El Ficcionario, un libro escandaloso

Luis Calero con su libro El Ficcionario en MUNDIARIO. / LC
Luis Calero con su libro El Ficcionario en MUNDIARIO. / LC
Si algo tiene el trabajo de Luis Calero a lo largo de estos años en MUNDIARIO, es que recupera la sentencia y el apotegma, tan propio de la sociedad grecolatina.
El Ficcionario, un libro escandaloso

Durante varios días, me obsesionó un sustantivo que Borges empleaba para referirse al laberinto del Minotauro en su cuento moralizante Los dos reyes y los dos laberintos. Ese sustantivo era “escándalo”. Que le atribuyera al dédalo en el que estaba encerrada la bestia el atributo de escandaloso era paradójico. Mejor dicho, intencionadamente paradójico.

La etimología me ayudó a resolver aquel oxímoron: escándalo significaba en griego ‘trampa mortal’ y ahí volvía a emerger una de las virtudes de la escritura borgesiana: la capacidad para convocar textos subyacentes a palabras y citas que nutrían su narrativa y su poesía.

Al indagar en el vocabulario que Luis Calero ha elaborado para esta edición, el profesor de Filosofía opera en esa paradoja borgesiana en la que lo revelado es lo que no es visible. ¿A qué me refiero? Las palabras seleccionadas en esta suerte de bestiario léxico son el índice de un significado razonado, una clase de redefinición del mundo en el que el sujeto se proyecta.

Se trata de un mundo que la posmodernidad ha sumido en el vacío, como califica el propio Gilles Lipovetsky, pues es un mundo que favorece el consumismo a través del culto a una actitud pasiva y obediente hacia lo que acontece, independientemente de la gravedad o de las recias repercusiones sobre las vidas de cada uno de nosotros.

Al indagar en el vocabulario que Luis Calero ha elaborado para esta edición, el profesor de Filosofía opera en esa paradoja borgesiana en la que lo revelado es lo que no es visible.

En una era de proliferación de sofismas y de un nominalismo que califica a los individuos bajo hormas y etiquetas que les impiden justificarse, reaccionar o debatir, la verosimilitud ha desbancado a la veracidad; y apenas quedan espacios para la reflexión meditada. En su momento, el autor de Sobre el abuso de las palabras, John Locke, ya denunció algo parecido: "Somos como los camaleones: copiamos el tono y color de nuestro carácter moral de los que están a nuestro alrededor".

El aforismo ha sido sepultado por las fake news que representan la instantaneidad en un ritmo de consumo que no puede detenerse en la verificación empírica de lo que se enuncia. Si algo tiene el trabajo de Luis Calero a lo largo de estos años en Mundiario, es que recupera la sentencia y el apotegma, tan propio de la sociedad grecolatina, a través de la redefinición de los significantes: una greguería cargada de sabiduría y estímulo crítico hacia los entornos en los que se adiestra ese hombre masa.

serbilismo. Actitud de obligada obediencia y adulación a un jefe o autoridad en Serbia.

sementerio. Lugar que las autoridades eclesiásticas defensoras a ultranza de la vida humana proponen para enterrar los espermatozoides muertos como resultado de una insana masturbación o de un coito procreadoramente fallido.

bachilerato. Denominación que adopta la enseñanza secundaria en el país más largo y estrecho del mundo.

camvista. Persona dispuesta a intercambiar ojo por ojo. Sin cobrar el otro como comisión.

Lo político y lo ético fundan un nuevo horizonte de expectativas en estos nuevos significantes, ya que la ironía domina lo epistemológico. Y, tal y como refería yo mismo en el prólogo al anterior Ficcionario (Aguaclara, 2006), lo simbólico es lo que permite esa difusión de la verdad, la verdad como una percepción individual e hipercrítica, exenta de adocenamiento y borreguismo.

Sí, borreguismo, porque el problema no es dejarse llevar por las opiniones ajenas, sino por una sola opinión: aquella que no es inconformista, sino la que, de los medios de comunicación y del poder político imperante, hace insostenible la controversia, la polémica o la puesta en crisis de lo que se dice.

Este nuevo ficcionario es un acto de rebeldía contra la política de lo oficialmente correcto.

Este nuevo ficcionario es un acto de rebeldía contra la política de lo oficialmente correcto. Aquí los significados dejan de ser homogéneos para mutar en alegorías; sí, en puras alegorías medievales, si se quiere encontrar una analogía al efectismo semántico que ofrece Calero Marcuende. Volviendo a la naturaleza de las etimologías, alegoría en griego significaba ‘el discurso del otro’, el discurso que se oculta porque es desafiante, apócrifo, incómodo. De eso sabía mucho el propio Walter Benjamin, quien tenía claro que la cosa se presenta con un nombre, pero contra el nombre. Ahí nace lo simbólico:

georgía. Literalmente, tierra de las juergas y el desenfreno.

prohivida. Dícese de la vida que transcurre en la clandestinidad.

voletín. Publicación oficial cuyas disposiciones se las lleva el viento.

hidea (angl.). Pellejo real de las cosas, solo apreciable cuando las cosas se quedan en cueros.

protextar. Manifestar disconformidad a través de un texto.

Que la sentencia o el aforismo adquieran tal relevancia en el pensamiento de este profesor de Filosofía es insólito, acaso escandaloso. La ortografía se trastrueca para cambiar el estado de las cosas con intención de acechar otros planos semánticos de la realidad y, por consiguiente, otras formas de percepción del mundo en acto.

Solo la ironía puede competir con el monoteísmo de los significados ajustados a una sola razón, a un solo dios, a una sola cuerda. Y, puesto que comencé con la deducción del significado oculto de escándalo y continué con el de alegoría, no está de más seguir atribuyendo a la etimología la prueba irrefutable de que la cosa se refleja en el nombre para rebelarse contra ella.

En griego, ironía significaba ‘disimulo’ o ‘preguntar, fingiendo ignorancia’. En cada definición que se acuña en este libro, no solo nace un significado novísimo e inédito, sino que también el significante queda como alegoría donde libertad creativa y albedrío conducen a desmantelar lo denotativo, lo monocorde, lo tedioso, lo dogmático. El Ficcionario en Mundiario es un antídoto contra el despotismo lingüístico con el que se gobierna desde el cientificismo y desde un mismo pensamiento categórico, con el que los discursos políticos se construyen desde la inercia y la inacción.

El populismo ha hecho suyo esa necesidad de lo vivo y del ímpetu para lograr avivar los ánimos del oyente. Sin embargo, lo peligroso del populismo es que carece de la pregunta, de la autocrítica, de la deliberación interna a propósito de las falacias que dicta con la impunidad del servilismo al que el hombre masa se ha acostumbrado a vivir.

Los juegos del lenguaje que propone Calero fastidian esta tendencia en la que la emoción predomina frente a la verdad, frente al preguntarse, frente al oxímoron o la antítesis que un juego conceptual, aparentemente banal, expresa.

Porque, aunque no lo parezca, escandaliza leer tales palabras y sus significados, significados que no entienden de coacciones y que intentan reconciliar nuevamente la estrategia retórica con la pericia de fabricar nuevas bestias. Sencillamente, porque alguna vez que otra podemos ser libres. @mundiario

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