Escenarios sobre los ausentes en El mes más cruel, de Pilar Adón

El imaginario de Pilar Adón se encuentra cómodo en ese tributo continuado a Henry James y a Hawthorne, lo que corrobora que las presencias y el recelo emergen de patologías congénitas.
El mes más cruel./ Impedimenta
El mes más cruel./ Impedimenta

Sobre Pilar Adón, he escrito mucho y he insistido siempre en su novedosa incorporación a una narrativa que, en nuestra tradición literaria, apenas tiene referentes concretos que se hayan prolongado en el tiempo. Podría citar algunas muestras de Martín Garzo o de Fernández Cubas, quienes pueden formar parte de esa hilazón en la que lo fantasmagórico penetra en ambientes realistas dentro de espacios que se alejan de lo urbano; narrativas que buscan su propia espacialidad para dotar de mayor verosimilitud a lo que se narra.

Sin embargo, relatos como los que aparecen en El mes más cruel (Impedimenta) o Las iras (Galaxia Gutenberg) distancian a Adón de esos referentes literarios. Lo fantasmagórico no es la prioridad ni el desenlace de los cuentos de Pilar. No hay nada que se pueda vincular a ese género, pues sería hacer una revisión reduccionista de su capacidad creativa al menos si queremos analizar con objetividad cada una de sus obras.

Si tuviese que hacer un símil de sus obras con la música, lo encontraría en Arvo Pärt, quien detestaba el poco espacio que las composiciones contemporáneas le dejaban al receptor. Por esa razón, dotó de volumen a sus piezas con el fin de crear atmósferas envolventes donde el receptor pudiese reflexionar e inspirarse incluso.

En El mes más cruel, el lector encuentra espacios sutiles, sugerentes, lastrados por una sensación continua de orfandad. La mayor parte de sus víctimas, personajes femeninos, son incapaces de medrar donde habitan. No salen, no escapan, no miran hacia fuera. Su movilidad estudiada y llena de limitaciones no se corresponde, sin embargo, con las expectativas que tienen respecto a su futuro. 

Sin embargo, no existe nada fantástico que condicione la evolución de sus conductas. No hay un ser tangible que, con su extrañeza, remueva a quienes contempla como presas. No hay agentes externos que apliquen su ira. Todo lo anómalo que sucede en las tramas emana del interior, de una percepción equívoca, de la manera en que han sido instruidos los personajes y de la manera en que han aprehendido el mundo, esto es, sin las cortapisas de la ética. Las fisuras, las llagas, los salientes o los bordes lijosos forman parte de una realidad que para Adón no es uniforme, pero tampoco es irreal. Por esa razón, los relatos de El mes más cruel beben de dos fuentes principales una vez que he releído el texto durante estas vacaciones.

No puedo negar que la influencia de El Horla se manifiesta en relatos como "En materia de jardines" o "El viento del sol". La exasperación que presupone el hecho de que una presencia condicione el ecosistema de la convivencia no escapa a otras obras de Pilar en el que queda clara su tesis: el miedo se articula desde la sospecha del otro, de ese otro que se parece demasiado a nosotros, ese otro en el que converge aquellos pensamientos periféricos e intrusivos en los que la violencia se ejerce sibilinamente, en pequeñas dosis, acercando la locura a una normalización de la que solamente el lector se percata. pero dejemos claro que no existen seres fuera de lo que es conocido. Existen enemigos que inventamos para que combatan contra nosotros. Lo terrible es intrínseco, inherente, propio y hereditario.

Y luego está esa influencia anglosajona de la que la autora de Las iras no puede desprenderse. Su imaginario se encuentra cómodo en ese tributo continuado a Henry James y a Hawthorne, lo que corrobora que las presencias y el recelo emergen de patologías congénitas, incubadas generación tras generación. Es quizás en El mes más cruel donde se percibe con mayor claridad algunas de las claves de la poética que aparecen también en sus novelas como Las efímeras (Galaxia Gutenberg) o De bestias y aves (Galaxia Gutenberg).

Por ejemplo, no existe un tiempo histórico reconocible en el relato. Para enloquecer lo que menos se necesita son acciones e intercambios comunicativos en los espacios públicos y que correspondan a una edad o a una época concretas. "Los fumigadores" o "Para que nadie cambie" se establecen desde este sustrato, si bien es identificable el estatus social de clase alta al que pertenecen los personajes en la mayoría de relatos; otro de esos motivos estructurales que vinculan su narrativa a la de Wharton o a Kate Chopin.

Es quizá, en esas familias endogámicas que viven de las rentas, donde mejor se acomoda el imaginario de Pilar. La verosimilitud gana la partida en esas sociedades en las que el tedio y el hastío determinan un proceso de deshumanización progresivo. Familias que no tienen que hacer nada, salvo observarse. Parejas que completan su tiempo a través del recelo y la vigilancia mutua. Muchachas que viven en jaulas de oro. Muchachas que esperan que alguien de ahí afuera las rescate de su enclaustramiento, tal y como le sucede a los personajes de "Genios antiguos", quienes no solo quedan encerrados entre cuatro paredes sino que es el paisaje el que actúa como habitáculo y celda.

No hay apenas carnalidad en los personajes que interactúan en estos relatos. La descripción física se vincula a los espacios que alimentan la irracionalidad o más bien todo lo que no se puede objetualizar ni cosificar: aflicción, desesperanza, celos. Dotar de rasgos físicos a los personajes es protegerlos de esa atmósfera envolvente y ambigua que caracteriza especialmente a relatos como "Clara". Hay que cerrar puertas, dejar a oscuras, bajar persianas, silenciar sonidos, dejar que la carcoma haga su trabajo durante la noche, crear presencias desde la sugestión.

Esa es la clave: sugestionar. Si los personajes son visibles, la materia anula ese marco espacial que flota en la bruma. Y sugerir no admite la evidencia de lo físico. Así actúan también los lienzos de Rothko.

Me ha fascinado el relato de "El infinito verde" en el que dos muchachas pizpiretas invierten su tiempo de ocio en la búsqueda de un cadáver. El carácter cíclico de la estructura en tan solo cuatro páginas advierte de la capacidad persuasiva de Adón para moverse en una narrativa cuya singularidad no permite ubicarla en tendencias o corrientes literarias. Porque hay una razón de fondo específica y es la poesía. La narrativa en El mes más cruel, al igual que sucede con los relatos de La vida sumergida arraigan en ese terreno inestable necesariamente en el que la poesía se arma de símbolos, de presunciones, de elipsis y de pausas. Se trata de mostrar el envés, los márgenes o ese concepto de "shade", lo más parecido a la penumbra, al resquicio de luz, en aquello que teníamos por equilibrado y firme.

De esa fuente inagotable, se alimentan narraciones de El mes más cruel como "La huida de Virginia" o el relato que le da título al conjunto: "Podrás charlar y pasear. Lo lograremos. Conseguiremos que no suceda nada malo ... Ninguna desgracia. Ya lo verás. Nada Malo. Nada". (pág. 99) De hecho, la mayor parte de relatos va precedido de un poema que actúa como mantra, salmo, conjuro o evocación de ese mal que no se pretende, sino que surge porque está ahí, dentro, demasiado dentro, un sendero interior que paraliza el tiempo, su evolución, y que parece no desgastar a quienes lo padecen, pero sí a experimentarlo una y otra vez. Al igual que Sísifo, los personajes están condenados a mover la piedra, a no mirar atrás, a cohabitar bajo los vestigios acechantes de la penumbra, a hacer de la exasperación un síntoma de eternidad: "A desdibujar la sonrisa inexpresiva de las enredaderas". @mundiario

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