El hotel del millón de estrellas

homeless
La vida en un banco, un fantasma del inframundo ante nuestros ojos. / Andrés Ruiz

Algunos días, el banco está vacío. Pero el tiempo pasa, y el hombre aparentemente dormido siempre regresa para permanecer inmóvil, ajado, decrépito. Como un fantasma del inframundo que no queremos ver.

El hotel del millón de estrellas

Lo veo cada mañana en torno a las 7:30, aparentemente dormido entre las primeras remesas de viajeros que llegan a la estación. Para las decenas de trabajadores desplazados que convergen a diario en Santiago es la primera imagen de su jornada laboral, pero desde que ocupó el banco más próximo a nuestra dársena (hace ya más de un año), nadie parece haber reparado en él; son tan sólo un par de minutos hasta el cambio de autocar, así que prevalece la indiferencia: conductores, viajeros, empleados de la estación... todos vemos, y todos callamos. Ponemos en orden la lista de tareas del día y desaparecemos entre las prisas, el ruido, la lluvia o el frío.

Algunos días, el banco está vacío («cuando el invierno arrecia se procura un refugio mejor», pienso); pero el tiempo pasa, y el hombre aparentemente dormido siempre regresa para permanecer inmóvil, ajado, decrépito, como un fantasma del inframundo que no queremos ver. Nada ha cambiado desde el primer día, y todo cuanto he podido hacer por ayudarle ha sido enviar un mensaje de alerta a los Servicios Sociales de la Xunta y el Ayuntamiento. No es gran cosa, lo sé, pero tampoco he recibido respuesta.

Quizá lo hayan intentado. He escuchado historias sobre la dificultad de tratar con personas de la calle, o sus supuestas negativas a la hora de aceptar ayudas más allá de una urgencia vital; y muchas serán ciertas. Sin embargo, el argumento de la insurrección social difícilmente puede explicar más que una parte del problema, aunque sí plantea una duda razonable cuando nos servimos de él para sortear las preguntas incómodas que nadie quiere oír.

Reconocemos el drama con facilidad, pero a menos que nos toquen de cerca, las desgracias ajenas no alteran nuestro equilibrio. En las estaciones o las bocas de metro, bajo los cartones, en los cajeros automáticos o a las puertas de los supermercados, las vidas truncadas restriegan su derrota ante nuestros ojos con dolorosa frecuencia, haciéndonos sentir culpables de un sistema de cobertura social que quizá no sea tan injusto, después de todo, pero que se ha revelado incapaz de interpretar adecuadamente las causas de la pobreza estructural que escapan a las previsiones de los expertos. Entretanto, promovemos y amparamos a gobernantes que apuestan por gestionar las crisis humanitarias al grito de «tú la llevas», agravando la tragedia de familias enteras de refugiados en el umbral de una Europa sin corazón: una Europa fría y calculadora, en la peor caricatura de sí misma.

Claro que, aunque a menudo la exclusión social se salpimienta en los despachos, tampoco sería justo atribuir toda la culpa a los acomodados burócratas encargados de certificarla. Al fin y al cabo, como resumía el periodista Lois Blanco en una demoledora frase publicada hace años, con cada norma, ley, precepto, acuerdo o tratado no defienden únicamente sus privilegios, sino también los nuestros («por eso no debería haber leído esto; porque lo que ayer aprobaron sus señorías del Parlamento Comunitario es lo que quieren europeos como usted»).

 

Vídeo de En un hotel de mil estrellas.

 

A mediodía, cuando los relojes anuncian el final de la jornada y las prisas regresan a la nave de San Caetano, el hombre ajado y decrépito acude puntualmente a su cita con las fugaces vidas ajenas que le rodean, si es que en algún momento abandonó la estación. Ha cambiado de banco y sostiene lo que parecen los restos de un habano entre sus dedos cuarteados, con los ojos entreabiertos, en una extraña mueca que sólo una mirada optimista podría interpretar como sonrisa. Mañana, cuando regrese, seguirá allí; y todo continuará igual hasta que algo o alguien lo lleve de nuevo a la calle: al ‘hotel de mil estrellas’ en el que un día acabó, huyendo, quizá, también de algo o de alguien; abandonando una familia, o renunciando a ella para siempre; engullido por una noche llena de tristezas donde, como en la canción, la vida se apaga lentamente en soledad, durmiendo en la calle, cerca de tu casa.

Dicen que un hogar sin amor no es un hogar, sino una fonda. Y en la mayoría de los casos, una prisión. Qué mayor condena que una vida en ausencia de ambas cosas.

 

 

El hotel del millón de estrellas
Comentarios