Joan Margarit, la épica del recuerdo en su poemario Un asombroso invierno

Un asombroso invierno./ Visor
Un asombroso invierno./ Visor

"Ha comenzado ya la auténtica tragedia. Ahora ya no puedo admitir más mentiras y la verdad no es más que sencillos deseos de cuando ella vivía", escribe el poeta en "Futuro".

Joan Margarit, la épica del recuerdo en su poemario Un asombroso invierno

Y sigue ahí como un instante, como muchos instantes. Indentifico la poesía de Margarit con la de Manrique, al que dedica un poema en Un asombroso invierno; una forma quizá de autojustificarse. ¿De qué? Del recuerdo como despojo de lo vivido, un lugar común en el que la caducidad y lo efímero se materializan en palabras, pese a que el propio Margarit reconoce lo inútil que resulta la escritura como forma de permanencia.

Editado por Visor, si algo caracteriza a Un asombroso invierno es la soledad que deja el recuerdo como manera de estar en el mundo, como pulsión creativa, como conciencia de reconocer una y otra vez nuestra finitud.

Como si el tiempo arrasara con todo cuanto vive, al poeta solo le queda la escritura como asidero en el que subsistir; siempre, claro está, bajo la desazón de imágenes y momentos que ya no le pertenecen si quiera. Involuntariamente, Margarit se deja llevar por la elipsis, por el fragmento, por el instante dentro de otro instante, por un intento banal de recuperar aquello que ya no se puede, porque lo que acabó regresa con otro sentido, bajo el lastre o la dicha de otras vivencias, de otras lecturas, de otras ausencias que definen y re-definen los contextos en que se escribe cada poema.

"Abstracta y disonante,

me empuja a irme: es

la seducción final de la esperanza.

Beethoven sordo

me ayuda a rechazarla.

Porque el presente se ilumina aún

como un diamante enorme hecho de tiempo

en el que ya no estoy" (pág. 87)

Y, sin embargo, sigue ahí, el asombro frente al invierno que es una resonancia física del recuerdo, de lo entregado, de aquello que se ha vuelto ajeno para ser redescubierto, nuevamente inédito y, por tanto, cargado de todo asombro.

Barcelona, Altamira, el cuerpo de una mujer, las calles, una conversación, el barrizal de las Coplas, un portazo, una cuadra, Kavafis, entre otras tantas cosas, reproducen esa sumisión a una letanía que no se sabe bien dónde o cómo comienza, pero que está ahí, en un proceso de análisis personal que el poema convierte en un evento colectivo, en un suceso que nos anima a descifrar nuestras propias emociones, habitando espacios y momentos que las encarnaron y que ahora regresan a nosotros completamente alteradas. Pero todavía identificables. Como si, en el reposo de las palabras, en el mantra de los versos, residiera todavía el hálito de su inmediatez.

A veces sucede que lo que parece acabado se torna nuevo, joven, rebosante de matices. Margarit lo logra en este poemario, pues la desesperanza del recuerdo, por su condición de finitud, pasa a ser un horizonte de expectativas abigarradas, un futuro tan intrigante como severo.

Y, aunque no lo parezca, esa severidad y esa intriga no dejan de ser seductoras, pese a su cariz de muerte, de extinción total, de desaparición de la conciencia. Margarit consigue solo lo que los grandes poetas saben hacer: la muerte, su desahucio sentimental, su agresividad inminente, su "estar ahí" en pensamiento y en obra, se torna en una clase de aceptación. La lectura de poemas como "Fotografía de una niña" o "De senectute" inspiran, pese a la crudeza de su mensaje.

La resignación a morir no deja de ser una proyección de nosotros mismos en el futuro, con nuestras enfermedades, con nuestros vestigios de erosión consumada, con nuestro desaliento, inseparable, sin embargo, de una serena y enfermiza complacencia donde no hay temor. Porque no puede haberlo. Y algo así no deja de ser hermoso. Inevitablemente hermoso.

"Somos tú y yo esta carretera.

Ninguno de los dos alcanzará a saberlo,

pero muy pronto, en el horizonte,

ya estaremos en casa para siempre" (pág. 47)

pero muy pronto, en el horizonte,

ya estaremos en casa para siempre" (pág. 47)

Joan Margarit, la épica del recuerdo en su poemario Un asombroso invierno
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