Los hijos de la calle en Como la espuma sucia, de Ana Vega Burgos
Próximo a los acontecimientos nimios que construyen las realidades de los espacios privados, el poemario Como la espuma sucia (Hiperión) revisa fragmentos de un pretérito que el lenguaje sublima. A partir de una especie de crisol de percepciones, lo ordinario se inviste de una clase de aflicción, de resignada mirada a un tiempo que, si bien no va a regresar, sigue nutriendo la mirada con la que la escritora indaga.
Las afueras, las alcobas, las camas, los escritorios, la calle, el alcohol, la desnudez de los cuerpos, las luces titilantes, cigarrillos, la piel, por ejemplo, son algunos de los símbolos que Vega Burgos utiliza para redescubrir sin tibieza los momentos de una juventud que sostenía la rebeldía como único ideal: "Tras los cristales ojos, bocas, sueños, vida, resignación, mentiras, pérdida" (pág. 33). Me fascina ese interés de Vega Burgos por recomponer el mundo a través de lo objetual.
El detallismo supera lo anecdótico para profundizar en la traición a la infancia, en el desamor y en la celeridad con que sucedía todo antes de que la escritura marcase el ritmo de un tiempo, de otro tiempo, ajeno a la impulsividad y a la euforia de la inmediatez. Así era ser joven. El futuro no existía, se intuye de algunos versos de Como la espuma sucia. Y es cierto que el poema no adolece de vigor porque el presente se nutre de ese idealismo del que no puede escapar Ana Vega, pese a la zafiedad, el descaro, la ansiedad y lo espontáneo de los encuentros, de algunas amistades.
Sin embargo, no hay un aura de nostalgia que me obligue a añorar lo que ya se ha vivido con amargura en ocasiones y, en otras, con una dicha inflamada de buenas intenciones: "Pero un día olvidaré que me supiste amargo/ y que la luna estaba gros como la tristeza/ y recordaré solo que aquella madrugada/ eras tú,/ fuiste tú,/ y/ me besaste". (pág. 25).
Ese paso de los años está marcado por un ritmo interior que el verso, con inteligencia y agudeza, preserva, pese a los encabalgamientos abruptos, pese a un intento de romper con la armonía estructural, como si así se quisiera expresar la zozobra de una emoción que, a pesar de permanecer contenida, no escapa a la volubilidad y al ímpetu de quienes creían que podían cambiar el mundo: "Nos sobraban los libros y los padres/ --qué pena--./ Solo queríamos tiempo: tiempo para vivir a bocanadas grandes,/ borracheras de vida que vomitamos ahora." (págs. 35-36).
No hay una actitud conmiserativa hacia aquellos años; no hay una voluntad de regresar a aquella Arcadia. Lo que manifiesta Ana Vega es que aquel pasado es testimonio de una realidad que se movía entre la fascinación por lo desconocido y la autodestrucción al averiguarlo: "De tu suelo nacimos,/ aplastados los tallos,/ y hacia ti desnacemos con los vientres de invierno./ Todo pasa cerrándose como cierra la vida./ Solo tú, calle oscura, permaneces abierta" (pág. 15)
La vanguardia y el modernismo van obrando en la elaboración de esa textura que no cede a otras estéticas a lo largo del poemario, lo que consigue reforzar esa unidad temática, describiendo así el mal sueño de la adolescencia, el amor sin compromiso, los siete pecados capitales que transitaban de los espacios públicos a las habitaciones, y viceversa: "Solo nos abrazaban las candelas de enero,/ el recuerdo oxidado del agrior de cerveza,/ el cigarrillo aquel de mano en mano/ y acordes desfondados/ de la vieja guitarra de Rosendo" (pág. 18) ¿Para qué acordarse de todo aquello? ¿Por qué no renunciar a aquella etapa de inmadurez lastrada por los hábitos nocivos?
Lo necesita.
Ana Vega lo necesita. Porque aquella complejidad de mundo constituía el rito iniciático para sobrevivir en una realidad dispar y enfebrecida, el principio de una literatura, el atisbo de un sentimentalismo iracundo que luego la experiencia y los desengaños limarían hasta aquietarlos. Nadie puede renunciar a lo que ha sido, aunque ahora sea incapaz de verse reflejado: "Vibran llenas de vida,/ aunque creamos ser/ muertos que andan autómatas/ con las pilas cansadas./ Arden los pies,/ los ojos,/ el futuro,/ etílicas burbujas nos despegan del suelo/ apenas levitando,/ apenas los centímetros precisos/ para volver mañana/ sin perder la sonrisa en el regreso a casa,/ sin cortarnos las venas en el baño, (...)" (págs. 29-30).
No se puede cambiar lo que se hizo. Lo que fue. Ni tampoco es preciso. Pero la escritura tiene ese mala costumbre terapéutica de querer curar las heridas. Pero, en esa trampa, no ha caído Ana. Las cosas están claras. Ni siquiera el lenguaje puede devolvernos los accidentes y los amores. Porque "qué tarde es, a veces, para cambiar ya nada". @mundiario