detalles minúsculos que definen y defienden la semántica de las costumbres, su tangibilidad efusiva, su deprimida consistencia con la caducidad y su latente invocación pese a la extinción de sus protagonistas. Porque Juana Castro no pretende otra cosa que vincular poesía a sabiduría; a esa sabiduría que proviene del descubrimiento de los ritos que, más allá de los oficios de la casa, también existen en los paisajes que se desmoronan o se elevan con el fulgor del estado de ánimo de quien los contempla: "En medio de la siembra un hombre solo/ pedalea hasta el beso,/ tres,/ tres horas de alforja y bicicleta,/ mi madre, luna arcaica nutricia". (pág. 67).

No hay mirada en este poemario. Hay contemplación, esto es, una clase de aprehensión de la vivencia y los avatares a través de una poesía que demuestra sin ambages la dureza de vivir con el lastre de la escasez, pero a expensas también de una inocencia que fluye sin miramientos de madre a hija, del dolor al alivio, del parto a la muerte, de la ausencia a la incisiva penetración de una escritura que ha de reconfigurar la realidad, no como es para los sentidos, sino como es a partir de los sentidos: "Vuestra madre/ la vieja cefalópoda sin remos/ sólo sabe llenaros el mantel/ colmaros la boca la despensa/ daros pan y viático." (pág. 66). La palabra es fármaco. La palabra como experiencia sublimada por medio de lo que Juana Castro concibe como única forma de supervivencia: la contemplación a través del desamparo y la orfandad. La ausencia materna corrige el mundo, lo pule, lo depura, lo aleja del sentimentalismo  en el caso de poemas como "Maná" o "Señoread la tierra". Y, para eso, Juana Castro se vale del material mítico que revelan los poderes simbólicos del chamán: "Vengo de enterrar el cuidado tan limpio/ con que herví las ocho manitas/ de dos cerdos purísimos/ mis manitas tan pálidas/ como niños ahorcados detrás de los arroyos" (pág. 71). El ciclo de las cosechas, la eternidad de los fósiles o las pinturas rupestres residen en esa concepción híbrida de lo poético: la subjetividad no está reñida con la rotundidad del universo, con su expansión, con su inquebrantable destino hacia la duda.

Desde el punto de vista del estilo, Juana Castro responde a esa nómina de autores transgeneracionales que dominan toda clase de registros. Pienso en Angelina Gatell, Ernestina de Champourcín o en el propio Brines. En Antes que el tiempo fuera, Juana Castro demuestra su voz formada, sólida e inimitable, cuya esencialidad no solo parte de esa concepción chamánica de lo cotidiano, sino de la frescura y versatilidad que su dominio de este oficio le permite; desde el uso arcaizante de diversas voces hasta esa fusión del costumbrismo con las vanguardias: "Llorad/ llorad con ella/ la manca/ la manca del puchero y el dolor" (pág. 66). Y aquí se queda conmigo, este libro, como un ejemplo de escuela de la que aprender. Una cura de humildad para aquellos que nos lanzamos a escribir. Aquí empieza la historia personal de una autora que no puede desvincularse del oprobio ni de las bondades que su familia ha ido grabando sobre piedra caliza. La memoria es un fósil que permanece como si tal cosa, subterráneo, fundido con el polvo y el fango del que están hechas tantas cosas que empujan hacia el vacío. @mundiario

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