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MUNDIARIO

Simbolismo en el poemario Dondequiera que vague el día, de Ada Soriano

Al leer el nuevo poemario de Ada Soriano, uno se siente rebasado por la sutileza de una voz que reivindica la transcendencia del sujeto.

Simbolismo en el poemario Dondequiera que vague el día, de Ada Soriano
Dondequiera que vague el día, poemario de Ada Soriano./ Ars Poetica.
Dondequiera que vague el día, poemario de Ada Soriano./ Ars Poetica.

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Manuel García Pérez

Manuel García Pérez

El autor, MANUEL GARCÍA PÉREZ, es doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Murcia y licenciado en Antropología por la UNED. Premio Nacional Fin de Carrera, fue coordinador del área de Sociedad y Cultura de MUNDIARIO, donde actualmente es columnista y crítico literario. Docente, investigador y escritor de narrativa juvenil, su última obra es el poemario Luz de los escombros. @mundiario

Hay momentos irrepetibles como los que se viven al transcurrir por las páginas de un libro que te saca fuera de la inmediatez. No se trata de camaradería con Ada, sino de escribir las cosas como las he sentido. Y es que el nuevo poemario de Ada Soriano escruta paisajes que algunos dábamos por insondables y que, sin embargo, ven la luz a través de unos versos que contienen múltiples resonancias vitalistas.

Ada Soriano me ha emocionado aportándome sensaciones inéditas, que estaban ahí, pero que parecían innombrables.  Patti Smith declaraba que los libros son una razón para vivir. Y este poemario lo es. Una razón para vivir. Muchas razones para vivir. Publicado por Ars Poetica, estos poemas explicitan la sutilidad que indaga en esa frágil consistencia que une nuestra endeble vida con el universo, un estilo abonado de un simbólico repertorio, fácilmente reconocible, hermoso unas veces, otras veces, despiadado y de un realismo que conmociona: "Un lugar sin salida es mi refugio (...) Un sudor fálico irrumpe / en mi habitación y corta el silencio./ En las horas oscuras,/ cuando todos duermen,/ solo yo los veo,/ solo yo los sueño" (pág. 38).

Nos supera porque la autora se percata del crisol de misterios que asolan al ser humano, haciendo evidente nuestra nimia existencia, salvada por esa capacidad para contemplar y escribir sobre las tragedias y las dichas que conforman la épica de nuestras rutinas. 

Desde sus anteriores poemarios, Ada Soriano comulga, desde el punto de vista temático, con elementos claves de la poesía de Anne Sexton o Sylvia Plath. Y no me refiero solamente a su simbolismo, sino a esa necesidad de hacer visible cuestiones tan sustanciales y determinantes para una mujer como la maternidad: "Pero aún puedo emerger/ y tenderme sobre un manto/ de corazones/ y sumarme a la floración nocturna/ de los nenúfares./ Radiante todavía, / rosa de agua,/ pizca de sol" (págs. 48-49).

Sobrecoge esa sinceridad que muestra en sus poemas, pues el uso de la simbología no evita la visible decadencia de la soledad que comienza a acumularse con el paso de los años, el éxtasis de una reflexión que mira al exterior, no con la inocencia del asombro, sino con la serenidad y la resignación, buscando nuevamente en los accidentes del paisaje, una forma de reconciliarse con el pasado y con las heridas que aún sangran: "Pero mi infancia queda muy lejos,/ a miles de kilómetros,/ aunque los árboles que me miran/ sean los mismos que los de entonces./ Sumida en un extraño sopor/ mis sueños se enredan como ovillo/ de lana,/ juego de gato" (pág. 35).

Esa herencia modernista que cala en sus versos no está reñida con la claridad, ni con la espontánea determinación, ni con la viva participación del sujeto en esa realidad que prosigue y lo trastoca. Si algo queda claro en este poemario, es que nadie puede escapar a los efectos de los enigmas que la naturaleza evoca en nosotros, influyendo en la propia geografía de nuestras emociones, motivando la escritura como una manera de convencerse de que el caos a veces puede ser tan sugerente como las desgracias y las pasiones de una vida que se prolonga más allá de las palabras.

 "He sentido el roce/ de la mirada de Helios/ y me he adentrado en los designios/ de Vladimir Kush:/ una moneda de oro/ suspendida en el aire,/ la llama de una vela/ y sus estalactitas,/ un aro de luz/ contra una manada de nubes,/ la eclosión de un huevo/ —la yema densa y amarilla— /sobre un plato azul turquesa./ El sol vierte su materia / sobre la piel del mar,/ despierta a la naturaleza,/ realza los contornos de las rocas,/ acentúa el pigmento de las algas/ y esclarece la arena de la playa/ a pesar de este momento/ de total indecisión, / de sometimiento a su propia lumbre" (pág. 14)