El Gobierno prohibirá la IA generativa en la cultura si sustituye a artistas y técnicos
La inteligencia artificial ya no es una promesa futurista ni una amenaza abstracta: es una presencia cotidiana que escribe, dibuja, compone y actúa. Y precisamente por eso, porque ha dejado de ser ciencia ficción, la cultura ha reaccionado con una mezcla de fascinación y miedo. Para muchos creadores, la IA no ha entrado como una herramienta, sino como un intruso: uno que aprende de millones de obras ajenas y amenaza con ocupar puestos de trabajo reales. En ese contexto, el Gobierno ha decidido trazar una frontera clara. La IA generativa no tendrá carta blanca en el sector cultural si su uso implica sustituir a artistas y técnicos humanos.
La medida forma parte del real decreto que prepara el Ministerio de Trabajo y Economía Social para actualizar una regulación laboral que llevaba anclada en 1985. El texto, que inicia ahora su fase de audiencia pública, asume que la digitalización es irreversible, pero también que no puede hacerse a costa de vaciar de contenido el trabajo creativo. El mensaje político es nítido: la innovación no puede avanzar atropellando derechos. Y menos aún en un ámbito, el cultural, marcado por la precariedad y la intermitencia.
El planteamiento del Ejecutivo no es prohibir la inteligencia artificial en bloque, sino condicionar su uso a una serie de límites estrictos. La IA generativa solo podrá emplearse si se explicita en los contratos, se restringe a una obra concreta, no sustituye el trabajo humano y se limita a modificaciones no sustanciales. Todo lo que vaya más allá quedará prohibido, salvo acuerdo expreso con los afectados y una retribución justa. En otras palabras: la tecnología podrá ayudar, pero no reemplazar.
El debate no es solo técnico o jurídico, sino profundamente simbólico. Lo que está en juego no es únicamente quién cobra, sino quién crea. Si una voz sintética puede doblar una película sin un actor detrás, o un algoritmo puede prolongar el guion de una serie sin guionistas, ¿qué queda del oficio? El Gobierno responde con una idea que atraviesa todo el decreto: la cultura no es un banco de datos, sino trabajo humano con derechos.
Cuando la IA deja de ser herramienta y se convierte en sustituto
El corazón del texto está en el artículo que regula la IA generativa. La intención del Ministerio es impedir usos hoy técnicamente posibles pero socialmente explosivos: reproducir la imagen de un actor en una producción posterior sin su participación, clonar la voz de un doblador o entrenar sistemas con guiones para seguir explotando una franquicia sin sus autores. Son escenarios que ya no pertenecen al futuro, sino al presente, y que explican la dureza del enfoque.
La clave estará en qué se considere “modificación no sustancial”, un concepto jurídico que promete disputas. Pero el espíritu de la norma apunta a una defensa clara del empleo creativo frente a la automatización salvaje.
Ahora bien, el decreto también aborda otro frente sensible: la producción de contenidos por menores en redes sociales. El Gobierno plantea que solo puedan trabajar como influencers o youtubers a través de una relación laboral formal, con una empresa responsable y límites estrictos de horarios y protección educativa. Se busca evitar una explotación normalizada bajo la apariencia de juego o fama temprana, y homogeneizar las reglas en todo el territorio.
Intimidad, violencia y una cultura que se profesionaliza
Más allá de la IA, el texto consolida cambios que apuntan a una transformación profunda del sector. Será obligatorio contar con coordinadores de intimidad en producciones con escenas sexuales o íntimas, se acelerarán los protocolos contra violencias y se reconocerán como jornada laboral actividades históricamente invisibles, como ensayos o promoción. También se exigirá que los derechos de autor figuren claramente en nómina.
Este movimiento se inscribe en el largo camino del Estatuto del Artista, aprobado en 2018 y todavía incompleto. Ocho años después, siguen pendientes reformas fiscales, cuotas de autónomos adaptadas a la intermitencia o el reconocimiento de enfermedades profesionales específicas. La negociación continúa y el reloj corre. También para la IA. @mundiario

