Un encuentro con verdaderas librerías
Osías, el osito de María Elena Walsh quería comprar “cuentos, historietas y novelas, pero no las que andan a botón”. Allá por los años sesenta.
Igual que a Osías, no me gusta pedir un libro y que un empleado sin saber de qué le hablo, se limite a buscar en la computadora como si vendiera ropa, o artículos de bazar.
Lo ideal es que un librero o una librera, me lo sepa contar, no importa que no sea en camisón. Con ese amor por la literatura que es difícil encontrar en las grandes librerías.
Hace unos días, el escritor Martín Kohan, habló de este tema en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, en la Feria del Libro Usado. Decía que es difícil encontrar un vendedor de viejos que no conozca a fondo lo que está vendiendo. Contó una anécdota divertida de un lector que entró a una mega librería de esas en cadena a preguntar si tenían algo de Adorno. La respuesta del vendedor fue: “para decoración, al segundo piso”. Tan poco le duró la inmortalidad al gran filósofo alemán.
Es que ese tipo de establecimientos son la muerte de la literatura.
Para que se produzca la magia del encuentro entre el lector y la obra, se necesita un lugar cálido, donde suceden cosas. Un sitio que está vivo pues su dueño puso en él la ilusión de su vida. Como Florence Green, la protagonista de la película La librería (2017) que a pulmón y contra la oposición de los vecinos de un lejano pueblo inglés, llenó de libros encantadores una antigua casa, enseñó a amarlos a una niña que tomó como ayudante, e hizo revivir a un anciano ermitaño enviándole las obras que sabía que le gustarían.
Conozco a varias Florence:
Como Ángela Pérez, que hace solo un año abrió las puertas de un encantador y pequeño espacio cultural en Benavente, España, una tierra de gente noble, rural, simple, pero culta, lectora y amante de su arte románico y austero.
La pequeña Librería de Ángela está ubicada en el centro de la villa, en Calle Herreros 38, rodeada de tiendas tradicionales donde aún se puede comprar pan del de antes y magdalenas caseras.
Dice Ángela: “El proyecto de nuestro espacio no fue otro que el de lograr que nuestra pasión por los libros llegara a una pequeña parte del pueblo de Benavente y conseguir un cierto dinamismo cultural en el que cada sábado a las doce del mediodía la gente pudiera escuchar a un editor presentar su catálogo de libros, a un poeta recitar, a un novelista presentar su novela o a un contador de historias narrar cuentos a los niños.
Después de una vuelta al sol, el equipo de nuestra librería: mi hermana Verónica, mi cuñado Óscar y yo misma, podemos decir que hemos podido crear un lugar para soñar al que uno de nuestros queridos lectores, el poeta Aventino Sarmiento, definió cómo una ‘pequeña Alejandría’ de la cultura. Nuestro objetivo no solamente es vender best sellers o premios Planeta, sino hacer llegar a la gente novelas de editoriales pequeñas, pero grandes”.
La escritora María Jesús Mena abrió su activa librería en Madrid también el año pasado. No era el sueño de su vida, sin embargo, después del confinamiento algo le hizo clic y puso en marcha Odisea Espacio Cultural en la calle Esperanza 59. María Jesús es una viajera incansable de la vida y dice que eligió ese nombre “en honor a Ulises y a los clásicos, a los que vinieron antes que nosotros. Además, el personaje de Odiseo me fascina, porque supo como nadie, enfrentarse a las vicisitudes de la vida y salir airoso. Por eso, emulándolo, inicié mi propio viaje de retorno. He tenido la gran suerte de contar con una tripulación estupenda. Para dar luz a todas esas ideas, no tuve duda de que el lugar idóneo era una librería, un espacio de supervivencia, capaz de hacerle frente a los escenarios cambiantes y rápidos en los que estamos inmersos, un rincón que invitara a la diversión, al sosiego y a la calma. Quería una nave que diera cabida a lo literario ajeno a la inercia y crispación actual, donde poder rendir homenaje a nuestro amor por la literatura, llevando a cabo todo tipo de eventos y actividades de forma que el epicentro fueran los libros y los lectores. Estos son siempre los que tienen la última palabra”.
En Acassuso, zona norte del Gran Buenos Aires, acaba de instalarse nuestra propia Florence, como la de la peli. Se llama Luciana Depalma y su librería, Vergel. Es un local pequeño y repleto de magia, ubicado casi como escondido, en la Av. Libertador 15.229. Su puerta es como la del ropero de Narnia, no hay vuelta atrás, uno se pierde en su mundo de sueños interminables. Luciana nació para ser librera. Hija de editores, creyó ser abogada, correctora y estudiante eterna. Sin embargo, por suerte, hubo algo epifánico que cambió su rumbo.
“La idea de crear Vergel llegó quizás un poco tarde en mi vida, con una mezcla de objetivos egoístas y otros no tanto. Egoístas porque primero pensé en algo que me diera placer a mí, y la verdad es que crear un micro mundo rodeado de libros y lectores me pareció placentero. Y ahí entran otros motivos menos egoístas, que tienen que ver con el desafío de poder transmitir a alguien ese placer. Me pasó que algunas personas me dijeran que hace mucho que no leen, que lo hicieron en algún momento, pero después se alejaron, no encontraron el tiempo o las ganas. Y si, de alguna manera, puedo influir para que al menos una de ellas se vuelva a entusiasmar con los libros, sería un orgullo. También están esos lectores y lectoras de siempre, a quienes no hace falta que nadie los impulse a acercarse a los libros, y a ellos quisiera llegar desde la satisfacción de encontrar un lugar amoroso para dar rienda suelta al vicio. Por suerte en Buenos Aires las librerías no faltan. No es un nicho vacío el que viene a llenar una librería chiquita como Vergel. Lo que busco es ofrecer un espacio cariñoso, amable, en el que todos nos enamoremos de los libros y siempre queramos volver. Sueño con que la gente tenga ganas de venir, que les guste quedarse, que acaricien las tapas y revisen las hojas. No es el ejercicio intelectual de la lectura el que propongo, sino uno más sensitivo”.
La escucho a Luciana, mientras sus libros me hacen guiños desde sus estanterías, construidas por su marido Hernán o desde atriles fabricados por sus hijas adolescentes Amelia y Esmeralda. Aquí es el libro el que elige al lector. Imposible resistirse.
Y después tenemos a nuestra querida, ya mayor de edad, librería y editorial Notanpuan. Dice su dueño, Fernando Morales, que “tiene la edad de la democracia: cuarenta años. Comenzamos el 1 de junio de 1983. No en este local, sino en uno a pocas cuadras, y en 1995 nos mudamos al actual en la calle Chacabuco 459 de San Isidro”. Hace seis años se unieron sus hijas Milagros y Carmela Pérez Morales quienes hoy captan a un público joven. Los tres son formidables recomendando libros. Organizan eventos: conciertos, charlas y talleres. No paran. Notanpuan es el motor cultural de San Isidro. Cuenta con un café donde se pueden hojear los libros antes de comprarlos, un patio en el fondo donde se realizan conciertos al aire libre y un ático… un ático inspirador donde muchos escritores comenzamos a escribir nuestras primeras novelas en talleres coordinados por figuras representativas de la literatura argentina.
En este mundo avasallante de consumo y velocidad, de confusión entre información y lectura, donde lo audiovisual siempre gana porque no exige esfuerzo para imaginar, propongo esta vuelta salvadora a la lentitud, a perderse entre los estantes de una librería, charlar con el librero o la librera enamorados de lo que hacen, abrazarse a la ficción, llevarse la nueva adquisición a un café, o pasarse horas en el mejor sillón de la casa haciendo que las frases se conviertan en imágenes, subrayando lo que nos impacta o conmueve. O leyéndole a un niño ávido de una abuela que, en camisón, le lea cuentos, historietas y novelas, pero no de las que andan a botón. @mundiario